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Touch the Light

Joachim Kühn

MÚSICA

Aunque hace ya tiempo que el jazz ha decidido no morir de hard-bop asimilando a los Beatles y Radiohead, no deja de ser un trip encontrarse con Touch the Light, un álbum que contiene, entre otras, melodías de Milton Nascimento, Beethoven, Bob Marley, Hoagy Carmichael, Gato Barbieri, Prince y Elvis Presley, cosas que probablemente uno ha cantado al son de la radio o en la ducha. Son solos de un pianista con un dominio pasmoso del puntillismo dinámico, las contravenciones del atonalismo, la improvisación libre y tanto la autoridad como la subversión de los acordes; un pianista tan curtido en excesos que ahora sólo los libera con discreción. El sello ACT lo presenta como un disco de jazz, pero este que toca, Joachim Kühn, realiza un género holístico, y al cabo de la primera escucha uno siente que ha visitado un todo distinto de la suma de sus partes. Claro que las partes son muchas más y diversas: Kühn ha compartido escenario y estudio con (meros ejemplos) Phil Woods y con Archie Shepp, con Bobby McFerrin, con el oudista y cantante marroquí Majid Bekkas y con la Filarmónica de la Radio de Hannover, y en 2005 grabó Allegro Vivace, donde, antes del “Lonnie’s Lament” de Coltrane, expone con perfecta soltura una chacona de Bach y una transcripción propia del concierto para clarinete de Mozart, bien que con sendas codas de dispersiones temporales en un repentino vacío de espacio. En todo esto hay una novela de los orígenes y un desprecio sartreano por la fatalidad. Kühn nació en 1944 en Leipzig, RDA, y de muy chico no sólo integró el coro infantil de la iglesia de Santo Tomás, cuyo primer cantor fue Bach, sino que dio conciertos con sonatas de Schumann y de Liszt. Treinta años después volvería allí para trabajar en los motetes de Bach con Christoph Biller, el decimosexto de los cantores de la iglesia. Entonces corroboró cuán compleja era esa música, la exactitud que requerían los cambios de acordes, e introdujo cadenzas a incitación de Biller, que para eso lo había llamado y opinó que Bach habría improvisado como él. Se había ganado el elogio: ya en la década de los cincuenta, siguiendo la senda abierta por su hermano el clarinetista Rolf Kühn, había encabezado un trío de free, música que la Stasi declaraba “altamente decadente”. Así que en 1966, aprovechando la invitación a un certamen para músicos jóvenes organizado por Friedrich Gulda en Hamburgo, Kühn pidió refugio en la embajada de Bélgica y se quedó en la ciudad. Tras presentarse en el festival de Newport y grabar para Impulse! con Jimmy Garrison, desde 1968 vivió en París, donde tocó con Don Cherry, Martial Solal o Jean-Luc Ponty antes de trasladarse al sur de California, introducirse en la fusión de la Costa Oeste, explorar los teclados electrónicos y durante una escapada a Nueva York grabar un álbum imperecedero con Michael Brecker y Eddie Gomez. De nuevo en París, inició una larga colaboración acústica con el gran baterista Daniel Humair y el bajista Jean-Francois Jenny-Clark. En detenidas visitas a los museos, Humair, que es artista visual, le despertó las ganas de pintar, y fue así que las pinturas de Kühn han ilustrado las cubiertas de muchos de sus discos. Desde entonces no ha dejado de pintar lo tocable ni de tocar con todos los que el azar y su carácter lo llevaran a coincidir. Ha ganado siete veces el premio al mejor pianista europeo; ha grabado unos ciento cincuenta discos y abastecido una memoria musical y una discoteca material gigantescas. Pero como toda historia, por iterativa que sea, la de Kühn tiene momentos culminantes. En 1996 Ornette Coleman le ofreció un pasaje a Nueva York para ensayar con él en su estudio diez nuevas piezas que había compuesto y estrenarían juntos en la Ópera de Leipzig. Ornette, free pero aplicadísimo, cada mañana lo esperaba muy temprano con el grabador listo, tras seis jornadas de doce horas los dos estuvieron en llamas. Un fruto del concierto sería el glorioso álbum Colors, donde los remolinos de expresionismo cromático y el romanticismo juguetón del piano de Kühn dejan sobrado espacio reflexivo y a veces se enmarañan con el sonido marca Coleman, sus largas líneas hirientes casi sin vibrato. Otro fruto sería —a fuerza de preguntarle a Ornette qué acordes prefería en ciertos pasajes— la formulación del sistema personal de Kühn: los disminuidos aumentados. Sin extendernos en algo que puede guglearse: el acorde aumentado, dice Kühn, da una clave “más mayor que una mayor, y el disminuido una más menor que una menor”; asegura que sobre esta base puede improvisar y armonizar sobre la marcha contra sus propias improvisaciones. Lo que importa es que esta invención es la metonimia de algo que une el vasto arco de la música de Kühn. Un estilo: la suma de un sistema armónico, las mil melodías que recogió en su vida y la idea del ritmo que dice haber bebido de la música africana. Hace ya un buen rato que Kühn vive en Ibiza, a orillas del Mediterráneo. Cuando no tiene que viajar toca en bares de la playa. Durante doce años, dondequiera que se presentase, la firma Bechstein le despachaba desde Berlín un flamante piano de 2,75 metros. Pero ahora que se acerca a los ochenta años predica que ni el instrumento es la música ni la música es el instrumento. “La música es una persona interpretando lo que siente y el instrumento sólo un intermediario”. Cuando el sello ACT deslizó la idea de un álbum de baladas, Kühn coqueteó un poco —“quizás a los noventa…”—, pero pronto empezó a sentarse al Steinway de su casa, encender un DAT e invocar pop icónico, estándares inmortales y alguna composición clásica que lo acompaña desde la infancia. Así reunió Touch the Light, un álbum íntimo de canciones que interpreta combinando pasajes de una transparencia cristalina con digresiones díscolas o breves adornos borrascosos. Pero nada de repetición ni resignación; el disco está imbuido de un sentimiento de atardecer, de memoria y hondo asentimiento, aceptación de la sabiduría gozosa de quien cree que las ofrendas nacen de la gratitud, la admiración por los otros y la cercanía. Recomiendo buscar en YouTube a Bob Marley cantando “Redemption Song” con su guitarra y luego pasar a la versión de Kühn: es una experiencia rara y emocionante, como escuchar una sola alma en dos artistas.

 

Joachim Kühn, Touch the Light, ACT, 2021.

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