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El Dios Salvaje

Al Alvarez

OTRAS LITERATURAS

En 1971, se publicó en Inglaterra este ensayo histórico y literario, mezcla con crónica y autobiografía, que causó un impacto inmediato, no porque hablara del suicidio, materia común y corriente en innumerables estudios académicos y científicos de la época, sino por la originalidad y la pasión con que su autor lo exponía: erudito aunque con ritmo, sin tabúes y con algo de alquimista, Al Alvarez encontraba algo parecido a la esperanza en aquel acto perturbador.

Para ese entonces, Alvarez, que ya era un editor y crítico de poesía conocido (su consagración como ensayista de temas curiosos y tan variados entre sí vendría más tarde), se salía de aquel rol con este trabajo con el que parecía buscar respuestas al intento fallido que había tenido de matarse con pastillas y alcohol cuando era adulto joven, hecho al que se le sumaba, como un karma, el intento también fracasado de sus padres, quienes pusieron sus cabezas en el horno, aunque no en el mismo horno ni al mismo tiempo.

Alvarez no pretende que le tengan lástima cuando habla de eso. El ensayo comienza con una crónica de sus épocas joviales y de amistad con Sylvia Plath, quien le llevaba sus poemas recién mecanografiados a la casa. Alvarez no sólo sería uno de los primeros en leer los poemas de Plath, sino también en ver el cadáver fresco de aquella muchacha talentosísima que había dicho basta. O que había mandado un pedido de auxilio, dirá Alvarez, porque Plath, de acuerdo con la pesquisa que él reconstruye, no buscaba eso que sí había intentado enfáticamente un puñado de años atrás.

Tomando envión en esa relación personal y literaria, Alvarez recorre el camino del suicidio en la cultura occidental. En Grecia, como acto que puede practicarse siempre y cuando su causa eficiente no responda a un capricho, porque la vida, según Platón, pertenece a los dioses y no al hombre. Sigue el carnaval de sangre en el Imperio Romano y la terrible carta de Séneca: “hombre necio, ¿de qué te quejas y qué temes? Mires adonde mires hay un fin a los males. ¿Ves aquel precipicio que abre su boca? Conduce a la libertad […] ¿Preguntas por el camino de la libertad? Lo encontrarás en todas las venas de tu cuerpo”. Y también cierta exaltación hacia esa muerte buscada en los primeros mártires cristianos, hasta que un concilio católico, a inicios del Medioevo, incluyó el suicidio entre los pecados más graves que podían cometerse. La vida era sagrada, y la condena se desparramó por los reinos de Europa, a punto tal que, en algunas ocasiones, jurídicamente resultaba más dañino matarse que matar a otro. Y llegó la Revolución Francesa, y luego el interés científico y los amagues psicoanalistas para buscar encuadrar el suicidio, en vano, en algún esquema.

Alvarez también le dedica tiempo al espacio que absorbe el tema en las obras literarias, y a los artistas suicidas, que son legión. Y analiza también, siempre con efervescencia, malicia o piedad, el acto como hecho metafórico, nihilista, simbólico y totalitario de las distintas corrientes artísticas, en especial de las vanguardias y las obras que ellas parieron.

Y así sigue, medio loco aunque controlado, a punto tal que por momentos se parece al niño en la orilla que con su palita busca meter el mar en el pozo que cavó, porque así de conmovedor resulta su intento de comprender este misterio que acompaña al homo sapiens como a una sombra traslúcida desde que pisó la tierra.

 

Al Alvarez, El Dios Salvaje. Ensayo sobre el suicidio, traducción de Marcelo Cohen, Fiordo, 2021, 320 págs.

2 Sep, 2021
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