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OTRAS LITERATURAS

Quien conozca a la Amy Fusselman de Ocho se encontrará en este nuevo libro con un estilo ya cimentado y una forma muy distintiva de abordar el género confesional. Fusselman escribe ―escribe y piensa― desde una voz que fagocita materiales diversos y en apariencia triviales para iluminar zonas inesperadas de un yo en incesante cuestionamiento. Sin remilgos ni atajos, la autoficción de la neoyorquina logra tomarse en serio a sí misma, al menos en lo referido a la hondura que alcanza la exploración, a la vez que se burla del empaque y las trampas del ego que envician otras escrituras de la misma subespecie.

El problema sigue siendo la batalla doméstica, la permanencia y el funcionamiento en un mundo con el que la narradora no consigue entenderse. Mientras que en Ocho todo giraba alrededor de la figura del padre, la crianza de los hijos y la lidia con un trauma arrastrado de la niñez, en Idiófono el lugar capital está reservado para la tirantez con la madre y el fantasma agazapado de la recaída alcohólica. En el medio, desplegada con el objetivo de echar luz sobre las oscuridades, la estrategia de juguetear con una profusión de temas se ensancha en un abanico que combina elementos como las biografías de Tchaikovsky y E. T. A. Hoffmann, El cascanueces, los Talking Heads, el análisis etnográfico de los aborígenes del Pacífico Sur y la familia de instrumentos musicales que da título al libro y se caracteriza por generar sonido sin la ayuda de cuerdas, membranas ni columnas de aire. Al desglose de esos componentes, Fusselman suma un segundo texto: un remedo literario del ballet de marras, donde ratones parlantes, cucarachas ebrias en escúteres, la madre de la autora, el compositor ruso y el escritor alemán viven una aventura premeditadamente naíf que sirve para contraponer las complejidades de la vida real con la anécdota sin verdadero conflicto que la danza clásica derrama sobre el escenario.

Cada lector determinará si la deflación de la prosa, reducida casi por entero a párrafos de una sola oración desnuda, es una radicalización del sistema preinstalado en Ocho o un hundimiento en la ciénaga de cierta poética del enter. Si bien faltan las escenas inolvidables del libro anterior ―como la del duelo de silencios entre madre e hijo a la hora de dormir―, Idiófono reverdece en su avance solipsista. Amén del esporádico guiño a un público ideal, se tiene la impresión de estar menos en presencia de una novela que de un diario anotado con la urgencia de quien junta esquirlas de un todo imposible de rearmar. Fusselman está sola y lo sabe. Lo que llega de ella es un trazo ligero, que empieza a esfumarse no bien la mano lo abandona, y lo que subsiste es la sensación de haber ocupado la cabeza de alguien que aguanta, sin ceder un centímetro, mientras gana y pierde en la lucha con sus días.

Amy Fusselman, Idiófono, traducción de Virginia Higa, Chai Editora, 2021, 126 págs.

20 May, 2021
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