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Intrusos

Adrian Tomine

OTRAS LITERATURAS

La receta es conocida: si un cuadro de Edward Hopper cobra vida con guión de Raymond Carver, el resultado es una historieta de Adrian Tomine (Sacramento, Estados Unidos, 1974), o al menos una de las de sus reconocibles antologías tempranas, Sonámbulo y otras historias (2006) y Rubia de verano (2005). Aquellos volúmenes que absorbían la soledad existencial en la gran ciudad lo instalaron como un hermano menor promisorio de la generación que llevó la novela gráfica a su esplendor en contra de su voluntad, precocidad que no ha dejado de ser una sombra para Tomine, que sigue en el piso medio entre autores totales como Chris Ware y Daniel Clowes y las nuevas camadas gráfico-experimentales.

Tomine es un efectivo narrador de comedias dramáticas cotidianas de pulso clásico (resultado de una potente herencia estadounidense-asiática en la que se fusionan los genes del cómic y el manga). Esa modestia de terreno vallado es también su arma, afilado sable suburbano que vuelve a esgrimir en Intrusos: regreso a la ficción pura después de la educación sentimental atenuadamente autobiográfica de Shortcomings (2007) y la explícita de Escenas de un matrimonio inminente (2012) —una apasionada, ligera y ansiosa miniatura donde recrea su casamiento—, las seis historias de este nuevo libro exhiben a un Tomine más sofisticado pero también inquieto, en búsqueda de una nueva identidad.

Mientras el registro visual cambia a voluntad con cada relato de manera atractiva pero no del todo favorecedora (los planos en blanco y negro retro de antes son reemplazados por una mímesis cartoon colorida y amable), la narración de Tomine es más aguda, desenvuelta e impredecible, como sucede en “Vamos”, “Búhos” y “Triunfo y tragedia”, los mejores de Intrusos. En el primero, una joven abatida e ingenua conoce en una sesión de rehabilitación a un barbudo canoso con modos bukowskianos y tendencia a los vicios y la ilegalidad, al que la une el fervor deportivo por los búhos; en el segundo, una hija tartamuda y tímida que pretende iniciarse en el stand up sufre la censura de su rabioso y opresivo padre, tránsito en el que la conciliadora madre muere de cáncer.

Hay también una metatira cómica sobre un necio modelador barrial de bonsáis gigantes, autoproclamado artista al que soporta con afecto su mujer negra no sin desavenencias racistas (“Hortiescultura”); una inquietante fábula contemporánea, que recuerda al viejo Tomine, en la que una chica descubre que los hombres la miran con obsesivo deseo por su parecido con una estrella porno ubicua (“Amber Sweet”); y dos historietas breves que hacen de relleno dedicadas al extrañamiento del cambio de entorno, otro tópico tominiano (“Traducido del japonés” e “Intrusos”).

El gesto de la cita y la voz en off de Clowes, la exasperación cotidiana y el diseño impecable de Ware, y hasta las viñetas hiperreducidas de Sammy Harkham o los ojos circulares de Kevin Huizenga (vía Hergé) aparecen como destellos difusos en Intrusos, que por otro lado gana personalidad en los lazos humanos descubiertos, los diálogos veloces y el sabio uso de silencios, elipsis y finales abiertos: entre esa rica incertidumbre y la mera duda se debate el actual Tomine.

 

Adrian Tomine, Intrusos, traducción de Raúl Sastre, Sapristi, 2016, 128 págs.

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