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Ojalá las paredes gritaran

Paola Lusardi / Leila Martínez

TEATRO

“¡Millenials!”, les grita Polonio a los adolescentes Hamlet y Horacio, intentando que bajen el volumen de la música electrónica y, simultáneamente, inaugurando el diálogo de la obra. Y escribo “diálogo” porque, en rigor, la obra ya ha comenzado al ingresar por la puerta de una casona en el barrio de Colegiales. El público se ubica en una pequeña platea hecha de tablones a lo largo de la oblonga sala principal, frente a un ventanal que da a un patio interno. Sin anuncios previos, se descubre que Polonio está en la cocina charlando con Claudio y Gertrudis, e intentando hacer que Hamlet y Horacio bajen el volumen de la música.

Hamlet (Julián Ponce Campos), un adolescente millenial, amante de la música electrónica, irreverente e hiperquinético, es el atribulado hijo de un empresario millonario recién fallecido y de Gertrudis (Antonella Querzoli), una osada madre histriónica y descuidada. Ella acaba de casarse con Claudio (Martín Gallo), el hermano del difunto y tío de Hamlet. Polonio (Augusto Ghirardelli), consultor de la empresa y amigo de Claudio, anuncia que hay un puesto vacante para el adolescente perturbado, quien sólo desea matar a Claudio para vengar el asesinato de su padre. Cierran el elenco Ofelia (Mariana Mayoraz), hija de Polonio, la tímida y frágil amante de Hamlet, y Horacio (Santiago Cortina), el mejor amigo del adolescente, confidente y silencioso.

Las directoras y autoras Paola Lusardi y Leila Martínez apostaron a una adaptación contemporánea. Sí, Claudio es un ser despreciable y ambicioso, aunque también machista y obsceno. Sí, Gertrudis es contradictoria y distante, aunque también sensual y excéntrica. Sí, Polonio sigue siendo retórico y conciliador. Sí, Hamlet es indeciso e irónico, aunque también prepotente y desmedido; y sí, también declama dos soliloquios, y aunque el ser o no ser no se pronuncia, se respira. Sin embargo, por supuesto, hay variaciones: las acciones se desarrollan, clásicamente, en una sola noche (o día, según el turno al que se asista). Varios personajes isabelinos desaparecen, especialmente Laertes. Horacio es apenas parte del montaje escénico y, además, el encargado del sonido y la música, que acompañan de manera espeluznante los momentos más tensos de la obra, pero también los más hilarantes. En la versión nocturna, la iluminación juega un papel esencial: cuando Hamlet vive la epifanía de su padre, por ejemplo, lo que vemos es una luz blanca proyectada sobre el actor. La epifanía, además, es más bien un episodio psicótico.

Previsiblemente, la obra retoma el psicoanálisis de Freud y Lacan y el análisis de Ernest Jones, y el libreto es hijo de la ineludible tradición sexualizada de la obra, fundada por la versión de John Barrymore y Thomas Hopkins de 1922. Se percibe muy extensamente; dos ejemplos: la escena de Hamlet y la madre se erotiza, y hay referencias explícitas a Edipo rey.

Como drama moderno, existe la tensión entre ficción y realidad. Sus límites se desdibujan: Gertrudis practica un soliloquio, ayudada por Polonio; asistimos, obviamente, a la famosa escena teatral incrustada, en la que el Claudio porteño rompe la cuarta pared dirigiéndose distraídamente al público. Además, se juega con la forma: Hamlet “pausa” dos veces la obra para pronunciar dos apartes y, la segunda vez, ante la queja de Gertrudis, se justifica diciendo que es una “convención”.

Por último, si atendemos a la crítica de T. S. Eliot, la adaptación representa un progreso: a diferencia de los verbosos soliloquios shakesperianos, las emociones de la versión porteña se encuentran objetivadas en elementos externos: un salivazo, un chorro de agua, una banana, un cuchillo, una regadera.

En suma, si las acuñaciones verbales de Polonio (como puertunidad), la oblicua referencia a Claudio como rey y el soliloquio practicado de Gertrudis nos llevan a Shakespeare, el tratamiento del espacio y la corporalidad, los circunstanciales contemporáneos, el constante humor, la flagrante sexualidad y el gran finale expresivo, coreográfico y coral nos conducen a Lusardi y Martínez, indefectiblemente.

Imperdible.

 

Ojalá las paredes gritaran, de Paola Lusardi y Leila Martínez, basada en Hamlet de William Shakespeare, Buenos Aires.

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