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Matate, amor

Lynne Ramsay

CINE y TV

Matate, amor profundiza inquietudes ya presentes en la filmografía de Lynne Ramsay: la perversión del vínculo familiar, las tensiones entre maternidad y deseo, y una violencia íntima que se desliza lentamente hacia lo ominoso. Producida por Martin Scorsese y protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, la película adapta la novela homónima de Ariana Harwicz (2012) primera de una serie que continúa con La débil mental (2014) y Precoz (2015)—, cuya escritura radical y sensorial encuentra un eco particularmente fértil en el estilo de Ramsay. En ese sentido, dialoga especialmente bien con el planteo de We Need to Talk About Kevin (2011), donde lo doméstico se vuelve terreno de asfixia, resentimiento y extrañeza; aquí, esa exploración se agudiza y adquiere una dimensión aún más visceral.

En Regreso a Reims (2009), Didier Eribon propone que la genealogía individual es inseparable de una arqueología o topología social. Matate, amor nos ubica abruptamente en la esfera íntima de Grace, una escritora que ha sido madre recientemente y vive junto a su pareja, Jackson, en la antigua casa de un tío de él, en una zona rural. La genealogía individual está marcada por una soledad desesperante, un fuerte deseo sexual no correspondido, la intemperie opresiva del campo, una casa familiar caótica en la que se siente extraña, un tiempo lentísimo y tedioso, y la imposibilidad de escribir, de hablar y hasta de dormir. A partir de esta esfera íntima, el film nos invita a repensar las representaciones contemporáneas de ciertas topologías sociales, como la maternidad y la familia. Y lo hace desde un lugar muy cercano a aquella emblemática pregunta freudiana: “¿Cómo es posible que lo familiar devenga siniestro, terrorífico, y en qué condiciones ocurre?”. Si bien lo siniestro puede asumir múltiples perspectivas, aquí es generado por ciertas relaciones históricas de violencia en torno al género.

En su adaptación de la novela, Ramsay traspasa la escritura y sintaxis “esquizo” de Harwicz al uso político de un sonido enloquecedor que envuelve a Grace y genera en el espectador una experiencia inmersiva angustiante. En Un destino común, Lucrecia Martel destaca la inevitabilidad del sonido en el cine. En una película de terror y Matate, amor bien podría pensarse en este género podemos cerrar los ojos, pero no los oídos: “El sonido en la sala se propaga y atraviesa el cuerpo […] Eso somos nosotros, los espectadores: los tocados por el sonido”. Somos agitados brutalmente por la inevitabilidad del sonido. Hay una banda sonora sobresaliente, meticulosamente diseñada para provocar un efecto disonante e inquietante. Por momentos su optimismo que quizás devele la idealización histórica en el cine y la literatura de la maternidad hegemónica en el marco de la institución familiar choca violentamente con el hartazgo, la locura y la depresión de la protagonista. David Bowie, Joy Division, Cream, Chubby Checker, entre otros, se superponen a los ladridos del perro, el llanto del bebé, los gritos de todos, el estallido súbito de los vidrios del auto que explotan en un accidente o las ventanas y espejos contra los que Grace se arroja, en movimientos impredecibles para los espectadores. Entre tanto, en medio de esta locura sonora, Jackson no está, o duerme. 

El film opera como un grito en su representación de una maternidad disidente de modelos hegemónicos, y se une de esta forma a la tendencia de agenciamiento de voces maternas en la literatura y el cine contemporáneo. Siguiendo a Gabriel Giorgi en “El oyente como médium” (2025), Matate, amor nos obliga a escuchar lo inescuchable sobre esta experiencia de la maternidad y la familia. Nos interroga sobre “esos mundos subterráneos de la lengua, lo que no se termina de decir o que se piensa sepultado, olvidado, y que por la capacidad y la astucia de la escucha se reactiva”. Grace es la escritora a la que no le es dado escribir ni hablar desde que es madre, en ese mundo opresivo y fastidioso de la institución y la casa familiar de la que se encuentra a cargo en soledad; pero es también la interlocutora a la que ningún personaje de la película realmente quiere escuchar. 

Hacia el final del film, su marido le pregunta: “¿Dónde estás, Grace?”, y ella responde: “Estoy aquí, sólo que no me ves”. Su última frase, antes de internarse en el bosque, es un manifiesto contundente en esta representación incómoda y necesaria de la maternidad: “Ya es suficiente”.

 

Die My Love (EEUU, 2025), guion de Alice Birch, Lynne Ramsay y Enda Walsh a partir de la novela de Ariana Harwicz, dirección de Lynne Ramsay, 119 minutos. 

4 Dic, 2025
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