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Quizás este libro no se trate de un padre sino de una herencia. De cómo lo que algunos tienen para dejarnos debe ser hallado. Esos que solo trazan gestos, palabras, desplazamientos en el aire. Hay que desmenuzar su estela para recuperar aquello que, conscientes o sin notarlo, han preparado para nosotros. Bastante parecida es la tarea del poeta, que escucha en el ruido del mundo las melodías que laten por debajo. He aquí un punto de contacto entre ambas labores: la necesidad de despegar la música del fárrago de la presencia, ver en la materia opaca la vibración brillante de las cuerdas que la componen.
Como se dice en “Sunio”, “pesa / la desesperación de un padre / que entiende bien los signos / que representan mal los hechos”. De ahí que la búsqueda entre las astillas resulte siempre confusa y esquiva, del mismo modo en que nunca sabremos si la lección que pudimos descifrar ha sido tal o la hemos inventado como respuesta ante la ausencia. Pero para crear el puente está la música. Con sus notas absorbe el vacío y lo pone a su servicio, se impulsa en él y “el cuerpo que se rompe abierto queda a la unidad inmune de la gracia”.
Un padre es un cúmulo de signos y de símbolos sin referente, que soltó amarras y boga en la brisa. El poema va a su rescate, creándolo. Lo canta en anécdotas y enseñanzas que tal vez no lo fueron, “ablanda los metales de su cuerpo”. La herencia reside en entregarnos un hacer para llegar a ella. Nos ayuda a concluir para la propia vida: “Así seas: / tranquilo y detonado”. Y también: “acá seguir viviendo es lo que importa, / nacer, seguir viviendo”. El oído se convierte en una boca, a medida que recibe, da; y mientras escucha, se transforma en una lengua.
El verso trabaja como el vertedero de la energía que destila el pasado. Es ritmo y melodía, transmuta los hechos, transubstancia los recuerdos. El padre se define en lo que queda de él. Notas hermanadas con palabras en la línea musical, espectro ardoroso y preciado y dulce. “Toda su luz entra en la noche”. Las fallas, las incomunicaciones, las enfermedades se queman e iluminan. Se depositan ahora en el ojo del hijo, que observa las cosas de modo diferente. La lección llega al alcanzar un punto de vista: “sacame de los ojos el pelo que molesta / y no deja fijar / en nada la mirada”.
Así, el acervo ya no se descubre, se gesta. “Ayudame a limpiar estas cenizas / que cuando marcan no se sienten / livianas al principio van juntándose / y la montaña tapa lo que alumbra”, se dice en “El viento está en el cuerpo de alguien más”. La sintaxis personalísima, erguida en el remover del rescoldo, omitiendo su puntuación enlaza presente y pasado, sin que por ello ese obrar conjunto —deseado en forma explícita en el pedido de auxilio paterno— deje de ser hiperbólico: quien escribe y descorre el velo ceniciento siempre está solo para renovar el fuego.
Guido Gentile, Nadar, Salta el Pez, 2025, 46 págs.
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