La obra
Hay un libro de educación sexual con el que crecieron —y crecen— varias generaciones que lleva por título: ¿De dónde venimos? La pregunta por el origen de la vida humana es una pregunta por el lugar. El dónde refiere al espacio-tiempo de la integración que surge en un encuentro, en el con-vivir de dos entidades: el momento en que un óvulo es fecundado por un espermatozoide. La pregunta por la continuación de la vida es también una pregunta por el lugar. Múltiples disciplinas analizan el dónde del ser humano en otros contextos (familia, sociedad, universo) y producen respuestas que calman, en mayor o menor medida, nuestra necesidad de poner orden al sistema inasible al que pertenecemos, esa inmensidad en la que nos da terror diluirnos.
En la historia clínica del vivir narrada por Linda Hogan, la pregunta se recorta: ¿dónde vivimos? Del plano cenital al plano detalle: el objeto-sujeto se acerca. En este momento histórico en que lo desconocido que nos abrumaba ha sido estudiado, cartografiado e incluso conquistado, en este tiempo en que la naturaleza ha sido domesticada y salimos a buscar dragones más allá de la Luna porque aquí, en la Tierra, parece no haber quedado nada sublime que nos conmueva, Hogan repliega la mirada, ingresa en las distintas moradas del mundo viviente, y nos desordena. Aquí y ahora el infinito se expande hacia ese mundo de nadie anterior, arriba, al alzar la vista, y hacia un mundo aun sin codificar, en torno, que nos desorienta. Hogan no ofrece fórmulas para el desafío que implica aceptar que no somos el centro volante de este mundo. En cambio, evoca y convoca imágenes de experiencias pasadas propias y ajenas, imágenes más permanentes que nosotros y mucho más capaces de hablar el lenguaje de la vida, de acortar la brecha entre mundos que supone el tiempo mítico, no lineal.
Para atravesar el umbral, propone una narración en forma de “lecciones aprendidas de la tierra”. Ella misma es una persona del entre. Es la que admite leer libros aun sabiendo que la educación es objeto de sospecha dentro de la comunidad chickasaw a la que pertenece. Es desde allí, desde su ser mujer india y norteamericana, desde donde se pregunta qué nos hace humanos. No avanza para responder, retrocede hasta el principio de todas las cosas y (re)descubre formas de ver y de saber alternativas: una racionalidad sagrada que recupera el contenido de verdad de los mitos y habilita otro tipo de mente. La autora desanda y desaprende para restituirle su tamaño a la Tierra y a nosotros dentro de ella. Y en ese andar procura restaurar el lenguaje interior, subterráneo, que aun somos capaces de hablar con otros, hace regresar la historia que encuentra su camino hacia el lenguaje del misterio para recuperar la solidez del vínculo interespecie por medio de un idioma que aún no tiene palabras para nombrar: esa lengua sin la cual no tenemos hogar, no tenemos dónde.
La sucesos y objetos que se cuentan funcionan como un portal, otro dónde en el que podemos restaurar acuerdos rotos con esa naturaleza pasada, que no tenía dueños. En cada entrada del texto, Hogan repone historias de creación que llaman a la vida a través del lenguaje. “Hágase”, se le ordena, y se la hace ser. Recordar este lenguaje implica reconstruir la arquitectura de la memoria: la del sentipensar y la del hacer. Obliga a repensar las moradas que construimos para entender lo desconocido; observar, escuchar y comprender con el cuerpo otros ensamblajes habitacionales. Esto supone revisar formas de saber no racionales, prácticas de subjetivación que nos devuelvan los recuerdos que intuimos y relaciones de poder que acorten las distancias con otros: hacer del cuerpo humano un cuerpo deseante que no desee un lugar a donde llegar, sino que sea el deseo mismo. Se necesita de esa fuerza para impulsar una nueva con-vivencia: una fuerza que pueda escuchar la canción del maíz dentro de su vestido de chala, sentir “el agua que se cierra, sin costuras, alrededor”, ingresar en ese útero de la tierra que son las cuevas, recordar que algo vive en una pluma que alguna vez fue parte de un vuelo y conoció el interior de las nube, descubrir la manera líquida de moverse de los murciélagos en sus danzas de apareamiento, escuchar los silencios ruidosos “que existen en los bordes de nuestras vidas”.
Puede que sepamos de dónde venimos como especie, pero hemos roto la conexión entre nuestro paisaje interno y ese paisaje natural mayor al que pertenecemos, aquel en el que habitan nuestros parientes de otras especies. Es necesario dejar de desestabilizar la otredad. La singularidad es lo monstruoso. Todo escucha. Todo habla. Todo siente aquí. Son las historias y las imágenes que autores como Hogan convocan las que nos hacen “ver” el pasado en cada “Érase una vez”; imágenes que recuperan el mapa de la sangre y reconstruyen nuevos cuerpos y nuevas formas de estar en el mundo.
Linda Hogan, Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente, Cía. Naviera Ilimitada, 176 págs.
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