Voces rotas. Sobre The Boys of Dungeon Lane de Paul McCartney
Las paredes de la galería conservan huellas materiales de su pasado. Como si se tratara de un estrato geológico, en el interior de algunos agujeros perforados para colgar las obras pueden verse las sucesivas capas de pintura aplicadas en cada muestra. También en la galería Tokonoma ha quedado parcialmente revelada la capa azul de la anteúltima muestra de Janine Wolfsohn, al igual que algunos huecos del montaje de la muestra anterior de Edgardo Vigo. Hay líneas marcadas con lápiz para el colgado de obras, algunos martillazos, huellas estelares del destornillador Phillips, distintos sectores rellenados y lijados en las paredes y el polvo de esos lijados caídos en el piso.
“Me detengo un momento antes de que las cosas se llenen, antes de que se completen”, comenta Florencia Caiazza. Entre el desmontaje de la muestra anterior y el montaje de la siguiente surgen acciones propias del trabajo de albañilería. Todas estas huellas son la guía que orienta a Caiazza a continuar activando este espacio y este tiempo, habitualmente disimulados y olvidados, a los que el público nunca tiene acceso. Esta franja, este “entre”, interpela a la artista, quien, a su turno, responde con operaciones delicadas que se asemejan a las de un arqueólogo o un restaurador.
En el texto de la muestra, Florencia Qualina cita a la artista: “Es el tiempo y espacio entre exhibiciones, que tiene también algo de intimidad donde pongo el ojo, en ese intermedio, que es fuera del tiempo también”. “Entre” es una preposición que indica la situación o estado en medio de dos o más cosas, el estado intermedio. En este sentido, el “entre” está siempre condicionado por otras cosas, siempre derivado. No se puede sostener por sí solo. Es frágil. La artista se ubica voluntariamente en este lugar vulnerable, no para retocarlo a fin de albergar sus obras, sino para rescatar aquello que quedó relegado al olvido, animar lo negado, ex-presar lo enterrado y hacer posible un nuevo devenir propio de ese “entre”. Qualina recupera la idea del “inflaleve” duchampiano como “un resquicio para entrar en la obra de Florencia Caiazza”. Tal vez podríamos decir que su participación, de alguna manera, inaugura este nuevo devenir, un devenir sensible, condenado a desaparecer in situ.
Como si esa condicionalidad la hubiera contagiado, la artista misma, con una actitud ciertamente estoica, se limita al uso de materiales y herramientas básicos, como cemento, enduido, yeso, durlock, piedras en polvo, espátulas, martillo, atornillador, etc. Pero, a veces, cuando uno se entrega a una guía, a un cierto conductor, se revela una mayor expresión subjetiva dentro de este marco, mucho más que cuando se empieza de cero con total libertad. Lo que se visibiliza es, en particular, lo gestual inherente. Podríamos imaginar a un niño que escribe una oración en su cuaderno con lápiz, luego cambia de idea y la borra, y vuelve a escribir una oración nueva. Escribe con tanta presión que las letras borradas quedaron prensadas —ya no están, pero están, como fantasmas— y conviven con las letras nuevas. En ese tiempo “perdido” para el niño ocurrió lo más dinámico de lo gestual, que condensa todos los procesos internos implicados en el tránsito de un estado al otro.
En la sala, si uno presta atención, advierte que el trabajo de la artista llega muy discretamente hasta sus extremidades marginales. Hay una invitación a ver la sala como un espacio que nos envuelve, nos sumerge, nos arrastra en su propia continuidad.
Florencia Caiazza, Hipnagogia, Galería Tokonoma en Central AFFAIR, Buenos Aires, 24 de junio –18 de agosto de 2026.
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