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Un resonador magnético es una cápsula de gran tamaño que permite tomar imágenes de las partes blandas del cuerpo y que funciona en base a un potente campo magnético y ondas de radio. Las imágenes no surgen del sonido. Eso es solo una impresión, pero esa suerte de sinestesia de origen tecnológico (un sonido que causa una imagen) basta para que uno pueda percibirlo como un prototípico aparato futurista del pasado. Pensemos en el cerebro: la medicina, durante el siglo pasado, desarrolló múltiples maneras de estudiarlo o incluso de operar cortes (reales, no como imágenes) sobre ese objeto blando y cuya mayor característica, señalan los neurólogos, es la plasticidad. La terrorífica lobotomía, sin ir más lejos, que le valió en 1949 el Premio Nobel de Medicina al psiquiatra portugués que la desarrolló.
Puede causar angustia ver el comienzo de Cascotera: hay tres mujeres jóvenes echadas sobre el piso de un modo ocioso. Podrían ser La ninfa y el pastor, los personajes del cuadro de Tiziano. Pero no: se masajean sus cráneos, se mueven como abstraídas, se frotan las cabezas con los dedos lubricados por un ungüento blanco de una manera que resulta (por lo lenta, por lo insistente, por lo extenso de la escena) perturbadora. La música que escuchan (el diseño sonoro es de Ailín Grad, con voces de Melina Moguilevsky) no son exactamente los golpes de sonido industrial de un resonador, pero por momentos podrían serlo en la misma medida que podrían formar parte de un trabajo de Aphex Twin. De pronto, los cuerpos se yerguen, se distancian, se mueven, bailan: ninguno parece percibir la existencia del otro. Si una máquina hiciera un corte sincrónico de la escena en ese momento obtendría esta imagen: una mujer bailando frenética al modo de una raver en una fiesta electrónica; otra mujer sometida a un temblor sofocante, como presa de una descompensación del sistema nervioso (o tal vez bajo el efecto de una droga de diseño); una tercera mujer sin rostro (impide vérselo una larga cabellera color azabache que se lo tapa), casi una mutante, que parece enfrascada en la práctica de un arte marcial inventado por ella.
Cascotera es una obra de danza experimental (o podría decirse, en este caso, de laboratorio) dirigida por Belén Coluccio y Cinthia De Levie e interpretada por Natalí Faloni, Josefina Imfeld y la propia Coluccio. “La obra se construye a partir de una investigación sobre el cerebro en tanto materia sensible, inestable e imaginaria”, expresan las actrices sobre el trabajo que desarrollan. Más tarde, la atmósfera opresiva —con su trasfondo de intervención médica— cede y da lugar a otra cosa. Sus cuerpos, que hasta casi la mitad de la obra prácticamente no han tenido contacto entre sí, ahora se convierten en compañía, en cosa interactuante: en sujetos. El espectador puede descargar entonces la angustia inicial con una risa que le provee el imaginario alienígena (otro modo frecuente en que la ficción pudo pensar la hiperconexión, la hiperconciencia, la comunicación entre pensamientos de distinto tipo): una de las actrices se ha convertido en un símil de E.T., que quizás ha crecido y se ha quedado a convivir con los terrícolas. Entonces uno percibe que se necesita poco para generar una imagen sugerente: un abrigo de lluvia, una cabeza de telgopor, unos anteojos de sol. Y por supuesto, los movimientos de las actrices, que le dan vida y cuerpo a la escena.
En ese trabajo con situaciones cuyo desenlace son planteos de gran poder sugestivo pero sin una definida referencia argumentativa, Cascotera se ubica en la tradición del legado estético del surrealismo. No del surrealismo en la acepción más cotidiana y ordinaria del término, sino en lo que significó el movimiento en términos de posición ante los procesos compositivos: ruptura con la conexión lógica, aparición intempestiva de una imagen potente y muchas veces inquietante (el surrealismo de Buñuel en Un perro andaluz, por ejemplo). También, la obra quizás pueda verse como una lectura del Nietzsche de Pierre Klossowski y de la crítica de aquel a la noción de organismo: a la paradoja de que sea el órgano más frágil el más desarrollado, a la observación de que la posición erguida lo haya llevado a dominar sobre el cuerpo a causa, precisamente, de esa fragilidad. “¿Quién sufre o goza? ¿El cerebro? ¿El órgano cerebral goza del sufrimiento del cuerpo del que él es una función? ¿El cuerpo puede gozar del sufrimiento de su órgano principal?”, se pregunta Klossowski siguiendo a Nietzsche en ese revelador ensayo sobre las relaciones entre las fuerzas somáticas, anímicas y el cerebro. Y luego, en la obra, esa vuelta a la realidad del trabajo: el tomar conciencia del ensayo, que las actrices expresan cada vez que afirman “¡otra!”. Otra vuelta, otro intento de lo mismo, a ver si es realmente lo mismo, a ver si existe la repetición o somos nosotros quienes la introducimos. La repetición como hecho maquínico: bailar y danzar, coreografiar el movimiento, repetirlo y darle un ritmo que es a la vez patrón. ¿Quién manda sobre el cuerpo cuando se baila? ¿Y cómo podría pensarse que no sea el cerebro el que, a la vez, haga andar al cuerpo en el trance del baile? ¿Cómo aceptar que el cerebro sea, finalmente, solo un trozo de cuerpo material? El cerebro: el misterio más grande del cuerpo humano. El cráneo como soporte y envase de ese órgano que es caja negra, que comanda y registra y cuyo enigma mayor radica en el hecho de que funcione, más que en la circunstancia de que deje de funcionar. Incluso en la hecatombe, o con el avión a punto de estrellarse.
Cascotera, dirección de Belén Coluccio y Cinthia De Levie, Fundación Cazadores, Buenos Aires, 5, 12, 19 y 26 de septiembre de 2026.
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