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ARTE

La criatura humana es un bicho raro. Es el fruto de un proceso biológico que, al igual que otras formas de vida, deja sus huellas y huesos fosilizados para que sean descubiertos millones de años después. Es seductor pensar e imaginar cuáles serán los rastros que dejaremos los humanos de hoy después de que nuestra civilización haya desaparecido. En Dimmer, primera exhibición individual de Emilia de las Carreras en la galería Grasa, con curaduría de Carlos Gutierrez, hay mucho de todo esto.

La muestra está conformada por tres obras. En primer lugar, la artista tomó como punto de partida un grupo de tres fotografías. En ellas se pueden ver objetos conectados o sostenidos por prótesis hechas con museletas sobre un fondo gris en degradé, imitando el característico estilo de catálogo de productos ortopédicos. Del techo de la sala está suspendida la segunda obra, una desmesurada espina dorsal blanca y tersa. De ella se desprenden numerosas costillas que descienden por las paredes laterales de la sala y terminan formando un espacio interior que es tanto refugio como estómago. La última obra es un conjunto de objetos encontrados y recolectados durante el tiempo que duró la producción de la muestra y que se encuentran colgados a media altura sobre las paredes laterales y separados por el extremo final de las costillas.

El particular modo de trabajo de Emilia de las Carreras se ubica entre el recuerdo y el olvido de lo que recolecta, investiga, modifica y crea. Así, en Dimmer no le interesa señalar la diferencia entre un objeto creado y un objeto encontrado, sino comprender que ambos son parte de un mismo ecosistema del arte. Hoy esta misma semejanza se visibiliza entre un pasado inventado y otro narrado históricamente. Los dos construyen nuestro pasado con el mismo grado de veracidad. La arqueología y la paleontología de Dimmer tampoco buscan entender el estilo de vida de una civilización antigua o los restos óseos de un ser terrestre, sino que muestran cuál es la motivación que selecciona el objeto de interés y cuál no. Este comportamiento refleja que son el deseo y el interés los que diseñan y modelan tanto el objeto encontrado como el creado. En este aspecto, la muestra reúne obras de distintas procedencias pero que proponen un solo lenguaje arqueológico. La creación de una columna vertebral de cartapesta y el vidrio protector del celular se perciben como restos de una misma época: un pasado reciente.

Encontrar o producir entendidos como opuestos en el arte de hoy no genera sentido. Sugestión y confianza son las herramientas que De las Carreras utiliza en las acciones de encontrar o crear. La realidad de Dimmer va adquiriendo así una forma más ilusoria que tangible. O, para ser más preciso, se podría decir que el deseo hace que las cosas existan en este submundo. Todo depende entonces de las cuestiones mentales que dominen la ontología de los visitantes que moldean a voluntad una realidad amorfa y provisional, ya sea en el presente, en el pasado o en el futuro.

Son múltiples las posibilidades de interpretación de Dimmer. El espacio puede ser el estómago de una ballena con toda la basura humana acumulada en su interior o la sala de un museo de ciencias naturales, con la espina dorsal de un animal de gran escala y los restos arqueológicos de una civilización reciente difícil de identificar. También podría ser una tumba del futuro donde los objetos son el ajuar funerario estilo sci-fi que especula con el lecho mortuorio de un humano gigante. Sea como fuere, Dimmer encuentra en lo metálico y en lo aséptico una puesta en escena con una inconfundible sensación de quirófano. Evidencia que los rastros del pasado se organizan bajo el espíritu creativo de la artista y crea un artilugio con una función que no se percibe fácilmente o que, en todo caso, se desconoce.

 

Emilia de las Carreras, Dimmer, curaduría de Carlos Gutierrez, Galería Grasa, Buenos Aires, 29 de noviembre – 16 de diciembre de 2022.

15 Dic, 2022
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