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ARTE
Infierno

El veneno late en tu cabeza, / pero hay algo de belleza.

 

Para cierta manera de comprender el arte y la vida, el lugar común es justamente lo que nunca ha de evitarse, la carta robada a la vista de todos, donde se esconde la posibilidad de lo más singular y desafiante. Entre lo vivido y lo vivible: si unx es capaz de horadar estereotipos y desquiciar los usos empresariales del lenguaje, más que algo frívolo o una expresión del gusto dominante, el lugar común sería aquello capaz de referenciar una sensibilidad compartida, un sentir genérico —que por cierto no tiene nada de banal o carente de valor, sino todo lo contrario, lo que no siendo de ninguno en concreto nos pertenece a todxs—.

Son varios y de sobra conocidos los lugares comunes en torno a la persona y la obra de Marcia Schvartz: su legendario compromiso (no sólo con la pintura), una elocuencia furiosa que no evita el enfrentamiento, su don para las figuras pesadillescas pero no faltas de ternura. En una cultura masculina y textual como la porteña, marcada por la falta de una tradición pictórica popular y por una supuesta escasez iconográfica originaria, el desafío de la artista ha sido sustituir la escasez por la abundancia, por la vía del exceso. Liberar sensaciones y percepciones del monopolio de ideas que son nacionales en tanto que cultas e importadas. Por tamaño e intensidad, ya sea como retratista o en su versión de mitógrafa del Río de la Plata, la pintura histórica alcanza en la trayectoria de Schvartz un nuevo estadio. Para ello, se alimenta principalmente de un sustrato plebeyo y corrosivo para con la noción misma de realismo. A riesgo de parecer romántico: a pesar del espanto, según dice la artista, se trata de percibir las cosas tal y como (se) aparecen. Prestar la mano a fuerzas que vienen de lejos, espacial y temporalmente. De modo que pintar sería el trabajo de hacer de lo virtual un presente. Siempre alegórica: asumir lo innombrable sin caer en el papel de la víctima, deseando que el óleo y la tela puedan ser el vehículo de la venganza, aunque esta sólo pueda darse de manera simbólica. Como las Erinias, las innombrables, las que no toleran y marcan el límite de crueldad soportable. Ellas, que tienen mil nombres, son en gran medida las protagonistas de esta su última muestra.

En el papel de Virgilio, Marcia Schvartz nos recibe a la puerta de Vasari para recorrer Infierno, un conjunto de esculturas y cuadros mayormente producidos durante estos últimos dos años. Algunos mostrados anteriormente, pero nunca reunidos así y hasta ahora no exhibidos en Buenos Aires, escribir sobre ellos recuerda a lo que sucede en la lectura de la Commedia: cómo las estructuras de la sintaxis y la retórica clasicista se hacen pequeñas frente a la magnitud de las sensaciones que las imágenes de monstruos, almas en pena y paisajes ctónicos logran suscitar. Y no estoy hablando en un sentido metafórico. No obstante, de cuerpos que vuelven, ríos barrosos y mundos subterráneos está plagado el universo de Schvartz. De hecho, pasa que los mismos comentarios de la artista pueden llegar a resultar vagos, casi anecdóticos, en comparación con las pasiones que animan cuadros como Spirito bizarro (2018) o El psicoanálisis. Con rabia roía el cráneo por dentro y por fuera (2018), dos obras en donde la forma humana se hace indistinta del animal que somos. La artista aparece en ellas retorcida, transformada en un híbrido de araña, caníbal y mujer que se agacha para dar a luz, una bestia que se devora a sí misma, de modo que la composición adquiere un eco antediluviano, propio de cuando Dios se dio la vuelta y la violencia, temporalmente, dejó de ser objeto del juicio moral.

O puede que, en realidad, las explicaciones de Marcia Schvartz nos resulten insuficientes por culpa de la inflación discursiva que rodea la economía del arte. Frente a la especulación, ante la carrera como una esfera independiente de la experiencia vital, Canto terzo. La barca (2018), el óleo que nos recibe al entrar en la galería, obliga a guardar silencio. Abrir la boca, pero no para repetir conceptos que no han pasado por el cuerpo. “Es imposible imaginar un hundimiento sin un personaje con la boca exorbitantemente abierta, en el umbral de proferir un grito que es la ausencia de palabras”, según la artista. Y con esta reflexión vuelve el gesto sin vida del hombre que yace sobre la base triangular de La balsa de la medusa. Pero sobre todo el misterio de la Medusa de Caravaggio, el enemigo infinito que nos lanza esa boca abierta que ya no es más un órgano sino un agujero negro, el principio de oscuridad o el horror dentro de unx mismx.

Puede que la arpillera, el lino, la pintura asfáltica, el estaño fundido, las púas de cactus o incluso el esmalte sean recursos de otra época. Vestigios, ya en los noventa, de una historia alternativa del arte de los años noventa, una historia enfrentada con el camino de la normalidad por el consumo, los amigos y el salir de fiesta. Pero desde hace varios años han proliferado sobre todo mujeres artistas que se acercan al estilo de Marcia Schvartz como un lugar común productivo. No lo digo, precisamente, por los ojitos fuerza-empatía que tanta fama han cosechado en la joven y reciente figuración porteña, y que a todas luces no son los ojos de la vidente abrumada, los ojos abatidos que preferirían no haber visto ciertas cosas, tal y como lo demuestran la monumental Ángel negro (2016-2019) o Maculopatía degenerativa (2018). Con todo, ver mal puede no ser una enfermedad, ni significa estar en la disposición de atreverse a sostener la mirada al mal de cada época. Después de pasar por Infierno, no me resigno. Quiero creer que la estética, aun en su versión más atávica o fantasiosa, puede contribuir en el proceso de tumbar la idea de que esta realidad expropiadora e insoportable es la única posible.

 

Marcia Schvartz, Infierno, Vasari, Buenos Aires, 27 de octubre – 4 de diciembre de 2020.

 

Imagen: “Canto terzo. La barca”, de Marcia Schvartz, técnica mixta sobre tela, 2018.