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¿Para qué sirven las espinas?

Samantha Ferro

ARTE

El body horror es un subgénero del cine de terror que ubica al cuerpo humano como la última frontera de la materialidad orgánica reconocible. De modo que pasado este límite todo es admitido, y la destrucción, la mutación y la pudrición son algunas de las derivas a transitar como posibilidad de cambio. En general, en las películas del género se despliegan distintos recursos para provocar la mutación, que pueden ser orgánicos (contagio, infección, proliferación de células malignas, etcétera) o inorgánicos (mutilación intencional —o no—, intervención quirúrgica, accidentes o consecuencias de alguna interacción, entre otros). Si bien esta pseudoclasificación podría pormenorizarse, me interesa pensar en los recursos “inorgánicos”, principalmente porque pueden verse involucrados en dinámicas que muchas veces vinculan lo sádico con la apertura a otro tipo de conocimiento o placeres, como es el caso de Martyr (Pascal Laugier, 2008), Hereditary (Ari Aster, 2018) o la franquicia de Hellraiser, sólo por recordar algunos ejemplos. En esta última mención es donde quiero tomarme un momento y arriesgar algunas asociaciones con la muestra ¿Para qué sirven las espinas? de Samantha Ferro, en Acéfala Galería.

Las piezas de la artista cordobesa se despliegan en el perímetro del lugar propiciando un encuentro sin escapatorias: ingresar en la sala es ingresar en otra dimensión, estar ahí es estar dispuestx a observar/ser observadx. En toda la serie se reconoce rápidamente un trasfondo humano. Ya sea por su hechura o por su morfología, la dualidad presencia/ausencia (del cuerpo) se resuelve sin mayores sobresaltos en las superficies pulidas o en la distorsión visual que producen los cristales resinosos ubicados estratégicamente en la pieza central. Habitan el límite entre el ornamento y el arma de autodefensa, activan cercanía y complicidad (quizás por el tono antropomorfo), a la vez que reclaman distancia y atención. Esto mismo es un poco lo que sucede en la primera película de la saga Hellraiser (Clive Barker, 1987): una pequeña caja-rompecabezas de superficie brillante e incrustaciones de metal pulido es la llave para acceder a placeres desconocidos y a los que sólo puede llegarse, luego entendemos, ofreciendo el propio cuerpo como tributo. Seres de apariencia humana con prótesis y heridas abiertas (cenobitas) hacen aparecer ganchos y cadenas que desgarran la piel y la carne de quien haya resuelto el acertijo. Si bien el espectáculo es espeluznante, pensar la fórmula incógnita-solución-destrucción introduce un dato que nos permite acercarnos a la obra de Ferro desde otro lugar: mantener la incertidumbre es reconocer tanto la vulnerabilidad del cuerpo como su potencia para motivar el cambio. Si lo abyecto es la explotación física del cuerpo, es necesario hacer un breve viaje en el tiempo para profundizar esto: la tierra es explotada para la extracción de metales, que luego se utilizan para producir dispositivos que sirven para explotar a otros cuerpos. En resumen, el body horror puede leerse como manifiesto político.

Samantha produce acertijos de forma que las llaves sean muchas, que otras fórmulas sean posibles, donde todxs tengamos otra oportunidad, aunque para eso debamos ir al infierno. Sus obras son como rompecabezas de los que no hay que esperar revelaciones, porque sabe que la prepotencia del conocimiento es lo que termina desgarrando el misterio y esa es la fuente del más profundo malestar. “Pero si este no llegaba a revelarse no se afligiría demasiado, por miedo a que ni el ingenio ni el tiempo tuvieran la habilidad de resolver el enigma de cómo reparar un corazón destrozado”, concluye Clive Barker en The Hellbound Heart, y con esto recupera la importancia de lo desconocido como horizonte.

Toparse con el enigma es una forma de perpetuar el movimiento que guarda consigo la posibilidad de que algún día todo sea distinto. Buscar enigmas y sólo coquetear con ellos es entender que la desesperanza puede ser un abrigo cálido e impermeable, de ingenua resignación e intrincada fórmula. Dejarse seducir. Aprender a esperar y observar. Asumir que las respuestas no siempre son la solución.

 

Samantha Ferro, ¿Para qué sirven las espinas?, curaduría de Joaquín Barrera, Acéfala Galería, Buenos Aires, 11 de septiembre – 13 de noviembre de 2021.

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