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Meditaciones de cine

Quentin Tarantino

CINE y TV

Alguna vez Quentin Tarantino dijo que no iba a dirigir más de diez películas, un número tan redondo como caprichoso que, dependiendo de cómo se cuente o se escarbe en su filmografía, ya estaría satisfecho. Partiendo de esa base, se puede especular que la aparición de Meditaciones de cine (antecedido por Érase una vez en Hollywood, la novela) es algo así como una inversión intencionada del camino que los cahiers de los años sesenta del siglo XX remontaron para cambiar la historia del cine. Si Godard y Truffaut siempre consideraron que ya estaban haciendo películas cuando comenzaron a escribir crítica, entonces Tarantino se pone a escribir cuando el cine está desapareciendo como medida universal de cierto tipo de sensibilidad que a él le interesa pensar o recuperar.

La cuestión principal, sin embargo, es que no hay nada catártico o parecido a una terapia de disminución de ansiedades insatisfechas en Meditaciones de cine. Las fuentes teóricas de Tarantino (el enciclopedismo de videoclub alimentado en sus años tras el mostrador de Video Archives y el eclecticismo de aproximación de Pauline Kael) no lo llevan al réquiem, sino a la celebración pálida, como de fiesta a medio tono entre la nostalgia y la resistencia. Apenas comenzado el libro, Tarantino confiesa que hace películas con un único objetivo: recrear la experiencia de ver cine en el cine, es decir, la de la proyección mecánica y física y sus consecuencias sobre un espectador sumergido en la oscuridad de la sala.

Esa liturgia desvanecida en la era del cine de plataformas todavía era la del New Hollywood de los años setenta, cuando las películas habilitaban espacios y definían tonos sociales, a veces cicatrizando la estética que había acompañado el fin de la “Era de los Estudios”, a veces renovándola por completo. Los ejercicios contrafácticos de reescritura de películas hacen de Tarantino una especie de cerebro tensor o máquina de asociaciones en la que Joe (1970, John G. Avildsen) anticipa el Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese, o Harry el Sucio (1971, Don Siegel) representa el punto de quiebre cronológico en el que la cultura juvenil reemplaza a la cultura popular, mientras se ceba con los miedos del espectador norteamericano promedio y los reprocesa a velocidad de paranoia. Cada película repasada o “reescrita” por Tarantino es una maniobra de respiración y reanimación practicada frente a una línea de tumbas abiertas en las que todavía silban las respiraciones de semidioses como Peckinpah y Siegel, y en la que la lectura como memento mori electrificado siempre se las ingenia para impedir que el pesimismo marque los ritmos de avance. En el preciso momento en que Tarantino puede imaginar una versión de The Getaway (la novela de Jim Thompson) filmada por Ken Russell, el lector puede sentir su transformación en crítico como un fundido a negro existencial que prepara los ánimos para un cambio de clima y de época que, en realidad, llegó hace rato.

La esperanza de resistencia, la apuesta a que Tarantino se aferre al lápiz y el papel cuando decida soltar el celuloide, se relaciona casi exclusivamente con cierto orgullo personal del cinéfilo, con esa forma en que el mundo toma forma alrededor del cine y que hoy resulta imposible resucitar o transmitir en o desde un living y con un control remoto en la mano. Cualquier cinéfilo recuerda el instante (la película) en que el cine tomó el control de su vida, y ese es, indefectiblemente, un momento colectivo, grupal, compartido a oscuras y en silencio con otros, extraños y conocidos, en la profundidad de la sala. Es en ese punto donde Meditaciones de cine sugiere la presencia de un instinto creador que entiende lo popular como una necesidad de cierto paisaje. El mejor momento del libro es una breve nota a pie de página en el brillante ensayo sobre Harry el Sucio, en la que el creador de Pulp Fiction (1994) imagina a los extraterrestres de las distintas versiones de Body Snatchers (1993) instalándose en un nido del Ku Klux Klan. “Se necesita un cineasta magnífico para corromper totalmente a un público”, escribe Tarantino en ese borde de página sublime, una afirmación entre lúdica y tiránica, entre irresponsable y alevosamente política, que afina la clave de lectura y resume los riesgos de un libro importante que ojalá exceda el culto a la personalidad de su autor y sea tomado con la seriedad que merece.

 

Quentin Tarantino, Meditaciones de cine, traducción de Carlos Milla Soler, Reservoir Books, 2023, 424 págs.

 

Imagen: Sam Peckinpah y Steve McQueen en el rodaje de The Getaway (1972).

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