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El viejo arte de adjetivar

Julián Matta

ARTE

Definir algo implica esforzarse por reconocer, asimilar y traducir algo en términos disponibles para un interlocutor directo. En El viejo arte de adjetivar, Julián Matta propone algo que escala en el camino a la definición: la descripción. En la sala cubierta por un azul uniforme y pasivo se dispone una serie de pinturas monocromas que no terminan por abrir un nexo de confianza sobre el que la mirada pueda descansar. Se acercan a las paredes pero no se apoyan totalmente, los recursos materiales se unifican pero discurren entre variaciones de textura, ofrecen puntos donde algo comienza a ser reconocible pero rápidamente se disuelve o se mimetiza con el elemento más próximo. Todo este despliegue de recursos describe distintos momentos de algo que está en tránsito y que por hallarse “en vías de” no encuentra comodidad en ningún punto. Las pinturas enuncian el movimiento acelerado de algo que se agolpa en la retina y que es casi una trampa de la memoria. Eso que se ve ahí no es ninguno de los personajes entrañables que la televisión supo engendrar, eso que hay ahí es la concreción de un deseo nostálgico y caprichoso, torpe y renegado que no deja que las ansias de volver terminen de desplomarse. Volver, más que verbo, es destino y utopía; volver no es sólo un desplazamiento, es un lugar, un sujeto y un clima: “Me siento como un lugar a donde ya no va nadie” se titula una de las pinturas. Volver es imposible, pero importante.

Más cercano al terror blanco y negro de Narciso Ibáñez Menta que al mundillo Technicolor, esta muestra es una sumatoria de estímulos, por momentos indecisos, por momentos certeros. “Hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte”, se pregunta P, el encargado de hipnotizar al señor Valdemar poco antes de su muerte en el cuento de Edgar Allan Poe: en esa historia, un enfermo terminal es dormido momentos antes de morir, a través de un proceso que lo induce indefinidamente en un estado liminal en el que se pausa la descomposición física del cuerpo; no se halla vivo ni muerto, simplemente en suspenso. Adelantando hasta el final del relato, cuando P despierta al enfermo se encuentra con “una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción”. El proceso de descomposición que parecía pausado continuó su cauce en una temporalidad todavía no perceptible para los personajes, la pausa fue sólo una ficción. Volviendo a las pinturas de Matta, disfruto vacilar entre la idea de que él ha despertado algo o que se rehúsa a hacerlo. Creo que en toda su obra se abren preguntas por los restos de algo que bien podría ser la historia, las fantasías no resueltas o incluso nosotros mismos: ¿qué hacemos con eso? ¿Qué hace un artista con eso? Tal vez sea momento de abrazar las contradicciones y preguntarnos por aquello que creemos pausado pero que no deja de irradiar olor.

Queda pendiente, para otro texto, pensar el nexo entre las representaciones de lo que podrían leerse como zombies de personajes animados que conocimos allá a finales del siglo XX y los procesos de colonización cultural llevados adelante en el Sur global. Pienso que una muestra como esta, que ha sumergido sus memorias en cenizas en un gesto cuasi ritual, nos da pie a pensar dónde estamos hoy respecto de lo que consumimos y conservamos. Parafraseando una canción de Lorde que estuve escuchando recientemente: los hombres en las noticias intentan alertarnos de todo lo que perderemos, pero nada está mal cuando nada es real. Nunca volveré a casa y viviré en un holograma con vos.

 

Julián Matta, El viejo arte de adjetivar, curaduría de Tania Puente, Media Galería, Buenos Aires, 18 de marzo – 7 de mayo de 2023.

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