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El pozo y la pirámide

Diego Bentivegna

LITERATURA ARGENTINA

La poesía puede construir lugares más que representarlos. Y lo interesante de este libro de Diego Bentivegna es que constituye un intento por reconstruir una zona del país atravesada, aún hoy, por la violencia colonial. Es por eso que El pozo y la pirámide, en esa indagación, se multiplica: no es un libro, son tres. Todos marcados por cierto tratar de abrirse al otro, a lo otro. De ahí que sea puro diálogo con la otredad, la cual sólo puede recuperarse con huellas, con restos. El primer libro define la tensión entre esas dos posiciones, la del pozo (que es la memoria) y la de la pirámide (que es el signo mudo): bien podemos decir, ocupa el lugar de dos abismos, a su manera, uno que tiene que ver con el recuerdo y otro que tiene que ver con el silencio. Por eso, el resto: las cosas, por más que se las trate de poner en la lógica del diálogo, no hablan, se ensimisman en su oquedad y quedan desnudas para la mirada del yo lírico. La imagen que condensa esa tensión es la de la tumba de Mariano Rosas, persona/personaje de los ranqueles cuyo sepulcro es la contracara de la tumba del poema fundacional “La cautiva”. El primero es el resto de un mundo posible, el segundo es el intento por reescribir ese mundo. En ese movimiento de marcha y contramarcha, de escritura y reescritura, mejor, sobreescritura, no hay paz posible, sólo el tenso silencio contemplativo de lo que queda.

El segundo libro, “Cartas a K y otros extractos”, constituye una larga labor de reescritura de diversos fragmentos de las cartas del jesuita italiano Nicolás Mascardi, quien en el siglo XVIII recorrió varios lugares de la Patagonia hasta fundar una misión a orillas del lago Nahuel Huapi. Esa lógica de inserción y reescritura es una clara extensión de la operación poética de Bentivegna: se apropia del discurso del otro-europeo, lo incorpora, lo modifica, lo hace resto. Bentivegna, si se puede decir con un neologismo que le cabe, “restifica” la escritura de la conquista, la da una tercera vuelta al movimiento de escritura (de los ranqueles, de los habitantes primeros) contra sobreescritura (de la máquina de conquista): “restificar” es invadir el corazón de la sobreescritura con el resto del pueblo “derrotado”, haciendo resto ese mismo discurso.

El cierre es contundente en esa línea. Si el primer libro era un viaje alrededor de la “pirámide” de Mariano Rosas, si el segundo es la “restificación” de la escritura jesuita, el tercer libro, mejor, el tercer momento del mismo libro, se apoya en la lectura de los hechos que constituyen la muerte de Rafael Nahuel, joven de familia mapuche asesinado en medio de un operativo de seguridad (de represión) en Villa Mascardi, nombre que lleva el apellido del jesuita que ocupó la mirada poética de “Cartas a K…”. Allí, el yo lírico habla, lateralmente, de la violencia, del frío, de la continuidad de esa operación de dominación colonial sin por eso caer en lo burdo de la referencia evidente. La forma de Bentivegna es la mejor de las críticas: mira, trata de entender, pero se queda siempre en la orilla del silencio, de la contemplación, de la escritura. La operación es sutil: tapar ese silencio atronador con la poesía podría ser un acto burdo, de barbarie, pero, en su lugar, lo que tenemos es el verso contemplativo, fragmentario, de reescritura de una voz que se pierde, junto con la violencia, en lo blanco y mortuorio de un paisaje en disputa. Lírica y no tanto.

 

Diego Bentivegna, El pozo y la pirámide, Audisea, 2022, 94 págs.

1 Jun, 2023
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