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Al rescate de dos míticos conciertos de Bill Evans en Buenos Aires

DISCUSIÓN

Los tríos de piano, contrabajo y batería anteriores a los de Bill Evans se pierden en un pasado brumoso y accidental. Incluso sus perfectos contemporáneos —los de Thelonious Monk y Oscar Peterson, de modo sobresaliente— cifraban su valor en las irradiaciones individuales del piano; sus acompañantes, por más dúctiles instrumentistas que fueran, se limitaban a secuenciar un bajo caminante y a marcar el pulso adicionándoles los rellenos de la ortodoxia swing. Por lo tanto, no es excesivo considerar a Evans el fundador del trío moderno de jazz. Ya no el desgajamiento de la sección rítmica de un quinteto de hard bop; tampoco el solista total que sólo apela a sus compañeros para llenar aquello que físicamente no puede tocar (la utopía del hombre orquesta nunca se llevó del todo bien con el jazz): con Bill Evans nace el trío más-que-humano, el trío como acontecimiento musical diferenciado.

Morning Glory e Inner Spirit contienen los conciertos brindados por Evans en la Buenos Aires de 1973 y 1979 respectivamente. Si se los escucha como penúltimo y último capítulo de la saga iniciada en 1958 con su primer trío, se pueden entender esos pequeños gestos con los que un pianista genial supo crear a lo largo del tiempo un sentido de modernidad no rupturista, un delicado blend de jazz y clásico en el que resulta absurdo pretender aislar elementos “puros” de una u otra tradición. Como bien lo ha explicado su biógrafo Peter Pettinger, Evans terminó inclinándose hacia el jazz después de un inicio “clásico”, y ya no volvió a mirar hacia atrás. A diferencia de Keith Jarrett, que se probó a sí mismo grabando suites de Bach y preludios de Shostakovich siendo ya un improvisador brillante, su tácito maestro entendió que el jazz le bastaba, que allí estaba toda la música que realmente le interesaba. Que más tarde los críticos creyeran reconocer un fragmento de “Catalogue d’Oiseaux” de Olivier Messiaen en la temprana improvisación de “Peace Piece” no fue un problema suyo.

La edición de estos fantásticos álbumes dobles supera el rubro “grabaciones encontradas”, por la sencilla razón de que las tomas del ingeniero de sonido Carlos Melero nunca se perdieron; en todo caso, circularon clandestinamente por alguna deriva inesperada, dejando durante varios años al Bill Evans State sin sus derechos. Ahora, merced a la gestión de Roque Di Pietro, las grabaciones de los conciertos se han oficializado a través de Resonance Records. Se trata de una mejora en todo sentido, como si dijéramos que un vector de memoria más fidedigno y erudito ha reemplazado al anterior. La calidad de sonido (hay edición en vinilo) derivada de los masters analógicos originales, la información puntual y contextual (textos de Mark Myers y Claudio Parisi), los testimonios de los demás integrantes de los dos tríos y las apreciaciones de los pianistas Richard Beirach y Enrico Pieranunzi han convertido la exhumación de aquellas viejas cintas en una suerte de ensayo de microhistoria.

El concierto del 24 de junio de 1973 en el Teatro Gran Rex es quizá el favorito de la tribu evansiana. El pianista acababa de firmar contrato con Fantasy Records y venía de una gira por Japón. Se lo veía feliz, a punto de casarse y con su adicción a la droga bajo control. En términos musicales, la sociedad con Gómez y Morell era perfecta. Los porteños quedaron encandilados con el trío, y sorprendidos por el virtuosismo del contrabajista Eddie Gómez, protagonista de dos solos extraordinarios en “Beatiful Love” y “The Two Lonely People”. El portorriqueño tocaba con Evans desde hacía seis años. Sabía que ocupa un lugar clave. Tras la muerte de Scott La Faro en julio de 1961, el pianista había padecido un luto musical interminable. Con la aparición del vibrante Gómez, perfectamente asentado en 1973, Evans pareció regresar a los míticos conciertos en el Village Vanguard, cuando la idea de trío se terminaba de consolidar. En cuanto al baterista Marty Morell, su desempeño fue sutil y rítmicamente eficaz. Pronto entendió que el toque lírico de Evans implicaba una serie de desplazamientos rítmicos de la frase que lo diferenciaban del resto de los pianistas. Frente a la intimidad contrapuntística del piano y el contrabajo, el baterista era la conexión a tierra en una música evanescente.

El plan de repertorio de Evans consistía en reiterar temas a través de los años (“My Romance”, “My Foolish Heart”, “Waltz for Debby” y “Time Remembered” rara vez faltaban a la cita) e ir sumando standards y algunas melodías relativamente nuevas. Entre estas últimas, en el concierto del 73 estuvieron “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero (retitulada “Yesterday I Heard the Rain” por Gene Lees y grabada en 1968 por Tony Bennett), “Emily” de John Mandel y “What Are You Doing The Rest of Our ife” del siempre encantador Michel Legrand. El efecto de intemporalidad del conjunto melódico elegido era un rasgo típico de Evans, un pianista de jazz moderno que había atravesado la década de 1960 completamente indiferente al free jazz y que, salvo algunas incursiones con el Fender Rhodes, desconocía la palabra “electricidad”. Las crónicas de la época coincidieron en la profunda emoción que embargó al público del Gran Rex aquel domingo a la mañana. Fue una Morning Glory, sin duda, en medio del tembladeral político de un país que miraba el futuro con optimismo.

En el concierto de 1979 en el Teatro Municipal General San Martín (hubo otro en el Gran Rex y una minigira por Rosario y San Nicolás), Evans presentó un nuevo trío (sería el último) compuesto por el jovencísimo Marc Johnson en contrabajo y Joe LaBarbera en batería. El contexto político era completamente diferente al del 73. La dictadura parecía inamovible. Días antes del concierto en el San Martín, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos había llegado a la Argentina para investigar las detenciones y desapariciones forzosas de personas. Nunca se puede medir la influencia que un contexto de este tipo ejerce sobre un músico en escena, pero sí cabe entender las condiciones generales de recepción de una música bellamente concebida en una ciudad en estado de sitio. Para Evans, por otra parte, la vida en 1979 no era la misma que en 1973. Su relación con las drogas había empeorado, su salud estaba quebrada (moriría pocos meses más tarde) y una sensación de firmeza y urgencia emergió de sus solos. (Esto se puede corroborar escuchando su último disco en estudio, The Paris Concert, edition One and edition Two).

Los timbres claroscuros con los que el trío abre “Stella by Starlight” dejan enseguida lugar a un Evans más percusivo e intenso de lo habitual. Como lo hizo con todos los contrabajistas recién llegados, esta vez también dejará que Johnson muestre todo de lo que es capaz, mientras el certero Barbera no abandonará las escobillas. Las cascadas de notas del primer solo de piano son de una intensidad que incita a retirar de Evans el calificativo de “pianista impresionista” para darle crédito a la definición que sobre él vertió el crítico alemán Joachim Berendt: “el Chopin del jazz”. En “Theme from M.A.S.H.” y la balada de Paul Simon “I Do It For Your Love” —siempre alguna melodía de un Top Forty levemente anacrónico—, así como en el nunca ausente “My Romance”, la riqueza de texturas resulta completamente subyugante; Bill Evans te lleva a pasear por su estilo, como si en cada interpretación revisara velozmente la historia completa de sus tríos. El cierre de una presentación de trece temas será “Nardis”, tema de Miles Davis que Evans había incorporado al repertorio que hacía con La Faro y Motian. Pero si en la primera grabación el tema le había insumido unos siete minutos, en 1979 el músico consideró que 16:45 era una buena medida para despedirse de los argentinos.

Al volver a escuchar aquel concierto cuarenta y dos años más tarde, no podemos sustraernos a la idea de que aquello fue una fulgurante despedida, un intento por lograr la mejor performance (Evans afirmaba, increíblemente, que en pocos discos había logrado su verdadero cometido; que el resto era mero profesionalismo). Desde luego, se trata de un efecto retrospectivo, eso que Pierre Bourdieu llamaba la “ilusión biográfica”. Pero, ¿de qué vale esforzarnos en regresar a una escucha que ya no podremos recuperar? En ese sentido, Inner Spirit es el último disco de Bill Evans. Su nuevo disco.

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