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Cuentas pendientes

Vivian Gornick

OTRAS LITERATURAS

Es axioma que un buen lector no debería ver en los libros una fuente potencial de nuevas amistades, ni de resolución a los dilemas cotidianos, ni —definitivamente— de recetas para curar nuestros males del corazón. Pero también es verdad que todos lo hacemos. El vínculo afectivo es una parte primordial de la experiencia literaria; negar eso sería un error tan grande como el del reseñista de redes sociales que rechaza un libro porque no le cayó bien el protagonista.

En su larga carrera como crítica, escritora y activista, Vivian Gornick ha demostrado ser una maestra a la hora de encontrar un equilibrio entre el pensamiento crítico y el emocional. Con Cuentas pendientes, una colección de ensayos sobre la relectura de libros y cómo sus significados pueden evolucionar en el curso de una vida, reafirma, a sus noventa años —y aunque no haga falta—, que ese talento y esa inteligencia extraordinarios siguen más que intactos, aunque quizás también expone algunas de las desventajas del enfoque personalista de la literatura.

A partir de capítulos numerados pero sin título, para darse la libertad de ir de un escritor a otro, Gornick comparte distintos episodios de su vida en los que una reflexión o un evento la han sorprendido al revelarle secretos en textos con los que ya creía tener mucha familiaridad. Entre los escritores reexaminados incluye a Marguerite Duras, Elizabeth Bowen, Thomas Hardy, Colette y varios más, a veces con el foco en un libro en particular y a veces saltando entre libros y escritores como alguien que recorre su biblioteca para buscar la cita justa. Lo primero que se debe decir es que examinar textos de la mano de Gornick es un placer casi sin paralelo en la crítica contemporánea; su ojo agudo, sus frases chispeantes y filosas —traducidas aquí con un entusiasmo no igualado por el oído— y su profunda empatía con el lector —y muchas veces el autor— son una maravilla. También son maravillosos los pasajes en los que comparte episodios de su propia vida con el autoconocimiento y la ironía exquisitos a los que nos tiene acostumbrados. Sin embargo, hay momentos en los que uno se encuentra pensando si las propias experiencias de Gornick, así como sus reacciones a ellas, no la han influido demasiado.

El primer caso, para este lector por lo menos, llega en el primer capítulo, enfocado en el escritor británico posiblemente más sobrevaluado de todos los tiempos: D.H. Lawrence. La generosidad con que Gornick encuentra interpretaciones feministas y psicoanalíticas de un mamarracho machista como Hijos y amantes (1913) parece fundada más en su nostalgia por sus propias aspiraciones de juventud que en otra cosa. El segundo aparece en el capítulo sobre Natalia Ginzburg, en el que parece no ver ni una pizca de cariño o humor en la escritura de la escritora italiana, únicamente sus aspectos trágicos. De repente surge la pregunta de si Gornick, que ha experimentado una vida de pasiones mayores, trastornos familiares, compromisos políticos y —como reconoce aquí— anhelos acuciantes, no sufre de un punto ciego para el lado más liviano de la vida. Entonces llega el octavo capítulo, una apreciación hermosa de Gatos ilustres de Doris Lessing, combinada con su propia experiencia de adopción de un par de gatos que, hasta el día de hoy, se niegan a ovillarse en su falda (otro anhelo no satisfecho). Pero si de placer se trata, mejor dejarle la última palabra acerca del disfrute de encontrar un viejo ejemplar de un libro anotado por la joven que fue y agregar una segunda tanda décadas más tarde: “Ojalá viva el tiempo suficiente para, empuñando un bolígrafo de otro color, volver a leerlo”.

 

Vivian Gornick, Cuentas pendientes. Reflexiones de una lectora reincidente, traducción de Julia Osuna Aguilar, Sexto Piso, 2021, 172 págs.

 

5 May, 2022
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