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Anatomía de la inteligencia artificial. En torno a MANIAC, una ficción real de Benjamín Labatut

DISCUSIÓN

En septiembre de 1933, sumido en la depresión ante el avance del nazismo y sus planes eugenésicos, abrumado por la lógica irracionalidad de las teorías cuánticas que ya no conseguía desentrañar, el físico austríaco Paul Ehrenfest le disparó a Vassily, su hijo de catorce años con síndrome de Down, antes de pegarse un tiro en la cabeza. En una nota de suicidio que nunca llegó a enviar, escribió: “En los últimos años se me ha hecho cada vez más difícil seguir el desarrollo de la física. Después de intentarlo una y otra vez, cada vez más tenso y desgarrado, finalmente he caído en la desesperación”. Amigo íntimo y colega de Einstein y Niels Bohr, creía que un espectro maligno anidaba en las mentes más brillantes del planeta, con promesas de un poder sobrehumano y un nivel de control como el que sólo podría tener un dios.

También el matemático húngaro John von Neumann —niño prodigio, creador de la primera computadora moderna y de las ecuaciones para la implosión de la bomba atómica— sospechó que un mal insalvable acechaba la carrera ciega de la ciencia y la tecnología. Consumido por el cáncer en 1957, en su última carta a un colega y amigo, el Nobel Eugene Wigner, escribió: “Lo que crea el peligro no es el potencial destructivo particularmente perverso de un invento en específico. El peligro es intrínseco. Para el progreso no hay cura”.

Medio siglo más tarde, en marzo de 2016, AlphaGo, el programa desarrollado por otro niño prodigio —el neurocientífico británico Demis Hassabis, creador de Google DeepMind—, consiguió ganarle cuatro de cinco partidos de go al imbatible campeón coreano Lee Sedol y merecer el grado de noveno dan, “la mayor distinción que un gran maestro puede recibir, un título reservado para aquellos jugadores cuya habilidad raya en lo sobrenatural”. Poco después, AlphaZero, el mismo programa despojado de todo conocimiento humano, le ganó cien partidos consecutivos a AlphaGo, y también se volvió imbatible en ajedrez y en shōgi, una especie de ajedrez japonés de mayor complejidad.

En marzo de 2023, tras el lanzamiento del ChatGPT4, la última versión de inteligencia artificial generativa creada con modelos de lenguaje grandes (LLM), un grupo de expertos y ejecutivos de la industria tecnológica pidieron una pausa de seis meses en el entrenamiento de los nuevos sistemas de IA, convencidos de que se trataba de una potencial amenaza para la humanidad. En una carta con más de mil firmas, alertaban sobre “una carrera descontrolada para desarrollar sistemas cada vez más poderosos que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden entender, predecir o controlar de forma fiable”. Otros trescientos cincuenta investigadores, ingenieros y ejecutivos de la industria informática (incluidos Sam Altman, director de OpenAI, y Hassabis, el creador de AlphaGo) reiteraron la señal de alarma en una carta abierta de una sola frase imperativa: “Mitigar el riesgo de extinción de la IA debería ser una prioridad global junto con otros riesgos a escala social, tales como las pandemias y la guerra nuclear”. Geoffrey Hinton, el informático británico reconocido como el “padrino” de la IA, abandonó su puesto en Google poco después, “para poder advertir con mayor libertad sobre los peligros que plantean estas nuevas tecnologías”. Desde entonces, el p(doom), una nueva fórmula estadística que especula la “probabilidad de destrucción”, divide a los investigadores informáticos de Silicon Valley entre los más optimistas, que imaginan que hay sólo entre un diez y un veinticinco por ciento de probabilidades de que la IA represente una amenaza para la humanidad, y los más apocalípticos, para los que la cifra podría elevarse al cincuenta por ciento.

Pero la imaginación febril de un escritor previó los riesgos mucho antes. En 1926, H.P. Lovecraft escribió: “Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá, a la realidad y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad oscura”. Al género que creó y pobló con una mitología propia se lo conoce como “horror cósmico”.

 

MANIAC, la última novela del chileno Benjamín Labatut, se abre con la historia trágica de Paul Ehrenfest, compone después una biografía coral de John von Neumann y se cierra con el palpitante recuento de las victorias de los algoritmos frente a los campeones mundiales de go. El montaje adelgaza la voz del autor en un tríptico vertiginoso que dispone los hechos reales en una especie de instalación narrativa, vivificada con los espejismos de la ficción. Labatut bucea en el pasado sin abrir juicio sobre los avances más recientes de la tecnología informática ni aventurar cifras del p(doom), pero el presente se cuela en los blancos del montaje y en la amenaza abierta del final, proyectando un futuro posible, cifrado en la conflagración cada vez más alarmante entre inteligencia y locura, afán de conocimiento y poder de destrucción. La sucesión de prodigios científicos —las bases matemáticas de la mecánica cuántica, la primera computadora moderna, la teoría de los juegos, las máquinas autorreplicantes, la inteligencia artificial general— se mezclan en el recuento con sus consecuencias más siniestras —el Proyecto Manhattan, Hiroshima y Nagasaki, las distópicas pruebas de la bomba de hidrógeno—, al tiempo que el furor creativo de los científicos convive con el egoísmo maníaco, los descarríos emocionales, la culpa y los delirios de la razón. Si en la historia de Ehrenfest asoma un fantasma que acecha el alma de la ciencia (“una influencia verdaderamente maligna, impulsada por la lógica y, a la vez, totalmente irracional, todavía incipiente y embrionaria, pero con una fuerza cada vez mayor”), un coro de voces faceta las pulsiones contradictorias que arrastran a Von Neumann, como si un solo narrador no alcanzara a contener la singularidad extraordinaria del “ser humano más inteligente del siglo XX”, una vida en la que el fantasma parece encarnarse. A veces, el azar de los acrónimos o la jactancia de los nombres lo dicen todo y no hace falta agregar mucho más: MANIAC (Mathematical Analyzer, Numerical Integrator, and Computer), la computadora pionera de Von Neumann que le da título al libro; MAD (Mutually Assured Destruction), la estrategia con que Estados Unidos usó aviesamente sus teorías del juego durante la Guerra Fría; AlphaZero, un algoritmo tan poderoso que desde la primera letra del alfabeto griego se atreve a hacer tabula rasa del conocimiento humano y convertirse en un contrincante imbatible que “juega como un ser humano en llamas”.

Son vidas reales más sorprendentes y contradictorias que las de cualquier personaje de ficción, hechos reales más inconcebibles que cualquier devaneo de la imaginación. Frente al futuro de la ciencia que ni siquiera las mentes más lúcidas alcanzan a avizorar, la literatura es un acelerador de partículas.

 

“La pregunta por la ficción vs. la no ficción no tiene respuesta en realidad”, escribe el narrador británico Tom McCarthy, arrobado frente a la inquietante hibridez genérica de MANIAC. “Robándole el término a Gödel, la novela es una forma incompleta, hasta su (faltante) centro”. Y es que, como Un verdor terrible, la novela anterior de Labatut, MANIAC es “una obra de ficción basada en hechos reales”, sólo que ahora “la cantidad de ficción” ya no “aumenta a lo largo del libro” y por lo tanto parece querer acercarse aún más, sin rodeos, al centro (faltante) de lo real. Quiere componer, dar a ver en los hallazgos y a pensar en los espacios en blanco: de la distancia, el montaje y el blanco como propedéutica del intervalo reflexivo y antídoto contra la expresión personal ensimismada.

En la genealogía del escritor fascinado con sus hallazgos reales más o menos coloreados por la ficción están las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, inventor de “un método curioso” que deslumbró a Borges y seguramente inspiró su Historia universal de la infamia. “Los protagonistas son reales”, razona Borges, “los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén”. Más cerca están W.G. Sebald, Alexander Kluge, algunas novelas breves de Jean Echenoz, Roberto Bolaño y una cofradía de perseguidores alucinados como Werner Herzog o J.A. Baker, autor de El peregrino, esa obra única e inimitable de un observador extático frente al vuelo del halcón peregrino, una especie en vías de extinción. Pero en la era de Wikipedia, el cut and paste y las fake news, la ficción documental despierta sospechas. ¿Recelo por su autenticidad, su originalidad, su verdad? ¿Defensa de las formas clásicas de la novela, el estilo, el autor? ¿Nostalgia del aura? “Algo es auténtico y puede ser auténtico porque lo inventé”, asegura Kluge, “o puede ser auténtico porque lo encontré. Conectar e inventar son la misma cosa; sólo debe resistir la prueba de autenticidad”. Y también: “Los poetas son pulidores de diamantes. Pero hay también recolectores de diamantes en bruto. Soy un buen arqueólogo”.

Como buen arqueólogo de la ciencia, Labatut reúne sus hallazgos y, con la elocuencia del montaje, busca acercarse a lo que de tan incomprensible y misterioso no termina de cuajar. La novela, ese género impuro desde sus comienzos, busca renovarse una vez más, tratando de hacer más real lo real (“retocar lo real con lo real”, escribió Bresson), sin perder el destello utópico de la ficción. Así opera la instalación en mucho arte contemporáneo, una suerte de reverso de la reproducción que compone los materiales en el “aquí y ahora” de otro espacio, los dota de un aura nueva y los convierte en nuevos originales capaces de alentar otra clase de iluminaciones. También muchos escritores de hoy quieren componer, reconstruir, presentar antes que representar, como una alternativa a la crítica utópica del pensamiento moderno y los pastiches festivos posmodernos, puro reciclaje de superficies, pero también al desborde confesional del autor que abunda en la narrativa de hoy. Claro que la literatura trabaja con un lenguaje inmaterial, compone narrando y quiere compartir en el relato la vibración de sus descubrimientos para acercarlos al lector. Montado en el vértigo de lo que quiere contar, Labatut reconstruye las vidas y los hechos con una lengua suelta, precisa, veloz, que recuerda a otro chileno, Roberto Bolaño, autor de La literatura nazi en América, Los detectives salvajes y 2666, artefactos poliédricos, a veces corales, que también bucean en el horror del siglo XX. Pero el tríptico de Labatut no habría renovado el género ni calado hondo en las amenazas del presente, si en el recuento de esas vidas no hubiese cifrado una mitología del siglo XXI que renueva mitos antiguos.

 

Cuenta su hermano que al niño Von Neumann lo deslumbró el telar mecánico que su padre había traído a la casa, “un insecto de metal gigante con diez mil patas” que podía tejer siguiendo patrones almacenados en tarjetas perforadas, con un método que seguramente inspiró la computadora que concibió muchos años más tarde. Sospecha que, frente al telar, John tuvo una premonición “amorfa pero sobrecogedora, que lo poseyó con ferocidad”, mientras que a él lo atormentó desde entonces una pesadilla recurrente: la máquina cobraba vida con su hermano montado encima, “al igual que un rey mongol a la cabeza de su horda”. El sino trágico que desde aquel telar urde MANIAC, la máquina que el gobierno y los militares norteamericanos usarían para crear la bomba de hidrógeno, lleva a pensar en las Moiras de la mitología griega, tejedoras implacables del destino de los mortales. Eugene Wigner, sin embargo, cuenta que Von Neumann invocaba otros mitos. Mientras discutían las teorías de la disuasión nuclear, a su amigo le gustaba recordar que, después de que Pandora dejara salir todos los males de la caja, había quedado Elpis en el fondo, diosa de la esperanza, o mejor, de la expectativa por lo que viene después del mal: las cosas más letales podían ser con el tiempo instrumentos de salvación. Pero conviene recordar que la caja de Pandora fue el castigo enviado al audaz titán Prometeo, símbolo de la destreza y la inteligencia para comprender y dominar la naturaleza, y también de los peligros del afán de dominio absoluto. En el fondo alegórico de la novela, Von Neumann encarna al Prometeo moderno, capaz de robarles el fuego a los dioses e iluminar a los hombres con el poder liberador del conocimiento, pero también al titán castigado, encadenado durante miles de años en una cueva donde un águila le comería infinitamente las entrañas. En el Olimpo del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton que lo albergó junto a Oppenheimer, Einstein y Gödel, los titanes de la mitología moderna marchaban hacia el progreso al filo de nuestra capacidad de autodestrucción.

En medio de esa carrera prometeica de la ciencia que la novela recompone, hay sin embargo una voz femenina que recupera otros mitos y resuena en el presente en otra clave. Nelly Posthumus Meyjes, la historiadora del arte que deslumbró a Ehrenfest en una conferencia sobre el mito pitagórico de la irracionalidad y lo alentó en medio de la depresión, creía que “la armonía de la naturaleza debía ser preservada sobre todas las cosas, porque era más antigua que los titanes, más sabia que el Oráculo, más venerable que el monte Olimpo y tan sacrosanta como la energía que recorre y anima al cielo, la Tierra y el inframundo”. Creía también que, contra el afán del pensamiento occidental de ordenar racionalmente el todo de lo real, el torrente incontenible del arte moderno abrazaba lo irracional, lo incompleto, sin ningún límite ni método. No es demasiado aventurado pensar que hablaba también de la literatura que, en una búsqueda de afinación que no cuaja nunca, persigue lo inefable, la sintonía imposible con el afuera, el centro faltante de lo real.

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