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El escritor como lector. Sobre La ola que lee, de César Aira

DISCUSIÓN

Aunque la colección de artículos y reseñas que César Aira publicó entre 1981 y 2010 está prolijamente ordenada por décadas, conviene olvidar la cronología y dejar que las páginas del libro se deslicen con una leve presión del pulgar como si fuera un flipbook, hasta llegar a la breve pieza del título, “La ola que lee”. En esa miniatura prodigiosa, simétricamente dividida en dos fragmentos, el libro se resume por entero. En el primero, Aira confiesa que ese librito de dibujos que al hojearse rápido da la sensación de movimiento es su forma favorita del libro, y en el segundo, a modo de díptico caprichoso, imagina una ola gigantesca que figura poéticamente una escena de lectura. Y si la confesión casi infantil del primero lo define como el escritor de más de un centenar de libros pequeños, hechos de ilusión y velocidad como los flipbooks, la dilatada metáfora del segundo lo describe como lector apasionado, fundido en la ola ondulante con el libro que lee. Como en la estampa de Hokusai, la gran ola es una masa de líneas nítidas que ahora, en el continuo fluido de la espiral, remeda un brazo y dos ojos en la cresta, fijos en las páginas del libro. “Salvo el libro”, escribe Aira, “todo es agua. El centro de gravedad de la masa cambia todo el tiempo de lugar. Pura tensión de superficie, el centro no es un centro, ni está en ningún lado”. Si en la estampa de Hokusai la dirección de las barcazas es incierta (¿van hacia la ola o se alejan?), también es incierta la dirección del vaivén entre el escritor que escribe y el que lee.

“Escribí este libro y aprendí a leer”, confiesa Faulkner en un prólogo inédito a El sonido y la furia, y en esa inversión sutil del orden lógico de la frase define la naturaleza de un arte que reúne al lector y al escritor en el mismo mar ondulante. Leer y luego escribir, escribir para volver a leer; de un deseo a otro va toda la literatura y, en algún lugar incierto entre los movimientos de esa respiración continua, asoma la figura del crítico. W.H. Auden, que era un gran poeta y un gran crítico, describió ese vaivén del deseo frente a la literatura con cierta justicia distributiva. A modo de prólogo a su colección de ensayos La mano del teñidor escribió dos piezas memorables: “Leer” y “Escribir”. En el primero, adelantando ya algunos argumentos del segundo, precisa las diferencias entre la lectura del crítico y la del escritor. Al crítico, dice, podrá pedírsele una lectura que nos muestre relaciones entre obras de diferentes épocas históricas, ahonde nuestra comprensión, ilumine la forma artística o las relaciones del arte con la vida, la ciencia, la ética, la religión. Las opiniones críticas de un escritor, en cambio, deben tomarse siempre “con la mayor reserva”; derivan por lo general de un debate que el escritor lleva consigo mismo sobre lo que debe hacer a continuación y lo que debe evitar: “Un poeta no puede leer a otro poeta ni un novelista a otro novelista sin comparar sus respectivas obras. A medida que va leyendo, sus opiniones se presentan así: ¡Por Dios! ¡Si este es mi bisabuelo! ¡Mi tío! ¡Mi enemigo! ¡Mi hermano! ¡Mi hermano idiota!”. Con sinceridad infrecuente, Auden describe así la lectura en espejo típica del escritor, un debate constante con otros escritores que paraliza a los talentos más débiles y estimula a los más potentes, y que, en la fórmula de otro gran crítico, podríamos llamar “la angustia de las influencias”. La lectura de un escritor tiene siempre una doble orientación: cuando habla sobre los libros de otros no puede sino hablar al mismo tiempo de los propios.

No sorprende entonces que en la primera sección de la compilación de María Belén Riveiro (1981-2000), el joven Aira se mida con sus contemporáneos, al tiempo que compone su propio álbum de familia. El escritor en tanto crítico —Walter Benjamin lo percibió con claridad— es un estratega en el combate literario que renueva el canon, cuestiona las jerarquías establecidas y reorganiza el mapa de la literatura de su tiempo. Puede entenderse así que, en una de sus primeras intervenciones críticas, a poco de publicar su primera novela, Ema la cautiva, Aira asegure que la novela argentina es una “especie raquítica y malograda”, que Respiración artificial, la novela de Ricardo Piglia, es “una de las peores novelas de su generación”, y que los novelistas que se comprometen en serio con la literatura, “sin ironías ni cálculos”, están lejos, exiliados, o son secretos bien guardados por una veintena de lectores. Retrato a retrato, entretanto, las lecturas van poblando el álbum de familia —Puig, Lamborghini, Copi—, recuperan autores injustamente olvidados —José Bianco— y celebran fraternalmente una literatura menor de excéntricos y marginales —Peyceré, Perlongher, Elvira Orphée, Di Paola, Laiseca—, en la que caben incluso los “incomprensibles” como Emeterio Cerro, un gran obús que descoloca y escandaliza a los biempensantes. No faltan los dardos contra los “escritores importantes” del boom latinoamericano —Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez, Jorge Edwards—, las ironías con la literatura de “escolar aplicado” de Juan José Saer y una vindicación de la literatura brasileña que ha leído como pocos, contra la desdeñosa ignorancia de los lectores argentinos, empezando por Borges y Victoria Ocampo.

Tampoco sorprende que en la década siguiente (1991-1999), mientras Aira arremolina las aguas del Río de la Plata con su inclasificable continuo de novelitas, alterne lecturas personalísimas de su panteón familiar con meditados anticipos de su ars poetica. Como Duchamp y Roussel, sus precursores vanguardistas adoptivos, Aira va cosechando detractores indignados y admiradores fanáticos, al tiempo que el vaivén entre la lectura y la escritura se despliega en ensayos de más largo aliento en un ámbito más propicio. Son los años de sus cursos sobre Copi y Alejandra Pizarnik en el Rojas, exégesis inspiradas de la obra de sus escritores faro, que se alternan con conferencias en la Universidad de Rosario, donde se ha convertido en objeto de culto y autor dilecto de la nueva editorial rosarina Beatriz Viterbo. Con más o menos fortuna crítica, Aira hace de Puig un sultán, y de la literatura arltiana, una galería de monstruos del expresionismo. Los argumentos rozan el hermetismo pero nadie que haya estado presente olvidará la monocorde lectura en vivo de su dilatado “Arlt” en Rosario, una performance convenientemente expresionista si se quiere, que aviva el culto de sus incondicionales. Entretanto, dos ensayos que se convertirán en clásicos —“Exotismo” y “Ars narrativa”— lo definen por entero como escritor vanguardista, exóticamente argentino, con un bonus track audaz, performativo, una lectura duchampiana de Kafka.

En la última sección (2000-2010), el Aira del nuevo siglo, traducido ya a más de veinte idiomas, reconocido como uno de los escritores más renovadores e influyentes de su tiempo, ha decantado sus lecturas críticas para darle más aliento al Aira ensayista. Lee menos a sus contemporáneos, confiesa, porque “la vida es breve, hay demasiados libros” y prefiere releer a los clásicos para comprender “lo que hace literatura a la literatura”. Y si se mira ahora en el espejo de los escritores que admira es para ahondar en las “particularidades absolutas” del escritor radical que inventa de nuevo la literatura, desarma por entero el lenguaje para volverlo a armar según otras premisas, y extraña el mundo al punto incluso de volverlo incomprensible. Dos excepciones gloriosas: una lectura rendida de La Virgen de los sicarios del colombiano Fernando Vallejo publicada en El Mercurio de Chile (“una obra maestra de la pasión y el pensamiento políticos”), y una disección brillante de El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, hijo dilecto en el álbum de familia, publicada en esta revista. El escritor y el lector, se diría, acaban por fundirse en el ensayista, con la inteligencia chispeante y la elegancia espontánea que solapan el esfuerzo en las mejores piezas del género, y laten de tanto en tanto en las digresiones antojadizas de sus ficciones.

Conviene, llegando al final, volver a “La ola que lee”. Se entenderá por qué los libritos de Aira, como los flipbooks, objetivan la vida y la irradian de vuelta, enriquecida, y sobre todo por qué, para el lector y el escritor, el movimiento de la ola se agota en sí mismo como una caída, pero milagrosamente se renueva.

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