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¿Hay tiempo para ser madre? Sobre No tengo tiempo, de María Pía López

DISCUSIÓN

La conversación aparece cada tanto. ¿Vos querés tener hijos? Si sí, ¿cuándo? Si no, ¿por qué? Lo hablamos con amigas, con compañeras del trabajo, con mi madre. Nunca con varones. Lo hablamos en grupo, apostamos quién va a ser la primera en caer en ese gran camino sin retorno.

Surge antes de la pregunta por el casamiento, independiente de parejas o trabajos en blanco. La maternidad está encarnada y excede a la posibilidad biológica: de chiquitas teníamos muñecas a las que vestíamos, bebés a los que les dábamos la mamadera. No pasaba por ser madres, sino por saber que podríamos llegar a serlo.

Tengo amigas de mi edad que están convencidas, que si pudieran económicamente ser madres lo habrían hecho ayer. En mi cabeza, la respuesta es siempre la misma: hoy, ahora, no tengo tiempo, en diez años veré.

 

En No tengo tiempo, de María Pía López, vemos a dos mujeres esgrimistas hablar sobre el deseo de no maternar. “A los cuarenta no se puede cambiar de ser”, dicen. El imperativo social de ser una mujer exitosa profesionalmente hablando se choca con el otro imperativo de mujeres-madre. La idea del embarazo no da ternura y brillo, sino que las hace pensar en el tiempo que gastaron en abdominales y dietas, y cómo estaría tirado a la basura con un niño en el camino. “Los hijos se tienen para no tenerlos demasiado cerca”, aparece como crítica hacia aquellas maternidades que, sea por trabajo o jornadas escolares extendidas, no pasan tanto tiempo con sus hijos.

Las dos personajes (Carolina Guevara, Leticia Torres) no tienen nombre y están vestidas prácticamente iguales. Podrían ser, tranquilamente, la misma persona. Hablan como salidas de una obra de Beckett, interrumpiéndose, diciendo los textos al unísono, jugando con el cuerpo y el lenguaje a la vez. Aparecen historias y anécdotas, pero más que representar una ficción, parecen estar calzadas en una misma versión del ser-mujer. A lo largo de la obra, esgrimen por partida doble: con los floretes, por un lado, y con argumentos, por otro.

 

La maternidad es una disciplina del cuerpo, al igual que la esgrima. Si una es madre biológica esto es evidente: el sexo, el embarazo, los antojos, las náuseas, el parto, la lactancia. Después está el otro grupo de actividades corporales, en donde ya no importa haber parido: dormir poco, llevar a los chicos a la plaza, aguantar caprichos, responder al chat de mamis.

Se podría objetar que todas las prácticas son corporales, que somos sujetos disciplinados por cualquier institución. Pero a los hijos, a diferencia del trabajo, del matrimonio, de un deporte o de cualquier otra actividad, no se puede renunciar. O, en realidad, se puede, pero hay que poder cargar con la etiqueta de ser una mala madre.

 

“¿Vos le dijiste ‘no quiero tener hijos’?”, pregunta una. La otra responde: “No. Hay cosas que no se dicen, que desgastan”.

 

En estos últimos años, principalmente con la campaña por la legalización del aborto, hubo grandes discusiones en cuanto a maternidad y deseo. “La maternidad será deseada o no será” pareciera ser el eslogan de la época. La problemática en No tengo tiempo juega con la angustia que genera sostener ese deseo de no ser. No solo por una cuestión de combatir las imposiciones sociales: el deseo, al fin y al cabo, no es tan simple. A veces después de un hijo se quiere tener otro, a veces no, y a veces ni siquiera se quiere tener ese que se tiene. “No hay otra salvación que hacer lo que se quiere”, dice una. Un rato después: “No sé lo que quiero. No sé si lo que quiero lo sigo queriendo”.

Lina Meruane, en su ensayo Contra los hijos, dice: “A medida que el cuerpo-sin-hijos de una mujer avanza imperturbable hacia los treinta y cinco, los comentarios se vuelven sin duda impertinentes”. Tanto María Pía López como Meruane ponen el foco en las otras mujeres, las que sí quieren tener hijos, las que preguntan, las que dan por hecho la maternidad. Los varones aparecen, por supuesto, pero en otro plano. El problema son estas otras mujeres, que sea por deseo o por el deber ser, cumplieron con la expectativa.

“¿Qué te importa lo que tengo y lo que no tengo?”, se pregunta una de las personajes. Un poco antes, “auto o monstruito, esa es la cuestión”, dice la otra. Los hijos se tienen ‒como los autos‒, pero madre se es.

 

En No tengo tiempo la maternidad es una invasión sin vuelta atrás: “Ya no sangro porque él me está comiendo (…) Ya es tarde porque está vivo y no lo puedo matar”. No pasa por la posibilidad de abortar, sino por pensar hasta dónde se puede verdaderamente elegir, hasta dónde llega ese deseo. ¿Se puede tener hijos sin quererlos? ¿O lo que no se puede es ser madre?

La obra plantea otras variables de maternidad. Nombran a las adolescentes embarazadas como “huevitos Kinder”, y a su devenir como “un mercado de infancias abarrotadas”. Admiten, también, que no es solo una cuestión de querer tener hijos, que quizás por razones biológicas no se pueda. Pero, a su vez, “para encargar un bebé hay que saber a dónde ir”.

 

Mujeres que no fueron tapa, una organización feminista fundada por Lala Pasquinelli, publicó recientemente los resultados de una encuesta a más de diez mil mujeres sobre maternidad. El 47,6% no son madres. El 52,7%, sí. 74,4% de las madres se arrepienten en algún grado o medida de serlo. Respecto de los motivos para tener hijos, el 51% considera que lo hicieron por deseo o decisión propia. Respecto de los motivos para no tener hijos, el primero que mencionan es no querer perder la libertad.

 

El enemigo principal de estas dos esgrimistas es el tiempo. Cual Uma Thurman en Kill Bill convierten el reloj en un tirano: “Ojalá [el tiempo] fuera un dictador y no un destino: podríamos matarlo”. Lamentablemente para todos, no se puede, y terminamos constantemente teniendo que elegir qué hacer y qué ser a partir de nuestras posibilidades. Esa elección también es difícil, y, como dice una de las muchachas: “No tenemos tiempo, pero gastamos dos horas y media en la peluquería”.

Quizás el deseo también tiene este mismo contrincante: los discursos sociales nos convencen de que podemos hacer cualquier cosa, y sin embargo no alcanzan las horas ni como para intentarlo. No basta con tener ganas, ni con tener plata, ni con tener tiempo. Nunca nada alcanza, no somos capaces de estar satisfechos plenamente. En el siglo XXI, donde la oferta para fortalecer al yo sobreabunda, y hay que ser el propio jefe o hacer del cuerpo un templo, la idea de cederle tiempo a un otro hace agua.

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