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De Eliot a Laforgue

Juan Bautista Ritvo

TEORÍA Y ENSAYO

Es paradójico, pero quien propicia la interrupción como método abunda en la continuidad sin caer en la reiteración, salvo la de una insistencia feliz: escribir, leer, escribir. Acaso lo extraordinario de los libros de Ritvo sea que de uno a otro se tiene la sensación de que el estilo se aliviana, seduce con su inteligencia y no con su pedantería, sorprende por su obstinación que se ha visto conmovida. Desde hace un tiempo obsesionado por lo que pasa en el poema, Ritvo piensa en el ritmo como único destino para las palabras. ¿Qué ritmo?, se preguntará el lector ante la primera apariencia de la prosa: pues el de todo lo que desaparece; ¿qué todo?, continuará aún sorprendido: pues el que regresa junto con eso mismo que ha desaparecido.

A simple vista, en su procedimiento, De Eliot a Laforgue es un método de lectura, una vuelta más a la inteligencia precursora de Borges. “Alguien del presente —dice Ritvo— es llamado por algún rasgo pasado y lo elige voluntariamente como su precedente”; tal vez no exista ni influencia ni influenciado, y sí un “estar preparado para ser llamado” por ese rasgo que desde la oscuridad hace señas. Se trata entonces de poner en funcionamiento la paciencia de la lectura, de accionar la predisposición neurótica a los profundos miedos que todos afrontamos: lo patético, la descomposición, el agobio como música triste que desde hace tiempo nos ronda. En ese llamado se lee aquello que Eliot leyó en el pasado de Laforgue, pero también aquello que el mismo Ritvo lee como su forma de leer: máscaras para hablar de otras, hablándole por supuesto a una máscara. Pero ¿cuál de todas es la que le corresponde a Ritvo? Tal vez la de una imagen contundente con la que nos dice que al leer nos la pasamos esperando señales provenientes de los muertos: “En la modernidad, todo poeta termina por ser un desarraigado que se comunica con otros desarraigados que fallecen esperando que su legado sea reconstruido”. Valdría sólo con cambiar poeta por ensayista.

Mucho tiempo antes entre esos muertos, Laforgue parece entregarle a Eliot la música, el decorado, el perfil de una voz desentonada y balbuceante entre ritmos sincopados y estrofas dislocadas. ¿Por qué entonces la canción de “Prufrock” no fue escrita antes? ¿Por qué encontró en el pudor victoriano de Eliot lo que tal vez se resolvería mejor en el decadentismo erótico de Laforgue? La explicación es el enigma mismo de la poesía, o la aseveración más contundente respecto a la genialidad de Eliot: “Nada es garantía de nada porque hay un exceso de la singularidad que resulta irreductible e inexplicable”. Lo inexplicable como resultado, pero también como origen de todo, viene entonces de la poesía misma, parte del verso de Eliot que señala “¡Es imposible decir exactamente lo que quiero significar!”, y que se ha hecho eco de aquel otro del “desarraigado” Laforgue, quien le entrega no sólo “un estilo oblicuo”, sino también “los tonos grises de la vida cotidiana” al anunciar que “el monótono tedio de vivir está en camino” y conduce ni más ni menos que hacia The Waste Land. Ritvo ha sabido así volver anacrónico lo que presumía de moderno, y moderno lo que era anacrónico: la verdadera disolución del sentido está en Laforgue, mientras que las atmósferas sentimentales hay que encontrarlas en Eliot. Acaso se pueda leer este libro como una revelación oculta en la prosa: del escepticismo que se escucha en los conceptos a la pasión que habla en la poesía, la música de su prosodia nos señala el verdadero convencimiento.

Juan Bautista Ritvo, De Eliot a Laforgue, Nube Negra, 2022, 128 págs.

10 Ago, 2023
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