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Las reflexiones acerca del arte podrían dividirse en dos grandes tipos: las que llevan a cabo críticos y filósofos, por un lado, y las que realizan a su vez los propios artistas, por otro. Los primeros suelen considerar la cuestión principalmente en relación con su historia y su institución; los segundos, en tanto práctica. De ahí que las apreciaciones de estos últimos muchas veces parezcan formuladas con menor rigor o desde una mayor simpleza conceptual. Pueden dar incluso la impresión de cierta ingenuidad, que se contrapesa en muchos casos con una mirada sobre la cosa con un fundamento muy concreto, motivo por el cual terminan siendo muy reveladoras. Para un artista, el arte es aquello que él o ella hacen, y su indagación no está casi nunca desligada de esa presuposición original. Lo que sea que hace el arte, el artista lo ha experimentado haciéndolo. Para el crítico, en cambio, el arte es en principio algo sobre lo que piensa o que le da qué pensar, si bien para todo pensador el pensamiento es una forma de la acción (así como para el artista su quehacer es una manera de pensar). La zona de confluencia estaría dada, en todo caso, en ese arte que llamamos conceptual: obras que se muestran como si hubiesen sido hechas por un crítico, lo que nos sugiere que es ahí más que en ninguna otra parte en donde artista y crítico resultan dos facetas de la misma persona. En el universo ya casi extinto de lo que alguna vez fue la pujante cultura del rock y el pop, Brian Eno ocupó como pocos el lugar de figura ejemplar o cita obligada. Su trabajo parecía llevar consigo el germen de una conceptualización que ocurría a la par de la obra y producía un círculo virtuoso: el acercamiento de base conceptual hacia los elementos con que se trabaja puede dar como resultado una obra inesperada, la cual podría ser la piedra de toque de otra posible conceptualización y de un nuevo trabajo. En su rol de músico, compositor, artista y productor, Eno fue construyendo una iconoclasia de muy amplio espectro asociada a su nombre: podía ser descrito como el más vanguardista de los rockeros o como el creador de la composición pop más breve y reproducida del planeta (“The Microsoft Sound”, el sonido con que se iniciaba Windows 95).
Qué hace el arte. Una teoría inacabada es un pequeño libro ilustrado, compuesto en colaboración con Bette A., escritora y artista visual neerlandesa. Planteado como un ejercicio imaginario, si hubiera que elegir una sola palabra que describiera el criterio con que fue escrito este libro, tal vez sería pragmatismo. Organizado en diez breves capítulos (“arte”, “sentimientos”, “sentimientos ficticios”, “tomemos como ejemplo los cortes de pelo”, “dónde empieza el arte”, “¿cómo me cambia el arte?”, “¿cómo nos cambia el arte?”, “creamos mundos”, “deseo”), por su tono y su estilo el texto bien podría considerarse un libro para niños. Y en algún punto lo es. Pero, por supuesto, en este caso no se trata de una presuposición de torpeza del eventual lector, además de que un libro “para niños” puede contener una complejidad tal que sea difícil figurarse que está destinado a un lector de corta edad (pienso, por ejemplo, en La posmodernidad explicada a los niños de Jean-François Lyotard). En todo caso, la impresión se funda aquí en el hecho de que la aproximación al hecho artístico ocurre desde preguntas (e incluso respuestas) muy básicas, en las que posiblemente haya una apelación implícita a volver a pensar la función del arte en un momento en que ya casi no sabemos para qué sirven las cosas. Quien busque en este libro agudas reflexiones sobre el arte no las encontrará. Tendrá que transitar, sí, cierto engañoso candor en el cual pueden aparecer de repente cuestiones cruciales para el presente: ¿cuál es la función del arte? “Si no podemos responder a esta pregunta, entonces no debería sorprendernos que los gobiernos marginen las artes y las humanidades en la educación, o que los estudiantes más ‘brillantes’ sean los que se desvían de las artes en favor de la ciencia y la tecnología, o que las ayudas a teatros, bibliotecas y salas de conciertos sean las primeras en retirarse cuando se produce una crisis financiera. Si las artes se consideran simplemente un lujo bonito —el postre, no la comida—, entonces esas decisiones, en cierto modo, tienen sentido”. “El juego es el modo en que los niños aprenden, el arte es la manera en que los adultos juegan” es una de las definiciones en forma de eslogan que aparecen en el libro. “El arte sugiere nuevos lugares hacia los que dirigir nuestra atención” es otra. O “Cuando contemplas el arte, estás contemplando las diferencias”. Las definiciones pueden sonar simplistas. Ahora bien, ¿valdría la pena (incluso desde un punto de vista político) seguir postulando una definición del arte desde la posición que lo piensa como aquello que no tiene función, aquello que no tiene por sí mismo ninguna utilidad? ¿No es necesario repensar el lugar y el valor del arte? En este pequeño libro artístico de Brian Eno y Bette A., el arte es entendido como un básico y simple uso que hacemos de la cultura, más que como un objeto producido en una esfera autónoma que tal vez ya no existe: puede ser un libro, una canción, una telenovela, un corte de pelo o un modo de maquillarse. Algo cuya función es relevante para el funcionamiento de las personas como comunidad. Si bien por completo desligada de su componente político-ideológico, esa concepción está más cercana a la de los estudios culturales que a una filosofía establecida. Y tal vez, en tiempos en que lo que vayamos a considerar como otredad en un futuro cercano seguirá su complejo tránsito hacia una hibridez humano-tecnológica, la petición de una búsqueda de interioridad que el arte ayudaría a descubrir no merece ser impugnada con la acusación de esconder un mero idealismo. “Un deseo para este libro sería que nos hiciera / reevaluar el valor de estas dos cosas: / jugar y sentir. / Y que nos diésemos cuenta de que lo que / necesitamos ya está / dentro de nosotros, y que el arte (jugar y sentir) es / una forma / de descubrirlo”, afirman los autores en el capítulo-poema final del texto.
Brian Eno y Bette A., Qué hace el arte. Una teoría inacabada, traducción de Eva Raventós, Paidós, 128 págs.
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