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La internación

Pablo Seguí

LITERATURA ARGENTINA

Pablo Seguí es un miniaturista. ¿Qué es un miniaturista? Alguien que en muy poco espacio abarca las modulaciones de la tragedia y la comedia humanas, alguien capaz de manejar la agilidad de los relámpagos semánticos y cambiar de rumbo usando una palabra, usar más de un registro en tan sólo diez o doce versos cortos. Leamos, por ejemplo, el poema “Repetición y cambio”: “¿De nuevo voy a dar / otra versión de mí, / con mi modo apoplético / de describir las cosas / que me rodean? Giro / como peonza feble / entre unas azulinas / paredes que me cercan / desde hace varios años / o soy el hámster bronco / que ya no se encarama / a su ruedita. Surta / efecto este temblor; / descomponga el embrujo”.

Catorce versos de tres o cuatro palabras. “Apoplético”, “peonza”, “azulinas”, “hámster”, “ruedita”. La sofisticación y la inocencia. La cotidianidad y la dimensión existencial: ¿quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿cómo es el mundo?, ¿qué hago yo en él?

La internación, reciente poemario de Pablo Seguí, es un libro que se lee rápido (por lo breve), pero que podemos releer una y otra vez porque nunca se agota. La polisemia de estos pequeños poemas siempre nos revela algo que no habíamos notado en la lectura anterior.

Seguí lee y relee mucho (no sólo en castellano), ha construido en las redes la figura de un escritor excéntrico, que publica sus poemas, cuenta cuánto le costó un paquete de yerba, uno de cigarrillos, uno de fideos y anuncia que la plata alcanza para comprar cada vez menos cosas. También ha creado un personaje satírico en unos videos en los que lee poesía de otros autores y comenta con escuetas pero precisas intervenciones (las intervenciones de un miniaturista) estas obras que recomienda. El personaje es “El Gordo Teta”, un alter ego de Pablo Seguí que aparece en cuero, o en cuero y con una campera de nylon y una gorra de lana, cuando es invierno. Esto hace que sus serios planteos de lectura sean construcciones sofisticadas y desopilantes, medidas en sus palabras precisas como bisturíes y en su imagen provocadora y desfachatada. El poeta como un serio payaso. La poesía como materia viva y alejada de la solemnidad en la que algunos colegas caen. Un teórico bufo que habla sin estridencias, pero que crea un ambiente desopilante que desterritorializa la faena crítica y teórica.

Pablo Seguí (Córdoba, 1973) estudió violín desde los ocho hasta los diecisiete años para luego volcarse exclusivamente a la escritura. Publicó ocho libros de poesía antes de La internación. También se encuentran sus poemas en su blog Dulcinea Peperomia. Desde 2017 viene publicando un libro por año: Otro verano (2017), Animal de bien (2018), Noción de ritmo (2019), Lizard y otros poemas (2020) y Babía y otros poemas (2021), y este año, La internación. En estos seis libros se manifiesta una voz rotunda que busca la verdad, como dice Diego L. García en el prólogo de Babía: “Confrontando las instancias del sueño y la vigilia, las sombras y las luces del tiempo, las caras de la escritura y del silencio. En esos contrapuntos, el poeta se constituye a sí mismo desde la incertidumbre”.

Hay en la escritura de Seguí una pródiga destreza (que seguro tiene que ver con su formación de violinista) para hacer sencillas las honduras que existen en las sutiles capas de la realidad que aparecen reflejadas en sus versos. Esta sencillez destilada por la experiencia nos conmueve. Seguí escribe a mano y muestra en las redes sus borradores tachados y vueltos a escribir como mapas de batallas que dan como resultado sus miniaturas deslumbrantes.

Por último, quisiera hablar de la lectura en voz alta que realiza Pablo Seguí de sus poemas. Su pronunciación es lenta, paladea las frases, es un canto grave capaz de convocar con la humildad profunda de la sabiduría.

 

Pablo Seguí, La internación, Barnacle, 2022, 42 págs.

27 Oct, 2022
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