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Pasaje al acto

Virginia Cosin

LITERATURA ARGENTINA

En esta novela, una mujer cuenta su presente de encierro loco y sus recuerdos traumáticos, que incluyen los placeres. Está el pasado que circula con sus claroscuros infantiles y juveniles, sus amores o desamores adultos, sus madres, sus padres, su angustia burguesa clásica por el tedio y el mandato. Están las escenas donde uno toma conciencia que quien recuerda desde la sobriedad vive después del flash de la abulia psiquiátrica.

Palpa el lector una disyuntiva paradójica: se vive como se puede o se cuentan bien las maneras en que no pudimos vivir como queríamos. Se vive como se puede o sólo se está tranquilo en medio de la mendicidad de las instituciones de encierro, empastados y lentos, pudiendo recordar la vida dramática de todos los días, pero sentados en un comedor aséptico, sin sentir.

No elegí leer Pasaje al acto bajo las indicaciones de la bibliografía final, sino un poco colocado por el vaivén de la vida general (pálida y un poco en la saga de las epopeyas filiales) de la protagonista. Eso es lo que me atrajo y lo que me puso en autos de pensar la relación entre soledad y compañías afectivas. La novela revela algo trágico que se filtra al final, que decanta: no hay tanta diferencia entre locura y vida. La vida puede estar envuelta por el exceso de normalidad que no hace más que agotarla, o empujarla, digamos, a la locura. De ahí esa frase hermosa de la página 35: “La tradición obliga a ir hacia la vida”, que induce a pensar que una vida no tradicional pondría la muerte (y la locura) en otro lugar.

Es que “el acto” al que se pasa es la diferencia entre memoria cotidiana y el momento de la conciencia de la locura, esas descripciones de la clínica donde hay algo blanco, puro, que deja ver y escuchar toda la mugre interna, plegada, de lo que se creía era la vida de la cordura del otro lado del hospicio. La protagonista recuerda sus momentos de normalidad para recordar, como desplegando, todo lo incordioso y lo sometido que viene con la paz. Pese a todo, en esos recuerdos opacos (a veces patéticos y a veces dramáticos) hay un tono de benevolencia general con respecto al mundo de la vida y las cosas, como en las escenas finales con las ostras o las escenas con el hermanastro.

La narradora escribe, dice, con las sombras proyectadas en el papel. Ahí hay una especie de doble sentido: porque uno escribe por uno, para uno, pero sobre algo proyectado, bastante espectral; quién sabe si la conciencia o la sospecha de no llegar a saber qué hay, qué se quiere. En la estela de la comedia negra del deseo o de la afirmación, cara al psicoanálisis. Es que la novela es sobre la lectura, sobre la interpretación, sobre la relación entre esferas de la introspección: el pasado con sus peripecias y la normalidad de la locura.

Digamos que la cosa queda empatada: o estamos en el mundo viviendo, explorando, padeciendo y teniendo ganas de ser felices, o estamos tranquilos, un tanto enfrascados en esquemas rutinarios para sostener la paz. Que es lo mismo que decir que cuando no vivimos, sólo nos queda recordar lo que hicimos, estancados en el yo pero ansiosos en todo lo demás, sin poder afirmar, sin poder hacer algo mal. Vivir, pero hacer algo al menos; de ahí que esas sean imágenes de la locura.

La escritura raleada en la ficción de Virginia Cosin es el escenario para saltar al fondo y rebotar. Como si el fondo fuese finalmente una guarida, una certeza, algo concreto donde pisar.

 

Virginia Cosin, Pasaje al acto, Entropía, 2019, 124 págs.

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