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Quiebra el álamo

Roberto Chuit Roganovich

LITERATURA ARGENTINA

Un hombre moribundo con una bala metida en la panza yace boca abajo en una balsa que flota sobre un río; en algún lugar del espacio exterior, un convoy de naves con refugiados de una guerra sideral escapa de un planeta en llamas. Con esas dos potentísimas escenas —una de fuerte impronta policial, incluso quirogueana; la otra, cobijada por el imaginario ficcional del hiperespacio y la pluralidad de los mundos—, arranca Quiebra el álamo, la novela debut de Roberto Chuit Roganovich, ganadora del Premio Futuröck de Novela 2022.

Obedeciendo a una ley de atracción narrativa, un centro de gravedad sobre el que se cierne el multiverso novelesco, naves y hombres establecerán un contacto cuando llegue esa “noche en la que el mundo cambia para siempre”, cristalizado en otra imagen igualmente poderosa que tiene antecedentes en ciertos planos anchos de V o en la Guerra de los mundos. Las naves, en este caso —piedras se las llama, obeliscos—, tienen una forma cónica o piramidal, e irrumpen más o menos pacíficamente en los alrededores aéreos de un bosque sin nombre y sin geolocalización conocida, quizás a la orilla de algún Uritorco. ¿Puede acotarse, jugando ese juego de las reminiscencias, que algo las emparenta con la vivienda que el personaje Roithamer intenta construir para su hermana en Corrección, la novela de Thomas Bernhard? La figura está en la página 169 como otra señal en nuestro camino.

Pero basta de antecedentes o links digresivos. Aunque suscitados por la lectura, no es esa una misión en la que el texto se embarque o una marca que lo defina. Lo que interesa en Quiebra el álamo, lo que verdaderamente llama la atención y provoca el intelecto es su propio peso narrativo, su volumen conjetural, la fuerte ligazón que construye y que tiende a darle verosimilitud a lo narrado, más todo el desparpajo y la soltura con la que el relato oscila entre aquellos núcleos diversos y otros tantos múltiples tiempos, condensando su propia galaxia, su particular universo, su propio planeta y su intrínseco pueblo.

Si bien es posible que el peso narrativo se sienta escorado hacia el lado de acá, terrestre y centrado en las vidas de tres habitantes de un municipio deprimido ubicado a la sombra del bosque, de una extraña cadena montañosa y de una ciudad próspera que está al otro lado, el impacto visual y musical de las breves estampas que siguen el viaje de los obeliscos conforma un contrapeso de un vigor poético e imaginativo palpitante. Incluso pareciera como si la parte intergaláctica nos llegara mediante el trabajo de un traductor, uno que apenas intuye cómo es esa lengua que se habla en las naves y que trata desesperadamente de ser fiel a su emisor tanto como concertar aquello otro con nuestro paradigma terrícola. Los fragmentos del discurso extraterrestre, diagramados distintos en la página y próximos a la visualidad del poema, se transcriben veloces, descoyuntados, al borde de un lirismo enloquecido que sin embargo resulta perfectamente inteligible: para ellos, algo parecido a casa es un lugar en el que crece trigo.

No obstante los asaltos de la fantasía cósmica, aun cuando se trate de “milliex” o “quuiva”, sustancias que necesitan solidificarse, o de “las flores del viellia y del iótar que llenan todo de su olor dulce” —aun cuando el pueblo no quede en ninguna parte—, la novela está lejos de parecerse a una distopía territorial o lingüística. Construida a partir de fragmentos de duraciones y velocidades diversas, a veces sugestivos e insinuantes, a veces directos o de acciones casi puras —deseos y actos sexuales, envidias, miseria y fortunas temerosas; portentos, visiones y ciertas manifestaciones críticas de la naturaleza forman parte del despliegue narrativo con el que la novela hace nido en el lector, cobijándolo y estimulándolo—, Quiebra el álamo consigue una rara sintonía con algo así como un signo de nuestra era: genera, paso a paso, una sutil y consistente impresión de inminencia y colapso.

De un lado están las señales y las advertencias que se suceden —el grito de las montañas, el venado sobre la ruta—, y de otro, el vertiginoso manejo de la anticipación, de ciertos escenarios futuros mediante el uso casi continuo de los verbos en forma de perífrasis. Para quien lee, el efecto de esta última destreza puede ser doble, triple, y la sensación es que todo lo que pasa en el presente —todo lo que los flashbacks han contribuido a engordar— tendrá su consecuencia en un futuro cuya sintaxis y cuyas proyecciones están inmediatamente bosquejadas: en cada página, casi en cada oración, parece construirse otra en la que el porvenir está marcado.

Horas antes de que llegue la noche que va a cambiar el mundo, Graciela le pone las mostacillas al vestido que va a usar en un rato en el carnaval”. Mientras se aceleran los preparativos para la fiesta y pueden intuirse ciertas instantáneas de un final, el final va a presentarnos una sensibilidad y una comprensión nuevas frente al fenómeno de “las piedras”. ¿Se inmolan aves, animales y plantas? ¿Ven allí una salvación o una alternativa? La mayoría de los que son como nosotros huyen despavoridos o se arman para contrarrestar algo que les parece un ataque; en cambio, las flores crecen con otro ímpetu y los pájaros vuelan como a favor del encuentro. ¿Es esa una imagen intempestiva, la luz del relámpago, de un planeta que asoma diferente?

Roberto Chuit Roganovich, Quiebra el álamo, Ediciones Futuröck, 2022, 240 págs.

29 Dic, 2022
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