LITERATURA ARGENTINA

Más que a la experiencia cronológica de un estilo, la lectura de una obra reunida nos abre a una presencia. Presencia que algunos llamarían autor y que vamos a denominar poética. ¿Coinciden una poética y un estilo? La escritura de Carlos Battilana se encarga por nosotros de decir que no. La diversidad de una poética no admite muchas veces el corsé del estilo. Nada obliga más que las técnicas y los procedimientos impuestos a través de la disciplina. Lo que se descubre es una forma, no una manera. Y Ramitas, edición conjunta de todos los libros del poeta (Unos días, El fin del verano, La demora, El lado ciego, Materia, Narración, Velocidad crucero, Un western del frío y Una mañana boreal), con sus variaciones líricas, sus entregas al verso mayor o menor, sus apuestas por la prosa, no hace sino dejarnos en claro que una obra se compone de encuentros disímiles con la forma.

¿Es posible, entonces, hablar de continuidades de lecturas? Antes que responder, cabría analizar qué es lo que persiste a lo largo del trabajo de Battilana, y nos llamará la atención que ese hilvane no se trate de un ritmo ni de un tema, sino de figuras sostenidas e invocadas por una tonalidad emotiva-sensitiva a lo largo del tiempo. Ya se avance en forma lineal o sin respetar el orden cronológico, estas figuras se evidencian ante el lector apareciendo y reapareciendo constantemente. Pero no se trata de una irrupción pura, sino que cada una de ellas surge en relación antagónica con otra.

Leemos así que los círculos se oponen a los días y las estaciones; el frío a los afectos; la quietud a la insistencia (“Hace rato todo está quieto: también la última claridad de la estación, como hojas que se han dejado estar en su húmedo aroma. Hoy, sin cauce ni conversación, recuerdo uno o dos episodios antiguos. No hace mucho, el dolor se repartía y se consumía en su cielo. Me protejo en la insistencia”). La lista se extiende y nos topamos con los pares plegaria / dios mudo, hechos / palabras, familia / ego, contrapesos / contrapuntos, tiempo / restos, real / poema, incomodidad / espacio, que se constelan silenciosamente sin cesar, y atraviesan y habitan los poemas sin importar el volumen que los contiene. Seguramente podrían distinguirse y rastrearse infinitas relaciones más, porque la poética de Battilana se impulsa y transcurre en esa tonalidad que señalé antes y va  despertando en el lector una experiencia filosa y delgada de lo real. Ahí el sujeto opera como una abertura por la cual pasa lo vedado —aunque verdadero— del mundo y sus contradicciones, sus cópulas, sus acoplamientos.

Por momentos, el aire del poema se torna irrespirable, como si se lo hubiese rodeado de un bloque de hielo. La percepción subjetiva fragmentaria —que se presenta como “la conciencia de este quebranto”— provoca asfixia y nos coloca ante el abatimiento: “Bajo el peso de muchos objetos / soy una sombra / que lejos de desear / administra / las horas”. Resalta en esta estrofa el verbo principal, ya que la administración implica por sí misma una incapacidad: la de generar. Esto resulta fundamental a la hora de vivenciar el tono, en tanto que la plasticidad del mismo, su materia oscura, enfrentan a la voz y al lector con la finitud, como si se afirmara que hemos despertado en el mundo y cerraremos los ojos sin haber conseguido crear. Pero esta circunstancia, que define la impotencia emanada por la voz, a la vez deviene su propia fundación y la incita al arranque (“trato de asimilar / un tono pobre / —desecho, / casi deshilvanado— / con el que podré comenzar”).

Por otra parte, es importante señalar el derrotero de cómo esa búsqueda de un real inasible y ciego en los primeros libros (Unos días, El fin del verano) va transformándose en una candorosa persecución de la imagen despojada —pero tierna— y que se irradia especialmente a partir de Materia y halla su punto más intenso en Una mañana boreal, cuando irrumpen en la obra poemas como “Filatelia”, “El dulce porvenir”, “Una oración”, donde la luminosidad entra en juego de modo esplendente, o como en El amor, pequeña devoción en máximo grado de equilibrio: “Suave la mirada de Emilia / que se disfraza / de Frida Kahlo / y me dice: ‘Papá, detrás de mis cejas pintadas / hay / hojas que crujen’”.

Este rasgo parecería oponerse a lo que mencioné antes; pero todo lo contrario, lo complementa y amplifica. Ser partícipes de la limitación, reconocerse como intersticios (“recuerdo una voz / como un vidrio / a punto de agrietarse”), gestos que nos orientan hacia la celebración de los restos, de las ramitas, aquello que de a poco hemos llegado a salvar (“recibo el deterioro / como una forma de avance”), y que también nos invitan a discernir el cariño, a dejarnos abordar por el calor ajeno y a recibir en el cuerpo un aliento como el único posible bálsamo o el tesoro pleno de la existencia: “La mujer que más lo ama, / y que más lo acaricia / respira / absorbe el aire con su cuerpo / así alcanza —dice— / así está bien / para dotar de significado / a las cosas incomprensibles del mundo”.

 

Carlos Battilana, Ramitas. Poesía reunida (1992-2018), Caleta Olivia, 2018, 394 págs.

9 May, 2019
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