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Té de litio

Soledad Olguin

LITERATURA ARGENTINA

La poesía oscura, por momentos lúgubre, que circula en Té de litio hace de esta novela una de las más originales de los últimos tiempos. El sexo inusual, las escenas de un experimento heterodoxo con el guardia de una playa de estacionamiento, la convivencia con seres extraordinarios (que no se sabe de qué manera se insertan en esa cotidianidad), el duelo perpetuo, las cenizas de un padre en una caja que muta entre algo orgánico y mineral, y la protagonista, que pasa momentos límites aferrada a su patología, los robos en pequeños comercios de Buenos Aires, son parte del sistema de relaciones veladas que constituye la atmósfera de la obra.

“Qué habré robado esa primera vez, cuando entré en el probador y arranqué la alarma de la camisa para vestirme de otra. El deseo de transfigurar mi muerte”. Así empieza la novela. Un verdadero cross a la mandíbula. Con el concepto marxista de fetichismo de la mercancía como telón de fondo, se mueven engranajes, detalles y acciones conjugados por una primera persona que asfixia con su angustia. Té de litio es uno de esos libros que funcionan como cristales para ver otra realidad o los aspectos ocultos de la realidad en la que nadamos. Y nunca mejor usado este verbo. Porque el mundo se presenta como un líquido espeso en el que todo el tiempo hay que esforzarse por sacar la cabeza para respirar.

En Té de litio no hay redención, alivio y mucho menos final feliz. Se viaja por una ciudad que es el infierno, se está en un departamento que es el infierno y los personajes que interactúan con la protagonista son demonios, algunos subalternos y otros poderosos y entrópicos. Y, llegado este punto, podemos hablar de entropía. La entropía mide el número de microestados compatibles con el macroestado de equilibrio. También se puede decir que mide el grado de organización del sistema, o que es la razón de un incremento de energía interna frente a un incremento de temperatura del sistema termodinámico. También es un modo de ordenar y cifrar el caos. Se ha dicho que los libros de Thomas Pynchon están regidos por esta ley de la termodinámica. Pero lo que en Pynchon es estallido, en Olguin es implosión. Mientras que el gran escritor norteamericano expande, Olguin se concentra y se repliega sobre sí misma. “Toco el 5º B y miro el panel de bronce que me refleja como una mancha oscura. Nadie más vive ahí. Me alivia que demore en contestar, tal vez se haya olvidado de mí y pueda irme. A veces pienso en los departamentos vacíos de ese edificio como depósitos de su memoria afectiva”. Este párrafo del capítulo tres es un ejemplo de esas reflexiones que se repliegan sobre sí mismas produciendo siempre inquietud; y que se suman al poder folletinesco del argumento que hace que el relato pueda ser leído no sólo como literatura experimental, sino como una narración de peripecias, al modo de las novelas policiales y de suspenso.

Soledad Olguin nació en 1978 en Zapala y es artista visual, condición que está muy presente en el manejo de las imágenes que construye y en el movimiento siempre elegante de las modulaciones de la prosa. Zapala es el desierto y esto también se puede leer en la trama: un desierto viscoso pero que, a la vez, permite una agilidad narrativa muy lejana a, por ejemplo, algunas novelas de Clarice Lispector o a la obra de Armonía Somers, autoras con las que sin embargo se puede relacionar su obra.

 

Soledad Olguin, Té de litio, Odelia Editora, 2022, 104 págs.

19 May, 2022
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