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Una burbuja en el pico de una botella

Tamara Domenech

LITERATURA ARGENTINA

 

“La intensidad inocente: inocente de toda programación, culpable solamente de ser intensa. De esa intensidad, viene la felicidad del lector: viene por el envión, por dejarse llevar a través de ese paisaje donde el lirismo está en todas partes, en ninguna en particular. En el propio andar, en el propio abandono, quizás”, dice Daniel Samoilovich en el prólogo de Una burbuja en el pico de una botella y nos hace entrar en la parsimoniosa vorágine de sentidos que nos ofrecen estos poemas de Tamara Domenech.

A partir del título, el libro plasma la precisión volátil de lo que ocurrirá en los versos. Ese instante en el que el pico de la botella sopla su burbuja, tan frágil y perecedero, resulta inscripto en la cadencia de la lengua lírica de una voz que pide a sus lectores que la sigan en la vocación por hilvanar las imágenes a partir de una emoción silenciosa, oculta, que sólo se manifiesta al concluir el poema.

Podría pensarse que estamos en presencia de un diario muy particular en el que los textos responden al repaso de jornadas en las que el yo lírico sale a la caza del mundo, haciéndose eco de la cetrería de metáforas por la que se distingue la obra de José Lezama Lima. Pero, a diferencia de cualquier vanguardia, acá la voz no tiene pretensiones de avance ni de retroceso, le basta con ser ella misma, “como aureolas escapándose de una habitación” en “cuadernos para predecir días nuevos”.

Respecto a la forma, predomina a lo ancho y a lo largo un verso que equivale a una frase. De ese modo, el poema se atraviesa como cadena de eslabones dentro de la que se admite la detección de pequeñas constelaciones internas: “Yo no escribo para inventar. / Escribo para expandir. / La mente de un elefante de cristal”; o: “Yo no siento los peces moverse en el fondo. / La señora de río me acaricia el pelo. / Hay animales en la profundidad de la mente. / Que salen por los ojos cuando uno se recuesta para verlos”.

Las imágenes, las escenas, los descubrimientos y sentimientos se presentan entonces como múltiples cuentas diferenciables (aunque de un mismo brillo sonoro) y el yo lírico puede colgarse el poema como un escapulario y decirle al lector “en mi cuello los rosarios son pensamientos que te miran”.

El tiempo presente que domina la voz nos ancla en el ahora y logra así la inmediatez de los sentidos entre las cosas, restituyendo la vivencia de la jornada en un registro que se abstrae de cualquier cronología. Todos los días son el universo entero, su repetición es voluntariamente desmemoriada, vaciada como el cuerpo que alcanza el nirvana, y el mismo poema, diferente y enriquecido, va sucediéndose para ser recogido por el yo más inocente.

“Querer saber no es un esfuerzo. / Es un fluido”, dicen los versos finales, y algo del trayecto se ilumina dispensándose, como estos poemas, tan líquidos, tan inapresables para la mente, pero no para el oído.

 

Tamara Domenech, Una burbuja en el pico de una botella, Eloísa Cartonera, 2020, 54 págs.

7 Ene, 2021
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