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El lenguaje es un revólver para dos

Mario Montalbetti

LITERATURA IBEROAMERICANA

Hay en la poesía de Mario Montalbetti una especie de registro “litográfico”, que consiste en binarizar el espacio del poema mediante el contraste de un verso de presencia fina —“decir mínimo”, según su autor— y el blanco de la página. Con figuraciones suaves (casi esbozos) y en cantidad justa, los poemas ocurren ante el lector como una impresión que viene desde otro lado a calcarse en el plano de la lengua. Y decimos ocurrir en tanto que parecen no estar ahí, ante los ojos, más que por un instante, para luego borrarse en la blancura y el trazo frágil. Esa oposición gráfica entre ocupación y vacío resulta una de las claves de su obra, y El lenguaje es un revólver para dos (publicación de 2008, que se edita por primera vez en la Argentina con un cuidado estudio a cargo de Cristian De Nápoli) la sostiene de principio a fin.

Pieza central en este sentido es “Magnificat”, texto donde las palabras y las imágenes se desgajan a medida que los versos avanzan: “Después del trabajo remunerado, inmune, / casi municipal, y de cuidar al hijo / que no caiga, y de hacer nocturno el amor, // apago los megavatios / y bebo alcohol hasta las puntas / (alcohol munerado, mune, casi nupcial) / y luego veo entre las costillas de las persianas // el alba naranja como una papaya madura / que cae del cielo / y se hace añicos sobre el pavimento”. La voz cortornea un sujeto difuso, alguien que apenas puede mutilar los términos que lo definen (remunerado/munerado; inmune/mune) al igual que en “La dorada”, donde se escucha el siguiente mandamiento autoinfligido: “Afila luego el cuchillo y eviscera / la dorada que yace exangüe // sobre el batán vil de la cocina. / Y con la misma hoja separa lo tuyo // de lo tuyo. Es tuyo”.

El verso como víscera del lenguaje, como médula también. Porque la poesía de Mario Montalbetti responde a un mundo sonoro, esa dimensión a donde nos hace entrar la voz. Arribamos a ella como el hombre gris que se aventura por las calles de Lisboa en “Concibo que seamos climas”, que “parece movido, borrado” y se desplaza por la ciudad como dentro de una litografía parisina monocromática. La ceguera del poema —tema que el Montalbetti ensayista ha tratado con profundidad— se torna de este modo un coto de caza en el cual se hallan los harapos de la lengua que la música (una muy delgada y tímida, por cierto) se ocupará de salvar sobre el papel: “Eso que llaman ‘llevar un peso en el corazón’ / no es sino una bolsa húmeda de aceitunas negras / a punto de perforarse”. Y en ese mundo sonoro, el lenguaje se torna inmediato. Ya no hay referencia ni destinatario, sino inmersión y encuentro. La dúplice presencia que se exige desde el título del libro no remite a una peligrosidad del lenguaje en tanto arma de doble filo, sino que denota una necesaria actuación conjunta de la voz y el lector para que la cosa acontezca. Lo que obtiene concreción va más allá de una afirmación de la lengua y denuncia su combustión, tal cual nos arrostra el texto final, “Objeto y fin del poema”, con el colapso de todo intento de perduración de ese contacto (entredeux, si se quiere): “Es de noche y tiene que aterrizar / antes de que se acabe el combustible. / Así terminan todos sus poemas, / tratando de expresar con un lenguaje / público un sentimiento privado. // Su ambición es el lenguaje del piloto / hablándole a los pasajeros / en medio de una situación desesperada: / parte engaño, parte esperanza, parte verdad. // Todos los poemas terminan igual. / Hechos pedazos contra un cerro oscuro / que no estaba en las cartas. // Luego hallan los restos: el fuselaje, / la cola como siempre, intacta, / el olor a cosa quemada consumida por el fuego. // Pero ninguna palabra sobrevive”. No quedan dudas de que la mira del trabajo de Mario Montalbetti apunta a equilibrar el decir y el silencio a través de ese tajo al vacío que es el verso. Ni el fracasado callar sapiente ni el ansia de profusión barroca. En lugar de ellos, la frase urgente, como en “Disculpe, ¿es aquí la tabaquería?”, otra pieza neurálgica de este libro: “Nadie dice todo. Nadie dice nada. / Lo deseable es decir poquísimo. / Callar no es más radical. / Callar es como raparse la cabeza: / el pelo vuelve a crecer. / Pero decir poquísimo, decir lo mínimo / que uno puede decir, / eso es lo que nos permite decir algo”.

 

Mario Montalbetti, El lenguaje es un revólver para dos, Caleta Olivia, 2019, 60 págs.

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