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Nueve meses sin lenguaje

David Leo García

LITERATURA IBEROAMERICANA

«¿Qué me has hecho, lenguaje?». Con este verso se cierra uno de los poemas incluidos en Nueve meses sin lenguaje, el último poemario de David Leo García (Málaga, 1988), y quizá en esta pregunta se encuentren sintetizadas gran parte de las líneas que atraviesan el libro. Como apunta con tino Unai Velasco en la «Nota a la edición», el poeta malagueño se interna más hondo en la espesura de uno de los temas que estaban ya en su anterior obra, Dime qué (que apareció primero en DVD, en 2001, y reeditó RIL en 2018): la reflexión sobre el lenguaje.

Sin embargo, ya que puede considerarse el gran tema de la poesía contemporánea desde Vallejo y Celan, o incluso desde Valéry, así como una de las líneas quizá más fuertes de la poesía actual, ¿de qué forma se enfoca en este libro? Aquí hay un intento de descargar el lenguaje de metafísica o, al menos, de relativizarla, de tomar distancia de la carga de trascendencia. Esta actitud se anuncia ya desde el poema que abre el libro: «la palabra / que acabas de decir, / fortaleza, / el átomo, / su forma de sortija, / un hogar vuelto soplo de aire frío». Tanto en este poema como en los que siguen aparece un sujeto que habla, que nombra, y al nombrar se para, vuelve sobre la palabra, acaso se percata de la trampa, de la facilidad con que decimos, y toma distancia, trata de salir del camino de sentido al que conduce ese término. Varios momentos de Nueve meses sin lenguaje me han recordado a Altazor (1931), de Vicente Huidobro, sobre todo al Canto V, cuando aparece repetido el sintagma «molino de viento» y la escritura se desencadena en una serie de variaciones formadas por un sinfín de posibilidades combinatorias («molino de intento», «molino en fragmento», etc.) enfocadas a evidenciar las trampas del lenguaje (¿el molino está hecho de viento?) y a romper con la aparente pequeñez de la realidad.

En consonancia con la temática, la voz poética muestra la duda, ensaya explicaciones, interroga para tratar de esclarecer algún tipo de sentido, aunque la respuesta sea de nuevo la duda. Por ello, muchos de los poemas están dirigidos a un tú: varias veces interpela al propio lenguaje y otras tantas se dirige a objetos o a conceptos; en este sentido es célebre el poema que comienza con «Buenos días, descoordinación». Otro de los grandes temas del poemario, y que va a la par con la reflexión sobre el lenguaje, es el del horror ante la vida, de ahí también ese tono interrogativo, esa especie de estupefacción en la voz que trata de hablar para comprender. Frente a ello, el deseo aparece como una coordenada, es decir, como algo a lo que aferrarse para encontrar una explicación.

Por último, quiero detenerme en dos de los poemas que cierran el volumen, pues parece que lo fraguado en los anteriores aquí cobra su mayor forma. En el poema «Y de repente ahí, la maravilla» se efectúa un giro emocional, el lenguaje se entiende como «liberación / de lo que estaba a punto», pero también como «reproducción, / de cláusulas, abrazo anestesiado». Hay un desplazamiento en la mirada, sobre todo en la manera de estar en el mundo y en uno mismo, quizá porque la voz ha entendido el horror o lo ha intuido: «El ajedrez del brillo y el horror. / Quizá lo he comprendido, quizá es el mismo juego. / El brillo del horror». Por otro lado, «Nueve meses sin lenguaje» es la pieza que cierra el libro y le da título. Se trata de un largo poema narrativo, separado por fechas, a modo de diario, que parte de la siguiente anécdota: una persona sufre un accidente y le diagnostican «traumatismo / craneoencefálico. Afasia global. / Nueve meses de recuperación». A partir de aquí se articula la premisa del poemario: desconocer el lenguaje, extrañarse, asombrarse, sacarlo de la univocidad de la costumbre y del peso de la tradición, que circunscribe los significados. Dos versos de este poema final sintetizan el movimiento del libro, que consiste en contrastar la materialidad del lenguaje con toda la carga de trascendencia que le conferimos: «la palabra dolor, un par de sílabas / duras de sostener lo insoportable». Ya en uno de los primeros poemas se anuncia este movimiento de regreso a un momento anterior, pues dice sobre el lenguaje: «Sólo el de los bebés se diferencia». El hecho de tener que aprender de nuevo a hablar supone el regreso a un punto en que el lenguaje, y por tanto la forma de entender el mundo, no está delimitado, lo que permite ensayar otra relación con la palabra, quizá más crítica e irónica con la trascendencia que la acompaña, que se nos lega; y, en fin, más consciente de su materialidad.

 

David Leo García, Nueve meses sin lenguaje, Ultramarinos, 2018, 54 págs.        

25 Abr, 2019
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