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Bravo & Cruel

Denton Welch

OTRAS LITERATURAS

Por capricho instrumental, salvaguarda de la costumbre práctica o ceguera ante los vaivenes de lo imprevisto, rara vez somos conscientes de las vidas que llevamos a cuestas y que se abren y cierran como un parpadeo. Hasta que sucede. Pregúntenle, sino, a Denton Welch. Casi un desconocido entre nosotros, el escritor inglés nacido en Shanghái en 1915 sufrió, a los veinte años, un accidente que lo dejó prácticamente inválido: un automovilista lo atropelló cuando se dirigía en bicicleta a visitar a su tía. La mayor consecuencia —dejando a un lado una espina dorsal destrozada, la disfunción sexual y los problemas renales y vesicales que lo llevarían a una muerte precoz— resultó en que su temprana afición por la pintura derivara en un coqueteo cada vez más frecuente con la escritura. Si bien es cierto que se hizo escritor por accidente, lo precedían el gusto por el detalle y la impronta visual provenientes de su trato con lo pictórico.

Hay quien dice que Welch no escribió más que de sí mismo; cosa que no es del todo exacta si nos atenemos a que esa primera persona suya, elegante y reconocible en su sobriedad, tiende a ocultarse como un testigo y dejar asomar unos sucesos tan minúsculos como coloridos. Más atinado, entonces, sería decir que no escribió nada que no hubiera vivido. Así, cada uno de sus libros se ocupa de un momento preciso de su vida. Primer viaje (1943) relata un pasaje clave en la vida del autor: la huida del internado, el vagabundeo por las calles de Salisbury, los pormenores del viaje a China y el posterior descubrimiento de la vocación artística. En la juventud está el placer (1945), un verano en la campiña inglesa despierta el escozor del deseo adolescente y sus candorosas transgresiones. Mientras que el alucinado Una voz a través de una nube (1950), por su parte, es el único de sus libros que sucede luego del accidente y que, curiosamente, quedó inconcluso. Bravo & Cruel (1949), el libro que nos ocupa, salpica los motivos biográficos en cada uno de sus cuentos. Detengámonos acá, para luego volver.

Ya se trate de un picnic en un cementerio chino, del vagabundo que despierta en un niño el deseo de partir de casa, del pequeño que descubre los celos y la posibilidad de perder a su madre, del púber que, ultrajado por su hermano, comprende el aspecto réprobo de los juegos con su nuevo amigo, o del jovencito maltrecho que huye de la clínica para conocer el mundo, buena parte de los relatos narra la pérdida de la inocencia, el instante en que el ingreso de un elemento nuevo en el acotado mundo infantil torna reales sus consecuencias. Pero los adultos tampoco están exentos de ello. Allí aparecen, por caso, la muchacha enamorada de un rústico leñador o, como en el relato que da título al libro —el mejor del volumen—, el farsante que trastoca la encantadora credulidad de un grupito de conocidos con sus historias inverosímiles.

Los argumentos se deslizan sin ripios por la alfombra polvorienta de una exótica fábula infantil. Casi sin estructura narrativa, los sucesos se pliegan al devenir sensorial, tan preciso como enrarecido. El sabor del té y los bocadillos de la merienda, la vajilla de porcelana, el bordado de un pañuelo, la estampa de un delantal; la mirada, pero también el gusto y el olfato, configuran la textura de la escena a partir del aumento de lo minúsculo. Ávido coleccionista de antigüedades y baratijas, en particular aquellas deterioradas (uno de sus pasatiempos durante el período de convalecencia consistió en restaurar una casa de muñecas del siglo XVIII), Welch capturaba la particularidad del gesto que cristaliza a una persona o situación. Pululan, así, un canto de mujer que es “como un vinagre de frutas”, una maniobra en bicicleta que deja un “soberbio abanico de chocolate en el césped esmeralda”, y un terrón de azúcar en un vaso con limón que se deshace en “anillos de humo almibarados”.

Pero, para volver a lo dicho más arriba, Welch no es Proust; no extrae un sentido del tiempo pretérito. Más que recordar lo perdido, busca anular la distancia que lo separa del momento, reviviéndolo con precisión. Tanto la escritura como su pasión por los objetos rotos cumplen una misma función: restaurar la vida de un cuerpo ahora marchito. De ahí también que su mayor logro haya consistido en transmutar el hado de la imposibilidad en un acto de la imaginación.

Con las excepciones de un relato publicado por la revista Sur (“Cuando tenía trece años”, 1944) y otro por la extinta editorial La Perdiz (“En el mar”, 1968), es la primera vez que se traduce en el país un volumen íntegro de la obra de Denton Welch. Sus novelas fueron editadas hace pocos años en España; la soberbia versión de Santiago Featherston invita a retraducirlas.

 

Denton Welch, Bravo & Cruel, traducción de Santiago Featherston, prólogo de Luis Chitarroni, La Tercera Editora, 2020, 372 págs.