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La dependienta

Sayaka Murata

OTRAS LITERATURAS

Hoy en día uno no se puede mover en los círculos artísticos sin chocarse con una denuncia contra la sociedad de consumo. Según sus detractores, es el gran mal de nuestra era, responsable de tantas crisis, desde el deterioro del medio ambiente hasta la injusticia económica. Y tienen razón. El problema con estos argumentos (más allá de que la diatriba misma suele estar acompañada por una etiqueta de precio) es que tratan el consumismo como un gran engaño cometido contra la humanidad desde arriba por intereses nefarios (algo que hay que admitir que tiene su medida de verdad), ignorando el hecho de que al ser humano común le gusta consumir. Le gusta mucho consumir. Pocos sueños de mejorar la propia vida no incluyen la idea de mejorar el consumo también. El hecho de que algunos lo hayan convertido en algo parecido a una religión es desafortunado, pero también es muy humano; estamos tristemente dispuestos a convertir en religión cualquier cosa que nos da un poco de placer en nuestro valle de lágrimas.

La dependienta (que sólo he leído en su traducción inglesa bajo el título Convenience Store Woman; el hecho de que el título de la versión en español no especifique el tipo de negocio en que trabaja la cajera parece una oportunidad perdida, y ojala que sea la única), de Sayaka Murata, es una sátira rara y divertida de ese estado de cosas que, a juzgar por su éxito mundial en varias lenguas, parece haber captado algo en lo que fallan muchas de las polémicas mencionadas arriba. O quizás el mensaje es el mismo, pero el paquete es más atractivo.

Keiko Furukura, una mujer joven que siempre ha experimentado dificultades para relacionarse con sus pares y familiares (los episodios de su niñez relatados al principio del libro son momentos de alta sublimidad literaria), piensa y reacciona de manera distinta a los otros, pero no entiende bien cómo ni por qué. Ecos de El extranjero (1942) resuenan muy fuerte desde el principio, pero el refugio que encuentra Keiko, donde se siente segura y cómoda por primera vez en su vida, le habría dado a Albert Camus una apoplejía: un trabajo como cajera en un convenience store: un supermercado chico o maxikiosco abierto las veinticuatro horas. A Keiko las indicaciones constantes de cómo vestir y comportarse le quedan al dedillo y las sabe seguir de manera ejemplar. Ha encontrado su lugar en el mundo. Sus descripciones embelesadas de la rutina del negocio, las imágenes, los sonidos y los deberes son en sí mismos recordatorios de que la belleza se puede encontrar en cualquier lado, mientras que los retratos de sus interacciones con sus colegas y clientes, e incluso con algún amigo rescatado del mundo de la gente “normal”, están llenos de humor y misericordia (no está muy claro por quién).

El conflicto de la novela reside en el hecho de que ni en Japón ni en ninguna otra parte del mundo está bien visto dedicar la vida (Keiko ha mantenido su puesto por dieciocho años) a la sucursal de una cadena sin otra aspiración discernible. Keiko tiene que enfrentar una variedad de presiones sociales y familiares para hacer algo más con su vida, y la manera en que las resuelve, que incluyen resistencia e intentos de conformar a todos, son otro deleite de este libro corto y encantador, cuya falta de pretensiones, como su protagonista, resulta ser su aspecto más profundo.

 

Sayaka Murata, La dependienta, traducción de Marina Bornas, Duomo, 2020, 176 págs.