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Despedidas

Julian Barnes

OTRAS LITERATURAS

Julian Barnes, lo sabemos, ha lanzado su último libro. El finísimo escritor inglés —el más afrancesado de su generación, que incluye nombres como Martin Amis, Kazuo Ishiguro y Salman Rushdie— ha puesto un resuelto punto final a una prolífica bibliografía que suma diecinueve novelas y otra decena de ensayos, si bien es justamente el cruce entre esos dos géneros lo que este autor ha cultivado: su emblemática hibridez. Y Despedidas viene a confirmar esa poética, además de echar por tierra un mito fastidioso, a saber: la tradición póstuma del manuscrito inacabado. “Negarle potestad a la muerte”, escribe Barnes, es la principal razón para ultimar su carrera de escritor, y la enfermedad —un cáncer “incurable, aunque tratable”— le ha dado esa ventaja. Pero sería demasiado filisteo reducir lo que Barnes logra en este texto al miedo a ser interrumpido. A la par de sus novelas más logradas (El loro de Flaubert y El sentido de un final), Despedidas es una apología de la acción del pensamiento y de la complicidad postrera con los lectores que lo avivan.

De modo que no ha de extrañar que Proust —o más bien, su artificio mnemónico de la magdalena— sea uno de los puntos cardinales del relato. Y su rol no es protagónico, sino respetuosamente antagónico, toda vez que Barnes lo invoca para discrepar de su macizo, desenvuelto y confiado sentido de la memoria. A contracorriente y con elegancia, con hilarante flema británica, Barnes cuestiona la figura —y su propia figura— del narrador memorioso. Así, el relato que se larga a escribir está cruzado por las versiones de otros instrumentos narrativos que lo contradicen y corrigen, como el ensayo sobre remembranza, Proust y ciencia cognitiva; las notas de un diario que Barnes ha llevado por años; y las mismas versiones de “los otros”, amigos y conocidos, que vienen a tergiversar y a confundir el recuerdo propio de los hechos.

Más que digresiones, se trata de la materia del libro sometida al cedazo de la memoria. Si hay una trama, esta consiste en una historia mínima, que Barnes describe como una historia con una laguna en el medio: la relación entre Jean y Stephen, a quienes el autor conoce en Oxford. Barnes los presenta, ellos se enamoran y deciden dar por terminada su relación al final de sus estudios. Hasta que, años después, se reencuentran, nuevamente gracias a un Barnes celestinesco, y reanudan la relación, si bien con una perspectiva divergente y una memoria de sí mismos acechadas por el tiempo. ¿Qué tan historiada es una vida? Barnes, buen discípulo de Flaubert, parece advertir sobre el autoengaño: “La vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que prometa la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. O como dijo aquel, ‘una comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten’”.

En su traducción al castellano, el título pierde la ambivalencia del original Departure(s), que evoca partidas físicas, llegadas y salidas. (Si este libro sonara sesudo, cabe advertir a los lectores escépticos que el cuerpo, sus achaques y derrames, sus placeres y maravillas, son el ancla de estas meditaciones, siempre un objeto de fascinación para el autor). Sin embargo, la traducción es un acierto en tanto pone en primer plano lo que hace especial a este rezagado punto final del autor. Si bien ya son varios los libros anunciados como finales, ninguno se ha despedido directamente del lector como lo hace Despedidas, que concluye con uno de los pasajes apostróficos más bellos de la literatura de nuestro tiempo.

 

Julian Barnes, Despedidas, traducción de Jaime Zulaika, Anagrama, 2026, 216 págs.

26 Feb, 2026
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