OTRAS LITERATURAS

Hay una imagen icónica de protesta, captada por el lente de una cámara: un bonzo se prende fuego con gasolina y permanece en posición de loto sobre su almohadón, sin pestañear, hasta carbonizarse. Es un monje budista y ese es su modo de hacerse escuchar. Sucedió el 11 de junio de 1963, en Saigón. El monstruo que ya recortaba su figura en el horizonte era la Guerra de Vietnam: con Vietnam partida en dos, Estados Unidos apoyaba al régimen anticomunista del sur; la Unión Soviética y China se alineaban con el norte. “Uno de los escasos fotógrafos que no están durmiendo la siesta, ese día inmortalizó la imagen del monje convertido en una antorcha humana”, leemos en Em, la última novela de Kim Thúy. Se trata de Malcolm Browne, quien ganó el Premio Pulitzer por esa fotografía.

Thúy construye Em con armas modestas, casi invisibles: capítulos breves, en ocasiones de unos pocos renglones. En los casos más extremos, dos o tres carillas. No necesita más para contar la tragedia de un pueblo entero. El tiempo fluye con sus propias reglas, como si no fuera realmente importante. Arranca en el presente, cuando Emma-Jade y Louis se encuentran por azar en un avión comercial; después retrocede a un pasado de plantaciones de caucho y lodazales y, sin apuro, avanza otra vez más hacia el punto de partida. Hay algo de Seda (1996), la novela de Alessandro Baricco, en las maneras de Thúy para hablar de Vietnam. También asoma la misma belleza. Kim Thúy cuenta dolores insoportables con una belleza que conmueve. La historia de Emma-Jade y Louis está definida por sus propias vidas, pero también por la vida de sus antepasados, que ellos todavía cargan en el cuerpo y la memoria. Los parentescos se cruzan en un intrincado árbol genealógico, las líneas sanguíneas son hilos que se cortan para volver a anudarse, bajo otro signo, en una relación diferente.

En todas las zonas de conflicto, el bien se cuela y encuentra un sitio hasta en las propias fisuras del mal”, dice Kim Thúy. Nos gustaría creer que es verdad, lo necesitamos, en estos tiempos en que asistimos a una nueva guerra y lo que nos encontramos en las páginas de su novela es tan parecido a lo que vemos en los canales de noticias.

La voz “Em”, que le da título al libro, propone un juego intraducible. Por un lado, designa al hermano menor de una familia, o al más joven de dos amigos, o a la mujer de una pareja. Pero también tiene algo del término francés “aime”. Em, Aime, Ama, Amemos. El imperativo del verbo amar.

Kim Thúy conoció el horror de cerca. Nació en Saigón, en 1968. A los diez años escapó de Vietnam para enfrentar los peligros del Mar de China en una barcaza sobrepoblada. Cuando alcanzó tierra, no la esperaba algo mejor: enfrentó la vida en un campo de refugiados en Malasia. Llegó a Canadá sin saber una sola palabra de inglés o francés. Algunos años después, se graduó de la Universidad de Montreal en lingüística y traducción. Obtuvo un segundo título en derecho. Hace unos años abrió un restaurante de comida vietnamita. Mediante la comida que servía en Montreal, buscaba evocar el Vietnam de su infancia para darlo a conocer a los canadienses y convertirlo en refugio para aquellos vietnamitas exiliados que añoraban su país.

Kim Thúy, Em, traducción de Laura Salas Rodríguez, Periférica, 2021, 168 págs.

28 Abr, 2022
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