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La leyenda del santo bebedor

Joseph Roth

OTRAS LITERATURAS

Si, como dicen, somos las historias que nos contamos a nosotros mismos, la identidad del escritor Joseph Roth (Imperio Austrohúngaro, 1894-París, 1939) abreva en un caudal contradictorio de relatos que esbozan una figura algo resbaladiza. Interesado en cristalizar una imagen en movimiento, sembró aquí, allá, giros narrativos incongruentes entre sí. Intentemos trazar, sin embargo, con la recolección de unos pocos datos, el somero perfil de un escritor que bosquejó en la literatura, para decirlo con Spengler, la decadencia de Occidente.

Nacido en un shtelt de Galitzia, en la actual Ucrania, la ausencia del padre —que luego de una internación psiquiátrica abandonó a su mujer embarazada— se hizo notar desde los comienzos. Otras pérdidas astillarían traumáticamente su vida: la desaparición de la patria —el Imperio Austrohúngaro— luego de la Primera Guerra Mundial; la destrucción de su pueblo a causa de la guerra entre la Rusia soviética y Ucrania; la desestabilización psicológica de su esposa; el exilio a París debido al ascenso de Hitler… Y las cuitas, desgraciadamente para Roth, que morirá de una cirrosis, continúan. Pero avancemos, afortunadamente para nosotros, con el volumen número 3 de la colección que Godot le dedica al autor: La leyenda del santo bebedor.

Las narraciones —lo sabía también Stefan Zweig— conjuran épocas, condensan expresiones tanto históricas como personales y, por qué no, entretienen. De historias hablamos y, como lo indica el título mismo, de leyendas incluso; la del santo bebedor, un vagabundo harapiento y borrachín que sobrevive bajo el puente del Sena y cuyo destino o azar lo cruza con un hombre acomodado que le ofrece doscientos francos. A partir de allí, su periplo le demuestra (menos al bebedor que al lector) que un puñado de billetes es capaz de devolver, a cuentagotas, el pasado individual y el nombre propio; el sentido elemental para la dignidad personal y el funcionamiento cívico. Y así como el bebedor recupera su nombre de entre las tinieblas pretéritas, el comerciante de corales de “El leviatán” parece perderlo al traicionarse a sí mismo cuando decide vender mercadería falsa. Por su parte, el de un anodino trabajador queda asentado en el título (“Fallmerayer, jefe de estación”) porque su historia, el vuelco espectacular que arquea su destino, lo convierte en un relato, como sostiene el narrador, digno de ser recordado.

La tragedia de la Primera Guerra, de la Revolución Rusa y la contrarrevolución (cara al resto de los relatos) estropea el imaginario humanista, borronea la honestidad intelectual y escinde los vínculos tejidos de amor puro. Sumado al naciente entretenimiento de masas, que nuestro autor percibe con cierto desdén, no es de extrañar que con nostalgia y un apocado dejo de cinismo, Roth se sentara en una mesa de café y, copa en mano, afinara el oído ante la circulación de historias —del pasado y el presente— para desentrañar qué pervivía en ellas del perturbado corazón humano.

Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor, traducción de Paula Galíndez, Godot, 2023, 168 págs.

21 Dic, 2023
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