Seeland

Robert Walser

OTRAS LITERATURAS

Divagar, permitir que la orientación del paseo se decida por intuiciones que provienen de un lugar opaco, fue una adicción temprana que Robert Walser ni siquiera abandonó cuando la madurez lo encontró internado en un sanatorio psiquiátrico de Herisau. Por entonces ya no escribía; decía que escribir era algo que sólo se podía hacer en libertad, que la poesía no germinaba en el encierro. La muerte le dio caza en un campo cubierto de nieve. Navidad de 1956: Walser había salido a caminar.

Aunque la errancia siempre fue una prerrogativa en su literatura —si nos atenemos a sus tres grandes novelas, Los hermanos Tanner puede leerse como una bitácora de vagabundos, Jakov Van Gunten como una precuela de la salida al mundo y El ayudante como su resultado o derivación—, quizás sea Seeland el libro en el que Walser abordó con más claridad el arte de extraviarse. Traducida por Guillermo Piro, esta nueva edición perdió acá y allá algunos dientes: no son de la partida “El paseo”, relato publicado en versión individual por una editorial española, y “El retrato del padre”. Así y todo, gracias a esas omisiones, el efecto se pronuncia. Los cuatro textos que arman el índice registran un andar sin prisa, en el que lo único prohibido es estacionarse, dar por agotado el movimiento. Los agrupa una misma filosofía, una misma idea de mundo que Walser a veces se reserva y sobre la que otras veces canta en voz alta. El asombro ante la pureza de los valles, la perfección cromática de los ríos y los lagos, la quietud de un exterior que casi respira por cuenta propia mientras se hincha ante ojos maravillados, no responde a una intención naturalista. Si hay belleza, su objetividad carece de importancia; lo que Walser anhela es consustanciarse, ser impregnado.

“Toda esa bella exterioridad se puso a su vez a mirarme. Me pareció verdaderamente singular ser visto por aquello que veía, como así también que todo lo que yo veía mirase a su alrededor”, dice en “Estudio de la naturaleza”, el arrebatado cuento final. Los personajes de Walser observan y absorben desde un panteísmo participable, del que se puede tomar lo que se quiera. El mundo es un jardín de poetas y de pintores que todo lo transforman sin que medie corrupción de ningún tipo. La coyuntura europea apenas se filtra en los últimos párrafos de “Hans”, cuando el protagonista insuflado de bosques decide ir al frente. Imposible no pensar en otro Hans de la literatura germana, el Castorp de Mann, cuyas similitudes incidentales obligan a revisar efemérides: Seeland se publicó en 1920, La montaña mágica en 1924.

Más allá de estas nimiedades, más allá del pasmo rapsódico y la calma supuesta que se desprende de los paisajes, lo otro imposible es ignorar el componente maníaco que parece sublimarse de tanto esplendor. Si el sentido común empuja a desconfiar de una felicidad que nunca cede, si reparamos también en lo que Walter Benjamin advirtió acerca de la “lengua loca” del suizo, tampoco es difícil identificar huellas en Seeland: “Todo esto, en efecto, posee en sus líneas un no sé qué sumamente armonioso y al mismo tiempo aterrador y demoníaco. Se podría creer que aquí gracia y monstruosidad están unidas”. Hay serenidad en las tinieblas; la desesperación tiene más formas que la clásica. Hasta que la reclusión le silenció el verbo, Walser hizo de la celebración pastoril una orgía centrífuga, una fuerza que siempre reclamó para sí eso que se pliega en la noche y que es mucho más que el reverso inmediato de la luz.

 

Robert Walser, Seeland, traducción de Guillermo Piro, Pinka, 2024, 112 págs.

11 Abr, 2024
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