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Todo lo que hay dentro

Edwidge Danticat

OTRAS LITERATURAS

La idea de la diáspora tiene un lugar importante en la literatura norteamericana, como es de esperar de un país construido por ola tras ola de inmigración de distintas partes del mundo (tanto que se podría argumentar que esas olas crearon una trágica diáspora interior de los descendientes de los pueblos indígenas que desplazaron). En términos generales, hay tres categorías de sujetos de la diáspora norteamericana. Están quienes llegaron para quedarse para siempre, sin intención de volver, determinados por cualquier razón (tristemente, hay muchas) a escapar de su pasado y forjar un nuevo futuro. Después, están quienes planean volver algún día a su país de origen, fantaseando con el gran retorno dickensiano, abrigados con la riqueza del sueño americano. Y están los desorientados, los que no saben bien a qué vinieron, ni por qué deberían volver. Probablemente la última categoría sea la más numerosa; la condición humana no da para certidumbres, aunque es igual de probable que los seres más felices y exitosos caigan en las primeras dos.

El territorio psicológico, geográfico e imaginario de la escritura de Edwidge Danticat es el de la diáspora haitiana, un segmento particularmente poblado, puede sospecharse, por gente de la tercera categoría, no porque los haitianos sean una nación especialmente indecisa, sino porque su historia, reciente y antigua, se ha visto plagada por desastres (políticos, sociales, naturales) que enseñan que es mejor no hacer planes a largo plazo. Si agregamos su proximidad geográfica a Estados Unidos, y por ende su vulnerabilidad a las fluctuaciones políticas y económicas de ese superpoder, y también la sospecha/esperanza de que algún día Haití podrá ser, deberá ser, un paraíso que nadie querrá dejar —un paraíso en la única nación fundada tras una rebelión de esclavos negros; no nos olvidemos de mencionar la diáspora de gente llevada al Nuevo Mundo contra su voluntad—, tenemos entonces una mezcla idónea para la desorientación crónica.

Escritora de esa tradición norteamericana tan fértil del trauma reprimido, en la que se pueden sentir las fantasmas que acechan a los personajes detrás de cada palabra, sin nunca verlos enteramente (pensemos en James, Hemingway, Denis Johnson), Danticat se nutre en Todo lo que hay dentro de ese territorio para producir retratos maestros de gente que parece estar atrapada entre distintos mundos, ni acá ni allá, pero también siempre en los dos lugares. Los protagonistas de estos cuentos son en su mayoría mujeres para quienes Haití siempre ha sido una presencia importante en su vida en Estados Unidos, sin ser del todo real, porque queda ya en el pasado lejano o porque sólo la conocen a través de las historias de sus padres. Las tramas generalmente escenifican un contacto más visceral con la isla: un padre ausente que supuestamente volvió a la isla reaparece, un exnovio complota una estafa desde la isla (no es casual que los personajes turbios sean hombres la mayoría de las veces).

Danticat tiene un talento extraordinario para moldear estos dramas cotidianos y lograr que todas las corrientes subterráneas del contexto impacten en el lector. También tiene un ojo exquisito para el momento o la imagen crucial, y su prosa descriptiva es un ejemplo superlativo de la parsimonia elegante. Así y todo, los cuentos más exitosos de la colección son aquellos que buscan transcender los buenos modales del realismo lírico para experimentar con formas y temas más ambiciosos; sin los brillantes textos de “Amanecer, anochecer” y “Sin inspección”, el libro correría el peligro de borrarse en un todo amorfo. Con ellos, sin embargo, Todo lo que hay dentro se convierte en un libro esencial de la narrativa contemporánea.

 

Edwidge Danticat, Todo lo que hay dentro, traducción de Daniela Bentancur, Fiordo, 2021, 240 págs.

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