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La anécdota es mínima. En 1926, Brancusi comercia en su atelier parisino un ejemplar de Ave en el espacio, y al intentar su ingreso al país el coleccionista norteamericano que adquirió la escultura se ve sometido a un cuestionamiento; los empleados de aduana no acreditan el objeto, catalogándolo como instrumental quirúrgico hospitalario, con un gravamen del cuarenta por ciento en impuestos sobre el valor facturado. Entre los argumentos registrados, señalan que la forma carece de plumas, alas, patas, y por ende no había pájaro alguno en el buril de bronce. Así era el mundo cuando las vanguardias históricas emprendieron un proyecto para trastocarlo, previo a que el mismo mundo las arrollara rítmicamente, como a un animal desesperado que cruza de noche la ruta sin luz ni luna. De más está decir que el fracaso cristalizó con gracia y justicia en el artefacto Arte, y que nada cambió demasiado para el espectador promedio.
Al respecto, y para quienes todavía especulamos con los reflectantes del lenguaje visual del siglo XX y sus posibilidades discursivas, la modernidad selló en dos imágenes vivamente dolorosas su certeza. Una es la del Cygne errante de Baudelaire, aquel palmípedo que, en su imposibilidad de comprender dónde quedó el lago natal, encarna magistral el spleen, la melancolía existencial característica de la modernidad, de cara al shock y la alienación en el capitalismo temprano. La otra nos la da Kafka en Un artista del hambre; la fe de un entregado que se exhibe públicamente para satisfacer la curiosidad, el entretenimiento y, por qué no, una necesidad íntima (“siempre quise que admiraran mi ayuno… porque no podía hacer otra cosa”), hasta su extinción intrascendente. Sobre ambas imágenes basculamos.
Comento esto para mencionar que la pintura contemporánea es moderna por antonomasia; la modernidad clausuró cualquier debate sobre sus límites y temas, encapsulando los últimos albores en la libertad de su albedrío. La obra producida por Cotelito hace más de quince años observa estos tópicos y se divierte, los desgrana incluso en la utilización de un pseudónimo para la construcción artística (gesto moderno enmarcado en la crisis del sujeto), y no es excepción su actual muestra en Moria Galería. Continuando estas reflexiones sobre la imposibilidad de la práctica pictórica más allá de las vanguardias, lo que se cuela de local en Ilusión concreta es la clase media argentina. Titila, probablemente sin buscarlo, en el tamaño moderado de las piezas (ni muy grandes ni muy chicas), en el riesgo mesurado, en su tensión entre parodia y obituario, donde el cinismo no se impone, pero tampoco la tristeza.
Las obras son loas a una actividad casi perdida para una clase que también desfallece en una ficción, sin verdadero presente. Es interesante permitirse trazar entonces, que más allá de los nombres que a primera vista sobresalen como garantes referenciales (Maria Martins, Roberto Aizenberg, Jean Arp, o el mismo Picasso), quienes se inscriben como tutores espirituales de lo que acontece en la sala son Juan Grela y Lido Iacopetti; artistas de clase media, hijos de un clase obrera humilde, con trabajos paralelos para sostener una familia y una disciplina artística; uno en una peluquería de barrio hasta los cincuenta años; otro como docente de secundaria toda su vida. Un arte producido por y para las capas medias en el sembradero utópico del siglo XX nacional. En su pulsión, sin pretensiones de eficiencia, Cotelito atraviesa con lo que resta ese campo variado y sale con pétalos en el pelo, vaquitas de San Antonio en la ropa; formas puras de colores tonalizando una conciencia lúdica y esperanzada, ilusa acaso aunque concreta, e inquisidora por la negativa.
Cotelito, Ilusión concreta, curaduría de Santiago O. Rey, Moria Galería, Buenos Aires, 30 de mayo – 4 de julio de 2026.
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