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Los viajes de Julius Brenchley

César Aira

LITERATURA ARGENTINA
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Si no fuera porque cualquier gesto avant garde puede confundirse con la pereza, ensayaría redactar esta reseña solo con fragmentos de ensayos de César Aira. Más previsible, más convencional, supongo que voy a limitarme a un exceso en la extensión de las citas. Es que pocas veces como en Los viajes de Julius Brenchley Aira nos ha ofrecido una novela tan programática, tan útil para ilustrar las posiciones polémicas que ha sostenido, por otros medios, durante toda su vida de escritor.

No quisiera abonar confusiones: Los viajes… no es un aburrido roman à clef o una novela de tesis, sino una exquisita novela de aventuras. Primera cita de Aira (de “El ensayo y su tema”): “En la novela, el tema se revela al final, como la figura que ha dibujado lo que se escribió, figura que es independiente de las intenciones del autor y casi siempre, si hubo alguna intención, la contradice”. Los viajes de Julius Brenchley no es un ensayo sino una novela, entregada a una deriva narrativa que en este caso es literal: la de sus personajes y la del barco en el que viajan. Si hay coherencia con los postulados de sus ensayos, es porque a Aira le salió un libro que seguramente quería leer.

Rápido esbozo de la trama: Julius Brenchley, celebrado gentleman explorer (y figura histórica, “de existencia real”, podríamos decir, como el Rugendas de Un episodio en la vida del pintor viajero) se embarca en la goleta Gloriana y el azar lo lleva primero a los Andes Australes —la goleta remonta un río hasta el corazón del continente— y luego a Tierra del Fuego. Sin embargo, el buen Julius no aparece nunca, más allá de las alabanzas exageradas del narrador. El libro tiene dos partes: la primera nos cuenta las andanzas del valet del presbítero, el casi enano Cruikshank, y su experiencia con los amables y gigantescos patagones. La segunda, el encuentro de Mimsey con los onas. Mimsey es la tímida —y quizás fea y estúpida— dama de compañía de Madame Edwards, una mujer que persigue a Julius para imitar sus viajes y el posterior éxito de sus crónicas. En ambos casos, por supuesto, hay también accidentes, guerras, secuestros y algunas de las más exquisitas piezas de prosa descriptiva que pueda uno leer en estas pampas.

En “Evasión”, su ensayo de 2018, Aira volvió por un momento al espíritu de aquella célebre diatriba contra la novela argentina que publicara en Vigencia en 1981, aunque con modales más sosegados. Y escribió una celebración de la literatura de evasión, entendida como aquella capaz de hacer funcionar la maquinaria imaginaria (“milyunanochesca”, escribió en 1981, al comparar a Arlt con Piglia) a la que renuncian muchos novelistas actuales, “subsidiados, psicoanalizados, viajados y digitalizados”, resignados a escribir sobre lo que ocurre dentro de sus cráneos o dentro de sus departamentos. Y además de reivindicar la novela de evasión (y a su máximo exponente, Stevenson), nos deja una teoría de los purples patches, esos pasajes descriptivos que interrumpen la acción. “Casi podría decirse que eran lo esencial de la novela, su lujo, lo que la hacía valer la pena, aun cuando el lector impaciente se los salteara”. Por eso es que Los viajes… parece una ilustración de esas incomodidades. Una novela de aventuras (repleta de aventuras: hay tormentas, rehenes, dedos cortados, indios que hablan inglés y guerras con la intervención de guerreros malayos), con hermosas descripciones intercaladas, como la de esa mañana después de una tormenta en que “en el cielo se abrieron rendijas por las que descendió la claridad del amanecer, que suele ser tan piadoso con los que han sufrido los horrores de la noche”. 

Los viajes… parece despegarse de los últimos libros, de Aira, de su “estilo tardío”. No es un libro marcado por la melancolía, la autobiografía cifrada, cierta sensación de final y destrucciones diversas de la estructura de un relato tradicional. Al contrario, parece sumarse al catálogo de sus primeras novelas, en particular Ema la cautiva y La liebre, y no solo por el espacio geográfico, la extensión y la presencia de indios filósofos. 

Aira es un escritor que ha fomentado el malentendido. Suelen leerse sus novelas como una diversión menor (“¡cómo me reí!”) o como una literatura hiperteórica y falta de emoción, acusación que se parece a las que recibía Borges en los setenta. Hasta que uno lo lee, y por suerte siempre hay un libro de Aira para leer, y reencuentra las razones por las que alguna vez, hace tanto tiempo, se enamoró de la literatura.

 

César Aira, Los viajes de Julius Brenchley, Seix Barral, 2026, 160 págs.

 

Imagen: fotografía de Alejandra López.

13 Ago, 2026
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