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A partir de El rastro de la serpiente, de Maya Goded

DISCUSIÓN

Se puede ver una serpiente enorme aquí en el desierto, / yo la he visto, / salió del oriente hacia el norte bajando por Latinoamérica / quedándose aquí, en el desierto de los Andes. / Sí, creo que la sabiduría del cambio está ahora en América y sus mujeres.

 

Tras haber recorrido el país para fotografiar mujeres o su ausencia a raíz de los feminicidios que asolaron México durante las últimas décadas, la artista visual Maya Goded propone un giro en la muestra presentada en el Museo Amparo de Puebla que amerita ser considerado. El rastro de la serpiente es el cuerpo retratado de las mujeres curanderas y, a la vez, el cuerpo de la Tierra misma. Lo que Goded expresa es el lazo directo de la presencia femenina con la conservación actual de la naturaleza y, paradójicamente, con la devastación del territorio: en la medida en que la voz y la existencia de las mujeres se socava, la tierra muere. En el desierto de Atacama, las palabras de una mujer llamada Sonia, que se autodefine como intermediaria entre el medio ambiente y el ser humano, quedaron latentes en la mente de la artista. “Esa serpiente que se dibujaba en los ojos de Sonia es la que intento captar con la lente de mi cámara”, dice Goded.

En esta nueva etapa, Goded sintió que aquello que deseaba expresar, tan pronto se nombraba, comenzaba a desmoronarse. De ahí que recurriera a un formato nuevo para pergeñar el milagro, rastreando procesos de sanación de comunidades en las que la violencia ha sobrevenido como un mecanismo operativo ancestral desde la Colonia, y donde la curación no parte de la racionalidad de la medicina occidental. En un video a cuatro canales, el sonido se vuelve guía hacia las cuatro direcciones, que remiten a los cuatro espíritus del trazo circular de la rueda medicinal andina basada en los ritmos de la naturaleza, al tiempo que recuerdan la silueta de los uróboros y la concepción de hierofanía explicada por Mircea Eliade, en tanto revelación de lo sagrado.

La serpiente que da título a la muestra es un animal presente en la vida de la artista desde su infancia, cuando comenzó a aparecer en sueños y visiones luego de que su padre, preso político, saliera de la cárcel. Años después, la serpiente devino una suerte de norte en la propia cosmogonía familiar de Goded, a la par de que, en sus investigaciones, constata el hecho de que se trata de un animal presente en el inconsciente colectivo de leyendas y tradiciones orales que atraviesan el mundo desde la antigüedad al presente: “es la muerte que sale de la vida y la vida que sale de la muerte”. Goded viajó durante cuatro años por Nuevo México, Puebla, Oaxaca, el Sureste, la Amazonia, Bolivia y el llamado triángulo del litio en los desiertos del norte de Chile, la Argentina y Bolivia. La experiencia que brinda la simultaneidad de las cuatro pantallas tiene como denominador común la voz de una mujer que rememora testimonios relativos al campo vandalizado, a la migración femenina en busca de mejores oportunidades, a la desaparición y al duelo. La sociedad se empeña en destruirla y, por absurdo que resulte, es la mujer quien defiende el territorio.

La presencia del reptil en la pieza aludida es sutil, nunca explícita ni literal. En ciertos fragmentos, se observa una serpiente que avanza y hace que nos preguntemos: ¿a qué clase de caminos alude? Contemplamos retratos de mujeres desleídos por el tiempo, pero también vejados, en los que rostro y cuerpo han sido escindidos y guardados en la memoria pertrechada de algún familiar que aún los conserva consigo. Son imágenes que Goded registró a partir de archivos, así como de las ruinas de viviendas fantasma donde han coexistido familias migrantes. De norte a sur, en contacto con las colectividades de mujeres alrededor de las minas en Bolivia y Chile, al igual que las que sufren los estragos de las pruebas nucleares en Santa Fe, Nuevo México, Goded cuenta que son ellas las que también se protegen a sí mismas y a sus familias. Equiparable a los rastreos de cadáveres que las mujeres hacen en la búsqueda de sus familiares desaparecidos tras el golpe en el desierto de Atacama, la búsqueda de Goded se orienta a mujeres que ritualizan la tierra que ha sido ultrajada por la violencia en México a fin de reparar el daño colectivo en los territorios colindantes a Veracruz y Tamaulipas, controlados por el narcotráfico; en Chiapas, para el “levantamiento del susto” de aquellas comunidades traumatizadas por décadas como consecuencia de levantamientos insurrectos, la guerra cruenta, la permuta injusta del territorio y la amenaza casi permanente de conflicto; en Nuevo México, con las mujeres de la organización Barrios Unidos que sanan el trauma de un pueblo que experimenta sus raíces y sus lazos rotos con la tierra. Ahí fue donde Goded también registró casas en que se conservan maniquíes vetustos que parecen de otra era. Los maniquíes, sujeto de pruebas contemporáneo, están aún en las viviendas en las que se podrían calcular los daños del Proyecto Manhattan de investigación y desarrollo de armas nucleares, implementado durante la Segunda Guerra Mundial. En la serie de imágenes se deduce que la minería se convierte a veces en hecatombe nuclear; otras, en desastre ecológico y en guerra: la que libramos con el mundo que surgió para protegernos, y también, la que libramos con nosotros mismos.

Recorriendo la pieza, vemos documentos clínicos que evidencian las consecuencias de vivir en zonas cercanas a la mina, en los que se leen síntomas y diagnósticos junto a las radiografías: secuelas irreversibles, muerte segura, ausencia de indemnizaciones, de seguridad hospitalaria, total anonimato. En ciertas secuencias de la obra, apreciamos la belleza de los cenotes, y en otras se observan los manglares y la vegetación selvática aniquilados al paso de la construcción del Tren Maya. Sorprende una escena filmada en Bolivia, en la que varias mujeres se ayudan unas a otras a tejerse el pelo en diminutas trenzas. Este tocado es el peinado más antiguo del que se tiene referencia, pues lo llevan las momias andinas. Este ritual es, asimismo, un trabajo colectivo que recuerda a las mujeres reunidas alrededor de actividades similares como el tejido o el bordado: las arpilleras chilenas del golpe, las prácticas colaborativas de costura y bordado ante experiencias de violencia extrema del colectivo Fuentes Rojas en México, que convoca a los transeúntes a calar junto con ellos casos de homicidio con hilos de color rojo sobre pañuelos de tela; la tradición de entidades como la shipibo que borda arte kené ―el camino de la serpiente― en un ritual donde la ayahuasca, la lectura y el canto se hacen presentes. La misma escena también recuerda iniciativas alrededor de la ecología del tejido en los grupos aymaras, la recuperación de saberes tradicionales en la obra de Elvira Espejo y que, de forma indirecta, ha evocado la práctica textil de artistas como Cecilia Vicuña o Marta Palau. Como ellas, Goded expresa en su trabajo que el orden de las imágenes imperante hoy en día debe tener también la capacidad de hablarnos de muchos mundos posibles, pese a todo y contra todo presagio, a fin de transmutar el dolor en posibilidad, evidenciando a la vez las profundas carencias del proceso estabilizador latinoamericano.

El rastro de la serpiente debe entenderse como una denuncia inmanente. Las curanderas con que Maya Goded se ha encontrado son mujeres involucradas en sanar el estado perentorio de la comunidad. Si la represión llega, son las primeras en ser reprimidas. Para Goded, curanderas y chamanas son las mediadoras en este lodo que queda entre el deseo de vivir en equilibrio y la tensión a la que están sometidas: “Sentí la necesidad de devolver algo a las mujeres que registro, aquellas que me han compartido sus historias”. Esta última pieza surge como una dádiva que refrenda años de viajes buscando perpetuar la imagen y la voz apagada de las mujeres, el sonido de la naturaleza en su sutil resonancia.

Maya Goded, El rastro de la serpiente, Museo Amparo, Puebla, México, 12 de agosto – 30 de octubre de 2023.

19 Oct, 2023
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