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Escribirse enseñando. Sobre El léxico del autor de Roland Barthes

DISCUSIÓN

Habíamos leído, subrayado y hasta memorizado pasajes enteros de Barthes por Barthes, pero llega ahora, casi cincuenta años más tarde, su precuela razonada, una expansión de aquel montaje rapsódico de sí mismo que Barthes publicó en la serie de Seuil en 1975. El léxico del autor (Eterna Cadencia, 2023), escrupulosa edición del seminario que Barthes dicta en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París mientras prepara el libro, deja asomarse a ese “espacio feliz, falansterio de trabajo” en el que el otro Barthes, personaje de novela, se relee, se imagina, se glosa y se convierte en crítico de su propia obra junto con los alumnos del curso. A las notas preparatorias del seminario, se suman las de dos talleres complementarios —uno sobre la escritura biográfica y otro sobre la voz—, fragmentos inéditos no incluidos en el libro, apuntes del viaje a China que a la vuelta comparte con los estudiantes y hasta unas copias facsimilares del manuscrito —la letra de Barthes— para los lectores fetichistas.

Pero ¿qué es este “seminario-para-mí” que se presenta en la primera clase? ¿El mismo Barthes que había declarado la muerte del autor escribe ahora sobre sí mismo y hace de la búsqueda de su “idiolecto” el tema de un seminario? La respuesta ocupa varias sesiones del curso y viene a iluminar la distancia entre la “ficción crítica” del Barthes por Barthes y las versiones más banales de la autoficción y las escrituras del yo que el libro seguramente inspiró y sigue inspirando. “Creí entender (no fue algo inmediato)”, confiesa en una entrevista a poco de publicado el libro, “que tenía que aprovechar la oportunidad que se me ofrecía para poner en escena, si se me permite, la relación que puedo tener con mi propia imagen, es decir mi ‘imaginario’; y como mi obra pasada es la de un ensayista, mi imaginario es un imaginario de ideas”. Un imaginario de ideas, habría que subrayarlo. De ahí que, frente al riesgo de la infatuación (“el peligro del espejo”), el autor se desdoble en una tercera persona y también se mire en el espejo de los estudiantes, para intentar componer un diccionario de sí, un glosario disperso en la obra, abierto, contradictorio, potencialmente infinito. No las palabras que importan porque se repiten sino las “palabras-valores” que articulan la movilidad del pensamiento. También lo alienta la ambición mallarmeana de convertirlo todo en un libro. “¿Se puede enseñar y escribir?”, se pregunta apremiado, como todos los que enseñan, por dos pulsiones aparentemente dispares. La única salida es hacer de la enseñanza una escritura y de la investigación conversada, un libro.

En el “falansterio” de los seminarios, una comunidad de lenguaje antes que de ciencia, el deseo de texto se comparte. Porque, como se explica al comienzo, de las tres formas de educación —la enseñanza, la formación, el maternaje—, Barthes deja de lado la primera, trasmisión de un saber, y prefiere las dos últimas: el maestro en el sentido oriental hace con los estudiantes o, como la madre que desea que el niño camine, los alienta, los llama, se repliega, los apoya. A partir de una lista alfabética de palabras de la A a la C que propone, se despliega y discute un posible glosario, en el que cada palabra se disemina en redes, conexiones, asociaciones, mejores cuanto más inesperadas. Todo significa y Barthes se entrega a la proliferación colectiva del sentido: “Adolescencia”, “Cine”, “Café”, “Balbuceo/Susurro”, “Arte de vivir”… Surfeando por sus textos,“Boîte”, por ejemplo, es la caja y también la cámara oscura, pero de esa inversión de la caja fotográfica se llega a la ideología, al bar nocturno y, agregando un rasgo biográfico, a su gusto infantil por las cajas antiguas o el clic de la caja que se cierra.

El sentido también prolifera en los fragmentos inéditos y, aunque Barthes a veces los suprime sin piedad con una nota al margen (“No, pretencioso”, “No, ¿a quién le importa?”), cuesta entender por qué fueron descartados. El espectro es tan variado como el de sus célebres “mitologías”, desde la madera, la palabra “burgués”, el coraje, la École o los olores, hasta una lista de palabras raras, otra de palabras irreprimibles o una disección brillante de su gusto por las enumeraciones. El foco puede ceñirse hasta buscarle sentido a su abuso de las mayúsculas, o la recurrencia del “es decir”, con el que “toda una cadena metafórica se abrevia para cerrarse en una elipsis”, “un viaje del que sólo importa la caída inesperada”. (Esos tics retóricos, dicho sea de paso, han hecho escuela, y el “es decir” recuerda el “desde luego” del maestro Ricardo Piglia, una de sus frases preferidas para cerrar una correlación, una iluminación o un movimiento dialéctico del pensamiento con un aforismo, como si una vez que algo se ha visto se volviera una verdad aceptada).

Frente a la irrefrenable deriva del sentido de la cultura occidental, las notas del viaje a China que Barthes emprende junto con los compañeros de Tel Quel revelan en cambio una “no-significancia o una discreción de la significancia”. Ya sea por la mediación absoluta de intérpretes, la sobreprotección o el aislamiento, China es opaca, insípida como el té, deserotizada, salvo en algunos significantes que Barthes lista hacia el final del encuentro: la caligrafía, sobre todo las de Mao, los dazibao, la cocina.

El seminario se cierra con una nota paradójica que desanda el recorrido del curso al tiempo que lo vuelve interminable: “Yo mismo soy un Libro infinito, circular, perpetuo, como un Diccionario de palabras. ¿Y después? El antidiccionario”. Queda claro entretanto que, a diferencia de las clases magistrales del Collège de France frente a una muchedumbre distante y fría —un público—, en el grupo pequeño de la École Pratique —unos quince alumnos—, Barthes se escribe a sí mismo conversando, haciendo circular el deseo del texto, multiplicándolo, a la espera de “un satori que irrumpe como un agujero en los códigos de saber y de enseñanza”.

 

En la vena autobiográfica, una coda personal. Llevo muchos años abriendo todos los cursos con una cita a Barthes. Empezó siendo una forma de quebrar el silencio que fatalmente se instala en la primera clase, pero con el tiempo (y otras muchas citas de Barthes) se convirtió en una especie de epígrafe, un homenaje, un conjuro contra la asepsia de los claustros y la intelectualidad desafectada: “Un curso no es una performance”, dice Barthes en el seminario sobre Lo neutro, “y, en lo posible, es necesario no venir como a un espectáculo que encanta o decepciona, o incluso —¡pues existen los perversos!— que encanta porque decepciona”. La frase, invariablemente, arranca sonrisas, pero sobre todo invita a abrir la conversación y sacudir la comodidad de los que en la clase sólo escuchan. La connotación de “curso” es equivocada, había dicho Barthes en otro seminario, si se piensa en clases “magistrales”, y propone atender más bien al cursus etimológico (lo que corre, lo que fluye, como en el “curso de un río”), un goce que alentó también en toda su obra bajo el nombre, a la vez teórico y erótico, de deriva. En la “Lección inaugural” de la cátedra había confesado que, superada la edad en la que se enseña lo que se sabe, llegaba a otra en la que se desaprende, dejando que el olvido sedimente los saberes, las culturas, las creencias. Barthes no sólo nos enseñó a leer y a escribir. Nos enseñó a desaprender enseñando.

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