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¿Hay hombres justos? Las no tan diversas identidades masculinas

DISCUSIÓN

Si prestamos atención al chorreo de voces masculinas que destilan por bares de oficinas, púlpitos, estadios o mítines populacheros (también se cuelan como acto fallido en tertulias televisivas o despachos legales), se diría que en cuanto a relaciones de género el tiempo no hubiera pasado para muchos de ellos. Ellos son los que siguen sin enterarse que desde hace dos siglos se produce un resurgimiento feminista cada vez más explícito y menos callado (¿se expresa allí una revolución para nuestro tiempo?). Ellos encarnan variedades de lo que cabe entender como masculinidades tóxicas. Se resignan a las suffragettes de antaño (claro que siguen pensando que “son unas histéricas”), mientras desprecian a las principistas que hoy rompen el naipe de la crianza y las tareas del hogar (“son una banda de feminazis”). No dejan de registrar, con inocultable temor, cómo se implanta en todas partes el “egoísmo” del aborto voluntario (“están desbocadas, ¿locas?”). Para colmo, tienen que aguantar que la inclusión quiera registrarse en el lenguaje, fiscalizado desde hace unos años por insufribles maestras ciruela. Y no ocultan la tirria que provoca que, muy zafadas, modifiquen el orden establecido (o sea la iniciativa y el tempo masculinos) con prácticas de autosatisfacción que, por mera presencia, los cuestionan como hombres y los hacen sentirse ninguneados. Los más viscerales en su machismo consideran provocación la mera mención del lesbianismo; dedican su odio y hasta su violencia a los queer y trans. Se preguntan: ¿significa que “se ha perdido por completo el respeto”? Añoran aquellos tiempos maravillosos en que primaba el acatamiento de la mujer a lo masculino (en versión laboral, doméstica, religiosa o moral).

Claro que también hay hombres atentos a lo que ocurre ahora: rechinan ante ese antifeminismo cavernícola que mueve tantos votos y presupuestos. En la Unión Europea se acaba de publicar un estudio sobre el antifeminismo como denominador común de las ultraderechas. Resalta el parecido entre posturas elegidas para el mismo elenco: países con fama de machistas (sur mediterráneo) se codean con otros que se consideran mentalmente desarrollados (norte báltico). Sucede que en todos lados los machistas europeos son legión, hipernacionalistas y heteronormativos, natalistas y autoritarios. El estudio de la UE destripa un estereotipo recurrente: en materia de trato a la mujer, ¡los rubios no se muestran más civilizados que los morenos!

Podríamos alegar que nos sentimos en las antípodas de la ultraderecha. Pero, si miramos con atención, lo que vemos en la actuación progresista no es ninguna maravilla. Muchos progres aplauden al feminismo, sí, pero no sacan consecuencias en casa: apuestan por “una mujer igual al hombre”; y una vez voceado el atractivo eslogan, dejan intactas sus prerrogativas masculinocéntricas. Aduladores confesos de la mujer, así en abstracto, son incapaces de cuestionar la minusvaloración práctica de sus registros pensantes: ¿no tendríamos que revisar nuestro acatamiento a pensadores que, como aquel de Stuttgart, afirman que “la diferencia entre hombre y mujer es la misma que existe entre el animal y la planta”? ¿y no tendríamos que discutirle a aquel otro de Viena cuando dice que “el secreto de la imbecilidad fisiológica de las mujeres […] es una consecuencia de su represión sexual”? Abundan delicados artistas, geniales cineastas o estetas brillantes que acosan, descalifican y maltratan a las mujeres que tienen delante (¿cómo entender las artes de pintores, músicos o actores cuando avasallan sin consentimiento previo a sus esposas, modelos o coprotagonistas?). Sigue habiendo timoratos que piensan el feminismo como “asunto meramente femenino”. Tal vez se engolosinan leyendo tratados sobre la sociedad patriarcal (antropológicos los de Françoise Héritier o Maurice Godelier; ensayísticos los de Steven Pinker o Judith Butler). Pero se benefician sin recato de las ventajas de haber nacido varones.

Los progres no consiguen formular la pregunta que realmente interesa: si la sociedad patriarcal consagra el indebido triunfo social y mental de lo masculino sobre lo femenino, y dado que el hombre ha sido parte decisiva del problema, ¿no debería también ser parte de la solución? Es la cuestión que estimula mi lectura del notable libro de Ivan Jablonka, Hombres justos. Del patriarcado a las nuevas masculinidades (Planeta, 2021). Luego de establecer la noción de patriarcado sobre bases fundadas y creíbles, luego de pasar exhaustiva revista al desarrollo del movimiento feminista, el autor se pregunta: ¿puede haber hombres justos? Tan ardua y ciclópea le parece la tarea que los hombres tienen delante. Su libro plantea las condiciones de lo que considera “la próxima utopía: inventar nuevas masculinidades”.

Probablemente sin saberlo, Jablonka emplea una noción crucial en el Zen de Dôgen: “persona justa” (inmo) es aquella que libera liberándose y que, para conseguirlo, renuncia a hacer acepción de personas. Su metódica “no distinción” supera el pernicioso dualismo que estructura pensamientos y lenguajes en pares opuestos: cuerpo-mente, superior-inferior, hombre-mujer (en el contexto de la megaoposición irrazonada entre agradable-desagradable, placer-dolor y todas las que se nos ocurran). La emancipación comienza desmontando la mente, o al menos lo que de ella mejor conocemos: el lenguaje. Digamos que Jablonka escribe en la lógica unitiva de inmo, aunque haciendo un uso sociológico del término, como corresponde a su oficio de historiador.

Si para Jablonka una feminista consecuente es de por sí mujer justa, ¿qué podría ser para él un hombre justo de la era post-Weinstein? Las páginas del libro prolongan la línea trazada por otros suyos (en español conocemos Laetitia o el fin de los hombres o En camping-car, ambos en Anagrama). “Ser justo”, según lenguas y países, se dice: un mec bien; una buena persona; un tipo legal; a straight or a nice or a fair guy, etcétera. “Ser justo” da mucho trabajo: “luchar contra el patriarcado, siendo hombre, a menudo es luchar contra uno mismo”, afirma Jablonka sobre la que es tarea de toda su vida, traducida en dos dinámicas: acercarse a las “zonas emancipadas” del mundo en que vive (descubre esas zonas en los parajes del feminismo avanzado); encontrar vías (o al menos anticipos) para construir una nueva masculinidad.

 

Acercarse al feminismo avanzado. La vida lleva a algunos hombres a poner en duda el, digamos, “ideario” de la masculinidad. Pero para desmontar los tópicos, primero hay que entenderlos y cuestionarlos: el uso de la fuerza (legítimo o no), el monopolio de la iniciativa (con evasión/omisión del universo doméstico), la disponibilidad del espacio público (desertado dado el enclaustramiento de la mujer), la pretensión de universalidad inscrita, no sólo en el lenguaje (aunque también: el género neutro es “común”, vale decir, idéntico al masculino), sino en la comprensión del fenómeno humano (“el hombre” va de Praxíteles a Leonardo, de Protágoras a Kant). Ojo que “el justo” no es incondicional de las feministas. Se pregunta (y les pregunta) si el enemigo de las mujeres de verdad es el hombre. Lo plantea a quienes esto sostienen basándose en circunstancias que a él lo conmueven: la desigualdad social, la “doble jornada” femenina, así como todo tipo de maltratos (femicidio, abusos, violaciones, vejaciones, desvalorización, burlas, todo ello formas de una cosificación que a tantos hombres parece “natural” en su relación con las mujeres). Jablonka sostiene el difícil reto y se empeña en repreguntar a las mujeres victimizadas: ¿alcanza que, para obtener sus derechos, las mujeres se posicionen colectivamente en contra de los hombres?; ¿basta con que se lancen sin distinciones contra todo el sexo que ahonda su desigualdad al desarrollar roles (masculinos) de poder?; ¿qué sentido tiene que se desromanticen los piropos, la indumentaria, la seducción? Si el diálogo sigue a pesar de preguntas que pueden sonar a crítica o queja, corresponde que el hombre justo sea leal y declare en voz bien alta, ante esas mujeres, algo así: “Con harta frecuencia, el hombre ha pensado a la mujer desde sus necesidades e intereses. Llega la hora en que las mujeres piensen y revisen lo masculino” (pongo en boca del hombre justo palabras que Jablonka no desautorizaría, creo). Sin quererlo o queriendo, esta cesión de protagonismo iría acompañada de otra pregunta, amistosa aunque a muchas parezca punzante: ¿es posible que las mujeres piensen a los hombres desde una perspectiva no solamente femenina, sino también más abarcativa y universal? Estaríamos en la ruta abierta por Virginia Woolf en “Un cuarto propio”, cuando citaba a Coleridge afirmando que “una gran inteligencia es andrógina”. Argumentaba: “La mente del todo desarrollada no piensa especial o separadamente en el sexo” (capítulo VI). Así remataba Woolf una postura que justo antes compendiaba en fórmula digna del bronce: escribir, pensar, vivir “como una mujer, pero como una mujer que ha olvidado que lo es”. Con orientaciones como la suya, la revolución feminista no sólo sería más inclusiva en sus fines sino, a la vez, más exigente y detallista en sus medios.

 

¿Cómo plantear una nueva masculinidad? Miremos caminos que se abren delante nuestro como opciones.

– Hoy en día, oponerse frontalmente al feminismo es visto como una opción de derecha; huele a viejo y se relaciona con deficiencias de formación e información. Este descrédito lo aceptan “machistas recuperacionistas” (¿me permiten el término?) que echan a andar el movimiento Not all men. Reconocen que la violencia de género es un problema y que está lleno de locos homofóbicos circulando por la calle. Pero centran la discusión en que “ellos no han sido”. Al no tener implicancia directa y así exculparse de la violencia, aprovechan para desentenderse de reivindicaciones antipatriarcales que los mostrarían en falta. Ellos hacen lo que tantos otros: en palabra y actitud dicen que “aquí no pasa nada”.

– Tampoco parece oportuno promocionar un “feminismo masculino”. Casos como el dramaturgo Henrik Ibsen (en Casa de muñecas) o el escritor Floyd Dell (en Feminism for Men) son excepciones que confirman una tozuda regla: cuando el feminismo se presenta como movimiento identitario no despierta la atención masculina (ni la de los que acompañan tenazmente las reivindicaciones civiles, económicas y sociales de las mujeres).

– Por otra parte, aceptar reclamos feministas sin modificarse seriamente como “hombres” pocas veces permite entender las propuestas desde el prisma en que han sido planteadas (estimo que el feminismo avanzado persigue una “igualdad global”); y muchas veces significa reducirlas a reclamos sociolaborales, correctos por supuesto, pero que acaban diluyéndose en el movimiento social del que las mujeres forman parte.

– Queda la vía que plantea Jablonka y que desarrolla en la parte final de su ensayo. Si se concluye (aunque sea por puro razonamiento) que las mujeres “tienen razón” en sus reclamos y como hombres se quiere hacer algo útil al respecto, entonces cabe plantearse cosas como las que siguen.

Una “revolución masculina” (Jablonka usa términos más recatados) no debe exhibirse sólo en el foro público sino, también y a la par, en el privado. Una característica del feminismo avanzado es saber conectar sistemáticamente lo general (lo ciudadano y/o lo político) con lo particular (lo doméstico y sus particularidades conexas, como los circuitos escolar, comercial, médico y de cuidados). En ambos planos, la consigna de una actividad masculina justa consiste en “perseguir la completa igualdad” (salvo desviaciones que estimo minoritarias, las mujeres no desean dominar a los hombres; prefieren “vivir con ellos”). La situación exige un cambio de perspectiva masculina en ambos planos: avanzar en la igualdad en el plano público; aceptar corresponsabilidad en el ámbito privado (doméstico, parental, sexual). Para Jablonka (y para el Zen; y por supuesto para quien esto escribe), “feminismo avanzado” (¿podemos acuñar el término?) sería un planteamiento que abarca tanto la polis (manejo de los asuntos comunes) como el domus (desarrollo de intimidades emotivas).

Lo anterior supone rechazar la masculinidad hegemónica (incluso aquella aceptada tácita o pasivamente por los varones) y ponerse a elaborar lo que se han llamado “nuevas masculinidades”. Las radicales y también las razonables se apoyan en una noción que gana terreno: la “justicia de género”, horizonte puesto hoy en vigencia por una tradición que arranca en Simone de Beauvoir o Hannah Arendt, y que llega a Judith Butler, Isabelle Stengers y Paul B. Preciado. Jablonka se apoya en estos brotes teóricos (del feminismo y del transfeminismo) para detallar cuáles serían tres características que, en su análisis, remiten a etapas de un proceso a aplicar en ámbitos distintos y complementarios:

– la masculinidad de no dominación lucha por la igualdad en el ámbito público (con una mezcla de espontaneidad y fuerza colectiva; usando la persuasión, sin omitir si hace falta las cuotas);

– la masculinidad de respeto plantea nuevas pautas para el ámbito íntimo, incluyendo la seducción y la actividad sexual;

– la masculinidad de paridad redistribuye las funciones domésticas y peridomiciliarias con un sentido de igualdad y cooperación.

A Jablonka no le agrada la proclama. Prefiere ampararse en decenas de ejemplos de situaciones y proyectos en curso o por venir. Piensa globalmente para actuar localmente. Para decirlo de un modo japonés, piensa y escribe onna de, “con mano y modo de mujer”. Todo ello nos permite intuir que la “utopía” que propone tal vez ya está en vías de materialización.

 

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