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Las cosas como son. De Greta Thunberg a Tomás Saraceno en Salinas Grandes

DISCUSIÓN

Bastaría con la imagen que ilustra las tapas de El libro del clima de Greta Thunberg para calibrar la escala del desastre. Una serie de franjas verticales muestran el aumento progresivo de las temperaturas globales desde 1654 hasta 2021 en una especie de Agnes Martin colorido, obra colectiva del crecimiento afiebrado de la humanidad durante las últimas décadas. Cada una de las franjas indica la temperatura media de un año, desde el azul profundo de los primeros, los más fríos, hasta el rojo intenso de los últimos. Son las warming stripes, creadas por Ed Hawkins en la Universidad de Reading para mostrar de un vistazo el avance inequívoco del calentamiento global. Pueden descargarse gratuitamente de showyourstripes.info, incluso las de la Argentina, un cuadro abstracto del descalabro que también nosotros, ayudados por los países del Norte, supimos conseguir.

La imagen es inapelable pero apenas el disparador de una cruzada tenaz que cobra ahora la forma de un libro. Para oprobio de gobiernos, organismos y líderes internacionales, resistiendo el doble discurso de los poderosos y el escarnio del negacionismo bruto, a los veinte años y desde las primeras huelgas de Fridays for Future frente al Parlamento sueco a los quince, Greta Thunberg se ha convertido en una fuerza imparable en defensa del futuro del planeta. En más de cuatrocientas páginas reúne ahora colaboraciones de un centenar de científicos, economistas, activistas, escritores, periodistas y pensadores (David Wallace-Wells, Naomi Klein, Margaret Atwood, Amitav Gosh y Thomas Piketty, entre muchos otros), en una obra fenomenal, una “Biblia del clima”, Aullido polifónico de un mundo dolido. “Decimos las cosas como son”, escribe en uno de los prólogos que abren cada sección, porque cree que no sólo no somos conscientes de la emergencia, sino que no hemos caído en la cuenta de que no somos conscientes, una doble falta capital que solo se repara con información clara y certera. Argumenta con una sensatez y una firmeza raras en una chica de veinte años. A veces levanta la voz. Quiere que escuchemos a la ciencia antes de que sea demasiado tarde: “Ha llegado la hora de que contemos esta historia y, quizás, hasta de que le cambiemos el final”. A veces se impacienta. No hay tiempo que perder.

La historia que quiere contar —“la mayor historia del mundo”— podría comenzar con un par de cifras alarmantes. Las temperaturas globales medias han aumentado en 1,2 °C desde la era preindustrial y, aunque en el Acuerdo de París de 2015 casi todos los países del mundo se comprometieron a limitar el calentamiento por debajo de 2 °C (idealmente, por debajo de 1,5 °C), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) estima que, con las políticas actuales, hacia 2100 alcanzará los 3,2 °C. Desoyendo las advertencias de los expertos (a fines de los setenta ya había consenso científico sobre el creciente calentamiento global), desde 1991 las emisiones anuales de carbono han superado las del resto de la historia humana. El crecimiento vertiginoso del siglo XX triplicó la población del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, cuadriplicó el consumo de agua, multiplicó la captura de peces marinos por siete y el consumo de fertilizantes por diez. Y aunque el mundo entero sufre las consecuencias, no todos somos igualmente responsables. El mayor crecimiento de población se dio en el Sur global y la mayor parte del consumo fue impulsada por Estados Unidos y Europa. El 10% más rico de la población mundial causa el 50% de nuestras emisiones de carbono, más del doble de las emisiones de la mitad más pobre del mundo. Desconocemos el final de la historia, pero la ciencia cumple en recordarnos que en los últimos quinientos millones de años ha habido cinco extinciones en masa que acabaron cada una a su turno con tres cuartas partes de las especies del planeta, y nos encaminamos sin control hacia la sexta, la primera causada por un agente biológico, el ser humano, propulsor de “un crecimiento infinito en un planeta finito”.

La escala del relato es inabarcable, pero El libro del clima (Lumen, 2022) lo pormenoriza con un despliegue abrumador de informes precisos, cifras y pronósticos de expertos de las más variadas disciplinas, primeros planos patentes de un diorama sombrío: el ascenso de los mares (dos metros hacia 2100 o incluso cinco hacia 2150), el aumento de las grandes olas de calor (cuatro en su vida para un niño nacido en 1960, dieciocho para uno nacido en 2020), las sequías (“un planeta desesperado por refrescarse”), los aerosoles y la biodiversidad amenazada, la acidificación de los océanos y la acumulación de microplásticos, los incendios forestales y la deforestación de la Amazonia, la contaminación atmosférica y las enfermedades transmitidas por vectores, los refugiados climáticos y el aumento de la probabilidad de conflicto. Hacia 2050, 1.200 millones de personas podrán verse obligadas a emigrar y puede que los conflictos grupales, como lo anticipó Cormac McCarthy en La carretera (2006), aumenten en un 10-20% por grado de incremento de la temperatura.

Crece el desánimo a medida que la historia se desovilla, pero en las dos últimas secciones (“Qué hemos hecho al respecto” y “Qué debemos hacer ahora”) asoman algunas respuestas esperanzadas. No demasiadas. Hay todavía una enorme brecha entre lo que hemos hecho y las soluciones reales. “Las esperanzas”, increpa Greta, “hay que ganárselas”. Y aunque la incapacidad de adaptarnos a las fuentes de energías renovables, el ecoblanqueo de gobiernos y grandes empresas, el consumismo imparable y la complicidad de los medios de comunicación enturbian el panorama, no todo está perdido. La pregunta ya no es qué hacer, sino qué dejar de hacer. La lista es larga y costosa: la descarbonización de la industria (el “capitalismo descarbonizado” que propuso, solitario, Gustavo Petro en Davos), el rediseño del transporte y el urbanismo (reducción de vuelos aéreos, electromovilidad, bicicletas, planificación regional de “barrios de quince o veinte minutos”), el reciclaje real (y no la exportación de desechos plásticos), el cambio de dieta y del paradigma en la producción de embalajes, la agroecología, la reducción del consumismo suntuario y compulsivo (“piensa antes de comprar”, “repara”, “comparte”, “improvisa”).

Queda claro en el recuento que, frente a una crisis multidimensional, las soluciones deberán ser colectivas pero también individuales. El punto de inflexión crítico para cambiar el comportamiento individual, apunta la sociología, es una minoría comprometida del 25%; la protesta popular, el activismo y los movimientos ambientalistas, sobre todo de jóvenes y mujeres, intentan alcanzarlo desafiando el silencio de los medios masivos. “Si se me preguntara qué industria es la más responsable de la destrucción de la vida en el planeta”, escribe George Monbiot, escritor y columnista de The Guardian, “diría que los medios de comunicación”. Con su complicidad, su ceguera o su desidia, “son el motor de persuasión que permite que el sistema de destrucción de la Tierra persista”. Se impone por lo tanto exigir plataformas ambientales claras a los partidos políticos, pero también reenfocar la atención del mundo, ganar espacios en los grandes medios y redoblar los esfuerzos en medios alternativos, buscando nuevos canales y alentando nuevas empresas colectivas. El gato y la caja, por caso, una plataforma de investigación y divulgación científica creada por un colectivo de jóvenes argentinos para generar contenidos de comunicación pública de ciencia en medios digitales — “más ciencia, en más lugares, para más personas”—, y una colección de libros, también disponibles en forma gratuita. En sintonía con la iniciativa de Greta, el último, Clima, hecho en forma abierta y en comunidad, convocó a un grupo de científicos, economistas y activistas, para contar “el desafío de diseño más grande de todos los tiempos” desde una perspectiva regional.

La voluntad individual, sin embargo, no alcanza para poner en marcha una renaturalización y una mitigación climática justa y equitativa. La bióloga ambiental Robin Wall Kimmerer propone “alinear las economías con las leyes de la naturaleza” y recuerda que “ecología” y “economía” comparten la misma raíz griega, oikos, que significa “casa”. No habrá descarbonización sin una profunda redistribución de la riqueza, asegura Thomas Piketty, y propone soluciones creativas: “Un modesto impuesto a escala mundial sobre la riqueza a los multimillonarios con un recargo por contaminación podría generar el 1,7% de los ingresos globales, lo que podría financiar la mayor parte de las inversiones adicionales necesarias al año para cubrir los esfuerzos de mitigación climática”. La propuesta es sensata en un mundo absurdamente desigual, pero no será fácil enfrentarse a la voracidad y la sordera social de los grandes consorcios. Se recordará que, como muchos otros empresarios argentinos, Paolo Rocca, uno de los 125 millonarios del mundo que más contaminan el planeta según un informe reciente de la organización internacional Oxfam (Techint y el resto de sus empresas emiten anualmente casi nueve millones de toneladas de CO2eq), se opuso oportunamente al impuesto sobre las grandes fortunas implementado durante la pandemia.

Por si no ha quedado claro y para sumar voluntades, El libro del clima se cierra con una lista de acciones que podemos hacer juntos como sociedad y solos como individuos —nosotros, pero también los políticos, los periodistas, los famosos, los influencers, los más afectados—, un epílogo a la historia que la ciencia le ha ayudado a Greta a contar y una invitación a ponerse en marcha con respuestas prácticas. No sería mala idea darla a leer en las escuelas secundarias.

 

Hay escritores pero no hay artistas en El libro del clima, y sin embargo son muchos ya los que auscultan el futuro con los lenguajes del arte, en un diálogo abierto con otros saberes, otras formas de vida y otras especies. Porque si en el discurso de la política, de la economía e incluso a veces en el de la ciencia reina un pragmatismo estrecho, incapaz de imaginar lo que vendrá, el arte no se conforma con esa versión empobrecida de realismo; da entidad material y visible a las metáforas, revela los límites de la imaginación y vuelve realistas fantasías a primera vista impracticables. Crear ciudades aéreas que flotan entre las nubes a fuerza de energía solar, por ejemplo, o volar sin combustibles fósiles.

Sucede en la obra del argentino Tomás Saraceno, que emprende desde hace años proyectos en red (“hacer algo”, dice, “que ninguno de nosotros podría hacer solo”), en los que las fronteras entre ciencia, técnica, teoría social y arte se diluyen como la línea del horizonte del Salar de Uyuni, donde volaron sus primeros globos, hasta recomponerse en una práctica fluida que es su propia odisea del espacio y quizá su redefinición del arte en el siglo XXI. En enero de 2020, una mujer voló libremente en globo durante 16 minutos sin uso de combustibles fósiles, ni helio o litio, sobre el mar blanco de Salinas Grandes en la provincia de Jujuy. Vuela con Aerocene Pacha batió 32 récords con el vuelo más sustentable de la historia humana, llevando el mensaje propuesto por las comunidades indígenas, que desde hace más de una década luchan por sus derechos frente a la extracción de recursos de la región: “El agua y la vida valen más que el litio”. La proeza se registró en Pacha, el film que tres años más tarde, a mediados del pasado enero, se proyectó ante muchos de los protagonistas en San Francisco de Alfarcito, un pueblo de menos de cien habitantes, recostado entre las nubes en el altiplano jujeño, a 3.500 m de altura. Allí mismo, Saraceno y la comunidad Aerocene reunieron durante dos días a abogados ambientalistas, activistas de derechos humanos y derechos de la naturaleza, expertos en geopolítica y bienes comunes, escritoras y especialistas académicos en los conflictos de la región con un grupo numeroso de representantes de las comunidades indígenas de Salinas Grandes y Laguna Guayatayoc, para fortalecer la defensa del territorio, avasallado por un extractivismo de gran impacto ambiental, doblemente afiebrado con la demanda global de litio que promete instrumentar la electromovilidad. Las cosas como son: con escasísimos réditos para el país, un paradójico “colonialismo verde” que sólo beneficiará a la transición energética del Norte depreda los ecosistemas y los menguados recursos de los pobladores. Es hora de imaginar vías para nuestra transición energética con planificación estratégica justa y democrática, atenta al impacto ambiental. En la reseca cancha de fútbol de Alfarcito, una de las esculturas aerosolares de Saraceno remontó vuelo esta vez con una nueva consigna, epítome de la sinergia de los debates: “En complementariedad, cuidamos el agua”. Pero, ¿puede realmente el arte rediseñar el futuro?

Claro ejemplo de lo que el filósofo chino Yuk Hui llama “cosmotécnica”, la obra de Saraceno aspira a una tecnología situada histórica, cosmológica y localmente. No quiere ampliar los límites del arte a expensas de la técnica, sino alentar un diálogo más ambicioso y prometedor. Hemos estado pensando desde la modernidad cómo los nuevos medios han cambiado los lenguajes del arte, pero sus proyectos interdisciplinarios han planteado una pregunta más importante y algunas respuestas inspiradoras: ¿cómo puede la imaginación del arte transformar la tecnología? ¿Cómo, por ejemplo, preservando ese continuo móvil de tierra y aire de los salares, restos frágiles de un paisaje sublime que las comunidades originarias han sabido conservar durante miles de años?

Los pueblos indígenas son apenas el 5% de la población global, se lee en El libro del clima, y ocupan menos de un tercio de los territorios del planeta, y sin embargo son responsables de preservar el 80% de la diversidad que vive en la Tierra. En el altiplano sediento de la Puna, siguen custodiando el agua y las salinas, en armonía inmemorial con el cielo estrellado, las llamas, las vicuñas, los cactus y algunos olivos.

 

Imagen: Florencia Montoya.

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