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Malvinas, músicas de una guerra

DISCUSIÓN

Malvinas. ¿Qué voces y sonidos nos asaltaron a los cuarenta años del desembarco militar en las islas? La guerra posterior contra Gran Bretaña y la OTAN, con sus seiscientos cuarenta y nueve muertos, completó el cuadro de desastre que ha determinado, junto con el terrorismo de Estado y el endeudamiento externo, el posterior devenir de este país. Digamos de entrada que la pregunta sobre lo sucedido en 1982 tuvo su componente musical: “Qué pasó con las Malvinas / Esos chicos ya no están / No debemos olvidarlos / Y por eso hay que luchar”. El canto de las primeras movilizaciones posteriores a junio de 1982 propagaba a través del aire un doble obstáculo. De un lado, se basaba en la melodía de una publicidad de la dictadura. Por el otro, la letra improvisada no hacía distinciones entre los chicos que ya no estaban y los que habían vuelto de las islas bajo el peso del trauma y el sigilo. En ese punto, la exigencia de saber qué había pasado no podía separarse del propio léxico del terror (el desaparecido “no está muerto ni vivo”, había dicho el presidente de facto Jorge Videla, tres años antes). Las cuestiones sobre la verdad y la memoria quedaron, por lo tanto, envueltas en ese manto de neblina. No el único. Abundan los pliegues brumosos a la hora de revisar las relaciones que estableció la música y la escucha en general con la guerra y la coyuntura política

A fines de abril de 1982, Astor Piazzolla compone “Los lagartos” y se lo dedica a Alfredo Astiz, por entonces comando de la Marina afincado en las Georgias. Piazzolla no se demoró demasiado en cambiarle el título, utilizar esa música instrumental en El exilio de Gardel (1985), la película de Pino Solanas, y, más tarde, rebautizarla “Tanguedia”. En esa acción (cambiar nombres como consignas y lugares de enunciación) se resumen algunas de las circunstancias que convierten aquellos setenta y cuatro días en un fondo sin fondo de las interpretaciones corrientes.

La nominación irreflexiva nos habla a la distancia de algo más que una acción dictada por el frenesí. Una cultura de la pendularización. De los ruidos de disparos de los gases lacrimógenos, el 30 de marzo, durante la primera gran protesta contra la dictadura, a los vítores en el mismo espacio urbano del escarmiento. Saúl Ubaldini, el dirigente cervecero y líder de la avanzada opositora, abandonó su celda para, pocos días más tarde, aterrizar en las islas. “Nosotros lo que apoyamos principalmente era la defensa de nuestros soldados. Aclaremos esto. El 14 de abril, cuando vamos a Malvinas, yo tengo una reunión con los soldados que estaban allá, y fuimos claros. No queríamos derramamiento, no queríamos una gota de sangre…Creíamos que era una aventura peligrosa. Desgraciadamente después tuvimos razón”, recordaría catorce años más tarde.

“Lo’ vamo’ a reventar”, se había gritado el 13 de abril en Plaza de Mayo cuando el general Leopoldo Galtieri desafió a la Task Force británica con su “si quieren venir, que vengan, ¡les presentaremos batalla!”. El paso de la tribuna de fútbol a un teatro imaginario de operaciones —la plaza en lugar de las islas— lo provocaba el mismo ethos malvinense, al compás de la consabida marchita escolar. A diferencia de las músicas militares tradicionales, esta había sido grabada comercialmente e incluía un coro mixto bajo los efectos del Mundial 78: era la misma nación la que cantaba y recordaba en bucle que no debían olvidarse las islas. ¿Cómo prestar el oído desde el presente a las escenas de jarana bélica y la mnemotecnia escolar? ¿Qué nos devuelven esos retazos del pasado? El interés, si es que prevalece, tiene su precio, y va mucho más allá del litigio soberano.

“Decisiones apresuradas” se llama un tema que Fito Páez escribió en 1984. Podría referirse a Piazzolla. Pero no. “Generales, mataron media generación / Una guerra no es un negocio ni una ilusión / Una guerra es sangre”, canta. El poder de condensación de ese fragmento es iluminador: se pasa en dos líneas del asesinato en escala (las desapariciones) a la “ilusión” y el “negocio” de la aventura armada en el Atlántico Sur. Como si Fito hubiera leído a León Rozitchner. Durante el conflicto bélico, Rozitchner polemizó desde Caracas con parte de los intelectuales argentinos exiliados en México que decidieron apoyar críticamente la acción de la dictadura en las islas. El texto, que luego tomó forma de libro, se llamó Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia (1985). La preposición “a” ponía en movimiento dos fases históricas del mismo régimen de terror. El filósofo habló del “delirio” de la izquierda, que se plegó críticamente a la causa, convencida en que agudizaría las contradicciones con el Imperio, y de la “común ilusión” que compartió con la derecha “en la omnipotencia de la fuerza pura”. Al reeditar su ensayo, décadas más tarde, prevalecía a su criterio la dificultad de “mirarse el rostro en el espejo” de aquel conflicto. “Sólo esta irresponsabilidad colectiva no asumida luego convierte a los hechos históricos en meros cataclismos naturales que nos dejan inermes”. Poco ha cambiado en 2022.

Sobre el final de “Decisiones apresuradas”, un actor remedaba el tono de la efímera voz estatal (la de Galtieri, el aguardentoso). “Yo quiero decirles que no cederemos un solo metro de las tierras conquistadas”. La mezcla estéreo lo ubica bien a la izquierda y en un plano casi fantasmal. El oyente debe aguzar el oído para detectarlo. La voz del doble se pierde en el espacio como si difuminara las responsabilidades históricas del referente. Terminada la guerra, una comisión de expertos elaboró conclusiones lapidarias sobre el desempeño de la Junta Militar durante el conflicto. El lapidario Informe Rattenbach es una pieza ejemplar del mutismo posbélico. En sus páginas se califica de inútiles a los comandantes. Hasta se llega a recomendar la pena de muerte. Ningún jerarca ha sido condenado por lo que hizo o dejó de hacer durante el conflicto. El Informe Rattenbach nunca fue debidamente publicado. El silencio ha sido aceptado por los sucesivos gobiernos democráticos: cuatro décadas más tarde no se ha escrito tampoco una historia “oficial”. Nos queda, entre otras representaciones, el actor de “Decisiones apresuradas”. Realiza un notable esfuerzo mimético para sonar como un Galtieri etilizado. “Y yo, pretendo, representarlos, ser, ser el hombre, que decida… decida, lo que, lo que ustedes tienen que hacer”. Ubicado bien a la derecha de la imagen estéreo, casi de manera imperceptible, Páez se pregunta de inmediato, con la risa contenida: “Pero a ustedes ¿les parece, realmente?”. Su incredulidad, sotto voce, permanece como una reverberación inquietante.

La “guerra sucia” se ha intersectado con la “limpia” en las islas a través del aparato que había permitido que la voz se separara del cuerpo y atravesara distancias. La telefonía había ampliado enormemente el horizonte de la palabra dicha: permitió que el sonido recorriera grandes distancias (el general George O. Squier llegaría a patentar la transmisión de música a través de las líneas telefónicas en 1922, abriendo el camino a lo que se convertiría en Muzak). La guerra le encontró su propio uso. El teléfono de campaña reemplazó a las banderas de señales y al telégrafo como medio de comunicación en el teatro de operaciones a partir de 1914 y hasta los años sesenta. Los militares argentinos lo utilizaron en Malvinas como una antigualla cuya aplicación devino, además, instrumento de castigo. Gerardo Roschge y otros soldados han denunciado ante un tribunal haber sido torturados con los teléfonos de campaña. Al dar vueltas la manija del artefacto genera corriente eléctrica. El voltaje que corría a través del cable, cuya intensidad dependía de esa velocidad de rotación, impactaba sobre cuerpos ateridos y hambrientos. De esta manera quedaron ensamblados el campo de batalla y la rutina de los campos de concentración: el tormento y la confesión. Hacer cantar. Esos gritos resuenan en la memoria de quienes recibieron las descargas. Las causas judiciales por violaciones a los derechos humanos en las islas no avanzan. La Corte Suprema mira hacia otro lado.

“Una guerra es sangre…”. Y un enorme coeficiente de amplitud. Como recuerda J. Martin Daughtry en Listening to War: Sound, Music, Trauma, and Survival in Wartime Iraq (2015), el conflicto armado ha sido siempre un asunto ruidoso y estridente a lo largo de la historia. Una guerra es la suma de ruidos generados por el armamento, los vehículos, las sirenas, grabaciones propagandísticas, músicas en las trincheras, cantos, voces y gritos. Para reconstruir ese fresco, Daughtry habla de bellifonía, un término que reúne la palabra latina para guerra (bellum, adj. bellicus) y el griego para voz (φωνή). Sobrevivir es, por lo tanto, haber escuchado esa trama diversa. Una guerra tiene también, por lo tanto, consecuencias acústicas para los contendientes. La memoria sonora lacera a los participantes. El relato de los ex combatientes sobre aquello que sonó en las islas nos ofrece una información sobre Malvinas que no ha sido debidamente atendida (no podemos escuchar sus escuchas, pero sí sus testimonios, aunque no den cuenta cabal de esa experiencia).

En cuanto al continente, la otra caja de resonancia, ¿de cuántas maneras la guerra dejó su marca en la música, y la música en la guerra? Para acompañar el hervor patriótico en cada casa, EMI sacó a la venta el disco Desafío nacional. Se incluyó ahí la ya conocida “Décimas para un valiente”, que Argentino Luna dedicó al capitán Edgardo Giachino, el primer argentino muerto en las islas, cuyo pasado represor entonces se desconocía; la “Hermanita perdida”, de Yupanqui, en la voz de Ramona Galarza y arreglos de Oscar Cardozo Ocampo; la “Zamba de Malvinas”, de Juan Pueblito Casal (“Caen sobre las costas / ponchos de bruma / y las islas están envueltas en la nostalgia por su país”), “La vuelta de Obligado”, de Alberto Merlo, y, entre otras, “Convencernos”, de Chico Navarro y Eladia Blázquez, que buscaba, en el umbral del inicio de las hostilidades, una explicación del modo de ser argentino: “Y ser, al menos una vez, nosotros / sin ese tinte de un color de otros / Recuperar la identidad / plantarnos en los pies”.

La contratapa del disco, que me interesa acá transcribir por completo, parece haber sido escrita apenas ayer:

 

Todos estamos de acuerdo. Hace tiempo que no nos juntábamos así. Estábamos perdidos y ocupados en poner los codos, empujar, pechar, para no dejar pasar al otro. Entonces en abril, el segundo día del mes que nos conocía dispersos y enconados, hizo la unión total por algo que todos queríamos desde siempre. Las Malvinas.

Un sueño acariciado por generaciones se nos hacía realidad y los hechos que siguieron nos afirmaron aún más que uno era todos y todos uno.

Y la emoción estalló. Y el himno, y la bandera, la escarapela, el sentirse argentinos —algo que, a veces, es sólo parte de aburridas ceremonias sin calor— nos provocaron un nudo en la garganta. Los muchachos que defienden la Patria, una frase que oímos reteniendo las lágrimas. Y el furor de cuando nos atacan, una reacción de odio primaria y legítima contra la razón burlada.

Pero debemos saber que esto es sólo el principio de una historia nueva. Porque esas manos que hoy toman el fusil deberán retomar mañana el tractor y la máquina. A los libros o al pico. Y esas mismas manos que comenzaron el segundo día del mes de abril rasgando la hoja del almanaque para abrir camino a una nueva vida, para dar la primera batalla por el desafío nacional, deberán seguir luego por la senda del trabajo fecundo, por la producción de la riqueza, por la ratificación de nuestra dignidad en todos los terrenos. Hombro con hombro, con la lección aprendida de que el no te metás o es igual no nos sirve, para que sepamos definitivamente que lo hacemos nosotros o nadie.

Agradecemos la brecha que se abrió entre la discordia, recitemos cada día el credo de la Constitución que nos dio un país libre. Apresurémonos a cumplir nuestras obligaciones, pero pidamos a gritos que se nos respeten nuestros derechos. Para que nunca más volvamos al pasado. Para extender el desafío de la soberanía territorial al hacer un país nuevo, grande, plural, respetuoso de las leyes. Lo tenemos todo, manos a la obra.

 

Esa retórica de la unanimidad aún prevalece, como si las condiciones materiales que las produjeron en 1982 no hubieran cambiado. La resistencia a interpelaciones diferentes suele ser pertinaz, especialmente en el corazón del Estado. “Quisimos recuperarlas, y fuimos a la guerra”, explicó el 14 de junio de 2021 el Ministerio de Defensa. Según el video institucional, “todos fuimos”, a su modo, partícipes de la contienda. La certeza ministerial se acompañó de imágenes de una multitud poseída por el espíritu Malvinas. “Llenamos la plaza de himnos y canciones”. La derrota militar provocó luego la disgregación de un colectivo unido. “Nos desencontramos”.

Hablando de canciones…Quince años después de “Decisiones apresuradas”, en 1999, y como parte del disco Abre, Fito Páez se pone en la piel de un ex combatiente al inicio de su larga canción “La casa desaparecida”. “Madre, ponme en la chaqueta las medallas / los zapatos ya no me los puedo poner / mis dos piernas se quedaron en Malvinas / el mal vino no me deja reponer de la nítida y oscura pesadilla”. Malvinas, o el mal vino que obtura el sentido y llama a olvidar algo más que las penas. Rozitchner hacía referencia en su incómodo ensayo al “punto ciego” de la crítica política al diseccionar los desvaríos de 1982 en el continente. Pero el autoengaño no es sólo óptico sino aural. Malvinas es todavía un punto sordo.

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