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Redes de vida. Tomás Saraceno en la Serpentine Gallery y más allá

DISCUSIÓN

Dos de las amenazas más apremiantes que se ciernen sobre el planeta y la humanidad —la crisis ambiental y la inquietante inmersión en un doble digital del mundo— responden a fenómenos opacos y complejos que enmascaran sus causas y la verdadera dimensión de sus efectos. La aceleración de los procesos desafía al pensamiento crítico en busca de respuestas, pero cabe quizás a la imaginación artística correr el velo, recalibrar nuestro lugar en el mundo y volver visible lo que no se ve. Pero ¿puede realmente el arte concebir modelos alternativos al productivismo ciego que nos trajo hasta aquí y convertirse en una caja de resonancia?

Durante más de dos décadas, junto con colaboradores de su estudio y de todo el mundo, Tomás Saraceno ha enfrentado el desafío creando o recreando “redes de vida”. Tendidas con la inteligencia estructural de sus musas, las arañas, las redes son sin duda la llave maestra con la que ha conseguido conectar tecnología, naturaleza y arte en toda su obra, pero su última muestra en la Serpentine Gallery de Londres, Web(s) of Life, las multiplica en el auspicioso paréntesis del título. Desde las puertas abiertas de una galería en los Jardines de Kensington, los hilos tramados con una comunidad cada vez más nutrida de colaboradores dan entidad material al diálogo con otras especies, redefinen el lugar del ser humano y el arte frente a las urgencias del siglo XXI y llegan hasta los adivinadores de Camerún y las comunidades indígenas del Norte argentino.

Todo empieza, si se quiere, con una iluminación precoz en el altillo del viejo caserón en el que Saraceno pasó parte de su infancia, durante el exilio de sus padres en Italia. Porque, aunque Saraceno nació en el Norte argentino, volvió a su país para estudiar arquitectura y vive en Berlín desde hace años, si le preguntan por su primer encuentro con las arañas, recuerda las telarañas del altillo del caserón italiano y una inquietud que cobraría otros sentidos más tarde: ¿las arañas vivían en su casa o era él el que vivía en la casa de las arañas? La pregunta infantil es menos ingenua de lo que parece. Siguiendo la lógica del niño, la moraleja es clara: mientras las arañas siguen tejiendo sus telas en la casa del hombre, el hombre se empeña en depredar la casa de las arañas. ¿Por qué entonces no atender a las destrezas prácticas y sociales con que las arañas viven en el planeta desde hace 350 millones de años y han sobrevivido a varias extinciones?

Desde que el naturalista Ernst Haeckel acuñó el término “ecología” en su Morfología general de los organismos, desde que Darwin habló de un “banco enmarañado de plantas, aves e insectos” en el célebre párrafo final de El origen de las especies, desde que el biólogo Jakob Von Uexküll estudió el entorno —el Umwelt— que todo organismo crea, la ecología es una ciencia de interrelaciones, una red. Y si la ecología es el estudio del medio ambiente y sus relaciones, la tecnología es el estudio de la artesanía humana en ese mundo material. La tecnología, de hecho, creó su propia red para conectar a los seres humanos a escala global, la world wide web, internet. De ahí que, como sugiere el escritor y artista británico James Bridle, se trate ahora de conectar esas dos redes aisladas en una “ecología de la tecnología”. “A medida que se abre inexorablemente desde los jardines amurallados de la investigación especializada hacia un mayor compromiso con un mundo más amplio”, escribe en Ways of Being. Animals, Plants, Machines: The Search for a Planetary Intelligence (2022), “cada disciplina descubre su propia ecología”. Paradójicamente, la tecnología es quizás el último campo de estudio en asumir ese compromiso impostergable. Pero el arte puede entonces alentar esa apertura, nutriéndose de otras inteligencias y del diálogo con la naturaleza codificado en la historia de comunidades ancestrales. Invertimos mucho tiempo y energía en el desarrollo de la inteligencia artificial —un espejo degradado de nuestra propia mente—, mientras que menospreciamos otras formas de inteligencia que no acuerdan con nuestra definición estrecha, y desdeñamos los saberes no antropocéntricos de comprensión del mundo que otras culturas cultivan desde hace siglos.

“El pensamiento ecológico, una vez desatado”, escribe también Bridle, “lo permea todo”, y la obra de Saraceno ha demostrado ser una plataforma extraordinaria para esa irradiación y ese despliegue. Desde los “jardines amurallados de la investigación especializada”, su arte se ha abierto a la colaboración interdisciplinaria; del estudio solitario del artista, a una comunidad cada vez más variada de especialistas; de las prácticas corporativas y extractivas de internet y su nube oscura, a las ciudades-nube y las redes de vida; del Antropoceno al Aeroceno; de los globos solares y sus vuelos libres de combustibles fósiles, a Pacha, un proyecto colectivo local comprometido con las luchas contra la megaminería del litio de las comunidades indígenas de Salinas Grandes y Laguna de Guayatayoc. Entretanto, la morfología de sus propios “organismos” artísticos —los Umwelten de sus propias criaturas— ha ido mutando para acompañar esa expansión.

Basta atender a las transformaciones que Web(s) of Life materializó en la Serpentine Gallery para comprobar la potencia de su imaginación utópica. Alimentado con una escultura de paneles solares, el espacio de la galería mitiga el derroche de energía que el mundo del arte también promueve (ahora mismo en las redes, la comunidad Aerocene celebra los 5,6 kwh generados por el sol londinense y los 3,2 kwh consumidos en el día), y abre sus puertas a la convivencia con todas las especies que habitan el parque para preservar y celebrar la biodiversidad amenazada. Sus ya clásicas estructuras modulares de espacios habitables se convierten aquí en esculturas vivas, concebidas junto con ornitólogos y conservacionistas ambientales, constelaciones de nidos esmeradamente diseñados para alojar pájaros, ardillas, abejas, mariposas y otras especies del parque que no se rigen por los tiempos fijos de los programas curatoriales sino por los ciclos de anidación y el cambio de las estaciones. Pedaleando en unas bicicletas dispuestas junto a la galería se genera energía para escuchar con auriculares el Manifiesto de los pueblos del Sur por una transición justa y popular. En la entrada, en solidaridad con las comunidades de Salinas Grandes, se invita a los visitantes a dejar sus celulares, dar un respiro a las baterías de litio y los algoritmos de la inteligencia artificial, mirar lo que hay para ver sin la cámara del teléfono ni los filtros de Instagram, y atender a otros saberes. El de un adivinador de Camerún, por caso, que en un video interpreta las respuestas de las arañas como en un oráculo vivo (“Confío más en las arañas adivinadoras de Camerún”, ironiza Saraceno”, “que en el ChatGPT”), o el de las propias arañas, que en una sala oscura despliegan un encaje frágil y a la vez tenaz de formas perfectamente simétricas y urdimbres enmarañadas de una belleza escultórica que corta el aliento. En el centro de la muestra, Fly with Pacha, Into the Aerocene, un film definitivamente inacabado dirigido por Maximiliano Laina y Saraceno, documenta el vuelo más sustentable de la historia sobre el mar blanco de Salinas Grandes en 2020 y el encuentro de 2023 en San Francisco de Alfarcito, un pequeño pueblo del altiplano jujeño, en el que la comunidad Aerocene reunió a abogados ambientalistas, especialistas y representantes de las comunidades indígenas de la región, para fortalecer la defensa del territorio, avasallado por un extractivismo de gran impacto ambiental, que depreda los ecosistemas y los menguados recursos de los pobladores. Y más: un confesionario presidido por una telaraña iluminada “ofrece una sabiduría alternativa en el ciclo de pecado y redención”, y una sala dedicada especialmente a los niños invita a la imaginación pareidólica infantil —gran aliada del arte— a crear formas vivas sobre las nubes de los cielos de las salinas. Es una obra colectiva digital en proceso, experimento a la vez de una nueva forma de propiedad y autoría —Partial Common Ownership—, destinada a apoyar a los niños de las comunidades de Salinas Grandes, autores “originarios” de los primeros dibujos.

Puede que al final del recorrido el visitante se pregunte qué es precisamente lo que ha visto. ¿Ciencia, arte o activismo? Sensible al tembladeral del presente, el arte se redefine una vez más y da pruebas de su vitalidad; un acto de hospitalidad, habría dicho Derrida, sólo puede ser poético. Se sale a los Jardines de Kensington más liviano, con un soplo de fe en la imaginación humana que aún puede corregir el rumbo. Un pájaro carpintero investiga uno de los nidos de la torre colorida que le da la bienvenida en el parque, unos jóvenes ingleses pedalean en las bicicletas escuchando el manifiesto del Sur y alguien vuelve a la galería sonriendo. Confiesa sorprendido que sólo a unas cuantas cuadras de distancia recordó que había olvidado recuperar su teléfono. Con su red de conexiones en constante expansión, con su laboratorio inmersivo en un mundo-más-que humano, con su “cosmotécnica” situada cosmológica, histórica y localmente, Saraceno ha demostrado que una “ecología de la tecnología” no sólo es necesaria sino también posible.

Pero las redes de Web(s) of Life cruzan fronteras y abren caminos de doble dirección. Dos comuneras de Jujuy viajaron a Londres para hablar de la vida en la Puna en primera persona y dar viva voz a sus reclamos frente a un paradójico “colonialismo verde” que sólo beneficiará a la transición energética del Norte. Poco después, la red multidisciplinaria fortalecida en Alfarcito desbarató la trampa tendida al director de cine James Cameron invitado a Jujuy por el gobernador Gerardo Morales que, en una típica maniobra de greenwashing, pretendía enmascarar el extractivismo desbocado de la provincia, amparándose en una figura internacional reconocida por su defensa de las causas ambientales y las comunidades originarias. En menos de veinticuatro horas, Cameron pudo conocer la historia no contada en Jujuy, dio una conferencia de prensa, se reunió con la misma comunera que viajó a Londres, reconoció que fue presa de una “emboscada” y comprometió su apoyo a las comunidades de Salinas Grandes. La noticia llegó a la prensa de todo el mundo. La eficacia y la resistencia de las redes de la comunidad ampliada sorprenden como las de las especies sociales de arañas que desde Berlín llegaron intactas a la Serpentine Gallery. Aunque delgadas y a primera vista frágiles, son extraordinariamente tenaces. La represión bruta que miles de jujeños sufrieron este fin de semana, marchando en pacífica defensa de sus derechos atropellados por una reforma constitucional inconsulta y abusiva, no fue noticia en los grandes diarios y, más tarde, tras las componendas de medios, intereses económicos y partidarios, fue aviesamente tergiversada. Pero una red de redes solidaria acompañó y amplificó sus reclamos, sorteando las trampas de otras tramas ceñidas a los réditos electorales.

“La vida”, escribió la bióloga Lynn Margulis, “no se adueñó del globo mediante el combate, sino mediante la creación de redes”. Para preservarla, sólo se trata de imitarla.

 

Imagen: fotografía de Studio Tomás Saraceno.

22 Jun, 2023
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