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Acto de presencia

César Aira

TEORÍA Y ENSAYO

Como sugiere Coleridge, suspendamos por un momento nuestra incredulidad y atendamos a esta ficción: César Aira atraviesa vastas instancias de consagración medio siglo después de haber publicado su primera obra; asiste a festivales, recibe premios, da entrevistas en las que es interrogado por el arte de la novela… Entretanto, Random House publica once de las disertaciones que produjo en las últimas tres de esas cinco décadas. Cincuenta años, medio siglo, es entonces una de las marcas temporales que imprime esa publicación en la realidad. De modo que Actos de presencia, junto con La ola que lee, lleva la impronta de los libros posconsagración, de los libros de reunión, y el tiempo, curiosamente, tracciona la producción de imágenes teóricas que recorren textos producidos a lo largo de la mayor parte de la vida del autor. Pero ¿qué es la vida de un autor?

El libro comienza con el ya célebre discurso de recepción del Premio Formentor titulado “Una educación defectuosa”. Más precisamente, con la siguiente frase: “Un premio tiene algo de final de partida, porque mira en una sola dirección: a lo ya hecho”. La educación, la educación del artista, la educación del artista escritor, es el eje en la construcción del propio mito biográfico, que se enuncia mediante un tono modesto, por momentos irónico. Estos son, entonces, algunos de los rasgos retóricos con que insiste en hacerse lugar mientras es reconocido con uno de los premios más destacados de la literatura hispanoamericana: la ironía y la modestia. Y a través de la representación de una educación defectuosa, signada por juegos del tiempo, personalísima, que, dada su propensión intelectualista, dice no haber delegado, insiste en construir una figura de autor en el margen: el lugar de los autodidactas, de los que rechazan o rehúyen el reconocimiento oficial. Sin embargo, el tiempo se encarga de traer su figura al centro del canon una y otra vez. ¿Qué fuerzas centrípetas operan en la lectura de esta obra? Acaso el magnetismo que produce la relación lateral que mantiene con las instituciones, con los premios, con la tradición. Y la construcción del mito biográfico del artista que intenta escapar a la fosilización del sistema de sueños que supone la literatura opera en este sentido.

En otra zona de Actos de presencia hay una serie de disertaciones en las que el tiempo toma vida e historia como ejes a la luz del análisis de proyectos literarios latinoamericanos. En “La juventud de Rubén Darío”, una ponencia presentada en un congreso en la Pampa, en 1993, reflexiona sobre la disolución del modernismo y la transición hacia nuevas formas de crear y de consumir arte. Y en esa línea, comienza por cotejar una de las alternativas principales a la que se enfrenta el escritor: hacer productos literarios que tengan valor por sí mismos o enfocarse en el proceso de hacerlos, es decir, en el relato biográfico. Este dilema, señala Aira, deriva de la época en que se encuentra. Entonces, toma la figura de Rubén Darío y la transición que se dio en los comienzos de la modernidad americana, para pensar, a partir de condiciones inversas, el estado del arte después de la caída del Muro.

A su vez, en una suerte de ensayo especulativo titulado “El juego de las desapariciones”, el tiempo encarna la forma del futuro. Aira proyecta una Buenos Aires poshistórica en la que todo desaparece, excepto los árboles. Un flâneur adánico atraviesa el bosque y solo ve los efectos de la realidad, borradas las causas. El crecimiento de los árboles ya no está sujeto a las condiciones de la ciudad, sino que la naturaleza avanza con independencia del tiempo. La ciudad, per se, es un juego de progresivas desapariciones; sin embargo, parece decirnos el autor de Pringles, en nuestro mundo humano la experiencia está sujeta al paso de la Historia, madre e hija de la acción.

Luego, en “La escritura manuscrita”, Aira señala que Samuel Johnson, autor del primer diccionario de la lengua inglesa, planteaba que todo lo que hacía el hombre lo hacía para ocupar el tiempo. Y que en esa propensión a completarlo, la escritura era la actividad primordial porque era la que conformaba la civilización en que se desarrollaban las demás actividades. A la vez, planteaba que solo se escribía por dinero. Esta segunda fórmula expresaba el reverso de la literatura, la versión gratuita de la escritura dada su absoluta inutilidad. Por su parte, Aira propone otra fórmula: la literatura es un obstáculo de la escritura dado que es la escritura misma, pero formateada por el valor. Supone una relación singular con el tiempo: hacia atrás por los condicionamientos que la hacen posible y hacia adelante por la lectura de la que será objeto. De este modo, el presente utópico, el goce de un tiempo completo, pleno, se desvanece y es tomado por el pasado de las condiciones de producción y el futuro de las condiciones de recepción.

A lo largo de estos textos, Aira propone una imaginación productiva en oposición a una imaginación reproductiva. No están Copi, Alejandra Pizarnik ni Osvaldo Lamborghini. Pero sí Norah Lange, José Mármol, Rubén Darío… Y hay una clara vocación por recrear esa tradición imaginaria. Determina un espacio y un tiempo de los que surge esta línea de lecturas, aunque esa determinación no podría resultar, a priori, de las tradiciones en que se encuentran los proyectos con que trabaja. Produce un espacio y un tiempo. Es decir, ejerce la tarea del artista. En este esquema intervienen todo tipo de ecos que dan testimonio de la facultad de conocer. ¿Cómo se compone ese esquema con el que la imaginación trabaja? Está hecho de modos de leer, de abordajes laterales de la tradición, de la audacia con que se recorre el verosímil de un razonamiento. De una manera de ocupar el espacio y el tiempo. Acaso la tarea fundamental en la vida de un autor.

 

César Aira, Actos de presencia. Disertaciones (1989-2021), Random House, 2025, 192 págs.

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