Langosta

Yaki Setton

LITERATURA ARGENTINA

La interacción con la tradición judía está en la médula de la poética de Yaki Setton. Desde su título, este nuevo libro convoca a la octava plaga del Éxodo y, apropiándose de la simbología y la figuración del episodio bíblico, absorbe de ella su presencia arrasadora, tanto en el nivel sonoro como en el imaginativo, para que la voz vaya gestándose, orgánica y musicalmente, poema tras poema.

En las primeras partes ("Fin de hibernación" y "La langosta"), dos planos configuran la escena. Uno es el silencio, que de tan profundo oscurece la página, a punto tal de convertir los versos en corpúsculos luminosos, enterrados en la noche invernal. El otro es la anatomía del que enuncia. Con un cierto recogimiento chirriante, al despertarse, la voz se desconoce: “¿Dónde estoy? Acá en la cama / extiendo los brazos y son alas / que de a poco se despliegan / más allá de mis patas. / Me golpeo contra las paredes / boca arriba y casi sin respirar / siento cada zona / de mi cuerpo como si ya / fuera de otra”.

Así, la amenaza de la criatura no está solamente afuera, en el mutismo que rodea el lecho, sino que vive a su vez en el organismo. Lo exterior y lo interior se funden. Por un lado, la plaga voraz, y por el otro, el insecto que provoca más asco que temor, como en la metamorfosis kafkiana. En este punto, la conversión individual, la crisis existencial o el misticismo floreciente (cualquiera de las tres o las tres al mismo tiempo) permiten también leer en ellas un mal de época.

Redescubrir la corporalidad a través de lo invertebrado, además de someternos a una pesadilla, nos enfrenta a una verdad: “Abrís el tórax hueco al viento desértico. / Él te deja dentro algunos granos de arena / como si fueran de arroz. Van a germinar / para luego dar de comer. A quién”. El desierto se espeja en la oscuridad del espacio, pero no como metáfora; antes que nada, se trata de una consecuencia, del precio de un determinado obrar, ya sea la destrucción que los humanos han dejado a su paso sobre el planeta, o el vacío que implica la partida de un dios tras la pérdida de la fe. La doble incidencia se reproduce tanto en la relación adentro/afuera como en el nivel sujeto/especie. La langosta acecha y habita, nace y muere, devora y es tragada. Víctima y victimario sufren el mismo castigo.

Se abren paso entonces las siguientes partes del libro, “Muda” y “L’Angosta”. En la soledad inhóspita, comienza la detonación del enjambre. La carnadura entra en una fase agresiva, igual que las palabras. Del poema breve del principio, la voz se ensancha y multiplica los versos. Crece la capacidad arrolladora a la par que el cuerno del canto; lo dicho arranca el silencio de la página, las hojas son fagocitadas por una nube de zumbidos: “Peleo con lo que ya no puedo / decir ni balbucear ni escribir. / Hago gestos amplios en el aire / con las manos, muevo los brazos / como las olas hacia arriba y hacia abajo / y sale un soplo: ¡pero nada! / Mi boca, esclava de músculos / insertos en carne y huesos, / se abre y cierra aunque no salga / ni un solo sonido. Apnea, / vocal o consonante, ¡son / ustedes mis queridas hermanas / traidoras!”.

Los poemas finales de la cuarta parte preparan la aniquilación que ocurrirá en la quinta (“Extravío”). Lanzado en su función abrasiva, el yo no se responde; con una fuerza vital intensísima, enrostra con música altisonante la desolación, libera sus fibras y desprende un sujeto que, de tanto contraerse, dice “todo termina cuando triturás / a regañadientes tus propias piezas dentales” en medio de un “oasis desértico”.

En ese momento, cuando ya no hay nadie alrededor para la cópula, se yergue el poema final, que diluye por completo la identidad en “una nube extranjera y perseguida, una bandada migrante sin rumbo”. “¡Parecemos, pero no somos pájaros!”, grita alguien desde ella mientras asume su destino, entre resignación y deber: “¡Kilómetros y kilómetros planeamos sobre el desierto / sin prisa ni pausa, raudas, hasta tapar el sol, / oscurecemos la tierra. Octava plaga tras el fuego y el granizo. ¡No dejemos nada!”.

De este modo, Langosta sella la experiencia de ciertas composiciones musicales que se despliegan in crescendo. Pero en lugar de servirse de las palabras como instrumentos que despiden notas, las prende en su otredad, en esa capacidad de reflejar lo innombrable a través del sonido —élitros, patas, antenas, prototórax—. Ruidos abrasivos de una sinfonía natural.

Yaki Setton, Langosta, Bajo la Luna, 2023, 80 págs.

29 Jun, 2023
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