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LITERATURA ARGENTINA

“Creo que hay que documentarse hasta los dientes y luego olvidarlo todo por completo, recién ahí te pones a escribir”, eso escuché en un taller a propósito de lo veraz, de cómo hacer lucir convincente un texto basado en hechos comprobables, como ocurre con las novelas históricas. Los Pincén no es una novela histórica. Por momentos parece una investigación genealógica que no deja de ser ficticia y en otros, un poema en prosa basado en hechos reales. ¿Es veraz Los Pincén? Es una novela que forma parte de un proyecto mayor que el autor inició algunos libros atrás, quizá en un intento de construir un universo propio, pero cuyo pie forzado está engarzado en la investigación de su propia genealogía.

La batería de este proyecto, cuyo título provisional es Los Roca y los yo, es otro libro publicado en edición de autor por Bebi, un irlandés que llegó con las invasiones inglesas y se quedó en Tucumán por voluntad propia luego de una temporada en la cárcel. Este libro recopila cuatro o cinco cartas a un hermano suyo, Quique, donde se cuentan anécdotas de la familia Roca y la familia Schóó (S-H-A-W, como Bernard Shaw, luego lo cambian porque les decían “chau” y parecía una despedida perpetua). Este libro es el yacimiento del que el autor extrae materiales para su novela por entregas. Bebi es el tío abuelo de Jurado Naón. El libro es real.

Ahora, creo que si uno lleva su propia veta genealógica hasta las últimas consecuencias, o sea, si vamos en reversa a tope, todos acabamos siendo familia. Y en esto me detendré, porque en la reversa hay una clave para entender la novela. ¿Quiso Jurado Naón escribir en reversa Los Pincén? Es bastante difuso cómo comienza todo, pero a medida que se lee, la historia se arma como un puzle. Es un ejercicio de nitidez, o tracking en jerga vhs. La forma también lo anticipa: las notas al pie o la disposición de los textos en la página. Da la impresión de que se trata de un mosaico, y un mosaico, además de trozos, es sobre todo el patrón de una figura tutelar. Por eso la reversa es central: sólo a medida que uno se aleja de un mosaico este comienza a cobrar nitidez, a delinearse. ¿Y cuál es esa figura?

Hay una escena central, casi al final, en la que el cacique pampeano Vicente Pincén es capturado por los conquistadores, y que muestra la fascinación que provoca en ellos el bárbaro. Una escena que me recordó mucho a otra de Hatjin Murat, esa novela que Tolstoi acabó antes de morir, en la que el cosaco que da nombre a la obra ya está en manos de los civilizados del imperio ruso, quienes lo inspeccionan con honda admiración. La nitidez que logra en ese capítulo es difícil de olvidar. Parece haber sido filmado. Ahora, se sabe que Tolstoi se documentó hasta los dientes para escribir esa novela (Hatjin Murat es real) y que, al leerla, los datos duros no figuran en ella. Lo intenso es cómo muestra al bárbaro en el living de la civilización, a la que deslumbra.

¿Es Los Pincén una investigación genealógica de la propia familia para probar un pasado indígena? ¿Es por eso yoísta esta literatura? ¿Es una selfie familiar? “Uno entra y sale de la familia”, escuché decir en el mismo taller. Uno entra y sale de la novela. Evade la historia para comprenderla en su complejidad. “Me doy cuenta de que pasé por alto episodios importantísimos de la vida del último cacique de la pampa, el Azote del Desierto”, como llamaban a Pincén. Aquí vuelvo al olvido, y quizás representen eso las tres páginas de puntos seguidos del final, un corte de transmisiones. Un relato que quiere y no ser verídico, que por momentos quiere ser poema y en otros, anécdota. Que puede ser leído en viceversa, como el sueño y la vigilia, y sin embargo sostener su centro gravitacional. O como el propio autor señala en una nota al pie: “Ahora ya no sueño tanto pero cuando empecé Los Pincén soñaba mucho”.

 

Emilio Jurado Naón, Los Pincén, Omnívora, 2022, 160 págs.

29 Jun, 2023
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