LITERATURA ARGENTINA

Oportuna y veraz como logran serlo algunas veces, la contratapa de Sodio entrega una panorámica luminosa a propósito de la novela y anuncia que se trata del “derrotero de una vida hecha de pequeñas rutinas como una suerte de conjuro contra la incertidumbre”. Lógicamente, entre las páginas, esa percepción se refuerza tanto por efecto de los “tres pasos” que mantienen la vida regulada —“trabajar, fumar, nadar”— como por el ajustado equilibrio de una prosa muy acoplada a su tema y al carácter más bien modesto de su protagonista.

Como en “El nadador”, poema de Héctor Viel Temperley, o como en La boya (2018), la película de Fernando Spiner, en Sodio hay un hombre que nada. Además, ejerce la odontología y fuma; y si bien el título de la novela refiere a uno de los elementos característicos del agua de mar, capaz de tallar en la cara de quien la frecuenta unas arrugas muy tersas, “fruto de un desgaste amoroso y sutil”, el de aquí es más un nadador de pileta. En Mar del Plata, en River, en la calle Paraguay, el escenario para la disciplina es un natatorio. A diferencia de los de la película, cuyas doscientas veintiocho brazadas mar adentro conforman un ritual y hasta una invocación para que a través del agua hablen unos muertos queridos, y a diferencia del de los poemas, cuyas brazadas y respiración parecen funcionar como enclaves rítmicos para una ascensión en cuerpo y alma hacia el Señor —como si mar y cielo se continuaran y, a fuerza de alabanzas y empuje, el nadador devoto pudiera remontarse de uno hacia el otro—, para el nadador de Sodio la práctica es una herramienta para el equilibrio. Cierto, como toda rutina necesita sus quiebres para reacomodarse, y aunque las decisiones drásticas y los volantazos en la vida parecen reservados para el que se interna en el Amazonas o para la que se diluye en un matrimonio, secundarios en Sodio, tal vez el amor tramposo, muy deseado y poco correspondido que siente por Raisa, su radicación en Brasil y el hecho fortuito de que su auto lo deje tirado en la ruta, frente al mar, en la zona justa en la que tendrá lugar aquella aparición —un “pez hembra” que lo deslumbra como un “riesgo que discutía con mi vida segura”—, se cuenten entre las notas discordantes que cortan al sesgo los hábitos del dentista. Son latigazos de otra vida que dejan marcas como de quemaduras con un fierro caliente. Sagaz en la observación y de pensamiento punzante, el hombre lo sabe. “Este tipo de transgresiones, esas rebeldías extremas, aunque permanezcan en secreto, tarde o temprano, terminan siendo sancionadas por las leyes que organizan el mundo”. Aunque pese, mejor volverse hacia la costa.

 

Jorge Consiglio, Sodio, Eterna Cadencia, 2021, 176 págs.

25 Mar, 2021
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